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domingo, mayo 19, 2024

100 años de la Vorágine

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Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez

José Eustasio Rivera nació en el Huila (1888-1928), de profesión abogado; escribió “Tierra
de promisión” (1921) y la Vorágine (1924). Muere en Nueva York en 1928. Su obra la
Vorágine se convirtió en una joya de la literatura Colombiana e Hispanoamericana. En ella con un estilo de escritura narrativa, el autor, nos sumerge en una historia a 3 actos, y que a hoy puede tener toda la actualidad para nuestro país. Su temática gira en torno a la esplendorosa naturaleza que se haya desde la frontera colombo-venezolana hasta la selva amazónica en límites con el Brasil; las denuncias sociales y de explotación a las que son sometidos los clanes étnicos que allí habitaban con el negocio por parte de propios y extranjeros en las llamadas “caucherías”; y por supuesto, lo que no puede faltar en toda novela, el ingrediente romántico y dramático de sus personajes.
La violencia atraviesa como tema central toda la novela; la cual va escalando a medida que se internan en la selva amazónica y son testigos de que la única ley que se impone es la “ley del explotador sobre los explotados”. Esta violencia es a veces institucional o de superación, la mayoría de las veces es de dominación y eliminación del otro a partir de carencias institucionales propias de un Estado fragmentado en lo local y territorial. Así inicia la Vorágine: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar,
y me lo ganó la violencia”. En efecto sus personajes principales: Arturo Cova, Alicia,
Clemente Silva, la “niña Griselda”, Fidel Franco, Clarita, el Pipa, el “negro Barrera” y su hermano Narciso Barrera, entre otros, tejen en la obra cumbre de Rivera, un melodrama social, étnico y amoroso que pone al descubierto lo que aún hoy no se ha superado: la arbitrariedad de los poderosos sobre los humildes.
La novela es colocada hoy por hoy como un referente de “trascendencia sociológica” que nos debe interrogar a todos. La incapacidad del Estado de asumir todo el territorio de manera responsable, la vinculación salvaje con el capitalismo mal intencionado, la depredación feroz de la naturaleza y el exterminio masivo de los seres humanos solo por poseer tierras y dinero, son 100 años después, el “pan nuestro de cada día”. Así lo narra Rivera de manera magistral desde la literatura: “el traquido de los arbustos, el ululante coro de las serpientes y de las
fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo olor a carnes quemadas, agasajáronme la soberbia, y sentí deleite por todo lo que moría a la zaga de mi ilusión”. El epílogo de la novela es el fragmento de una carta que el cónsul de Manaos dirige al ministro de Colombia y que da cuenta de la suerte de Cova y sus compañeros con esta frase: “Ni rastros de ellos. ¡Los devoró la selva!

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