Paul Brito

En el siglo XVI hubo dos hechos culturales que marcaron todo el edificio cultural de Occidente: uno en el mundo anglosajón y el otro en el latino. Ambos tuvieron un detonante individual. Los dos fueron transformaciones importantes en las que a través de un tipo de traducción a un nuevo código se dio la relectura de una tradición canónica y se forjó un nuevo recipiente literario, una nueva sensibilidad para reinterpretar el mundo y su historia. Hablo de dos traductores a su manera: Lutero y Cervantes.

 

El primero, al traducir la Biblia al alemán y al trasladar a una misma base los dialectos diversos que se hablaban popularmente en las calles. La traducción germana de la Biblia se convirtió en la primera gran obra de la literatura alemana que, apoyada en la recién nacida imprenta, permitiría la apropiación de las Escrituras por la gente común y de ese modo la gente comenzaría a interesarse por la escritura de su propia historia.

 

Cervantes, en una transacción similar, convertiría la sagrada épica que heredaron los libros de caballería y los santos versos que monopolizaban el saber literario a la prosa de la vida cotidiana. Encontró un sentir más prosaico y realista que le dio al ciudadano común el protagonismo de su propia historia, y que contenía entre líneas la verdadera lírica y el verdadero heroísmo de lo humano.

 

Ambos, Cervantes y Lutero, estaban reivindicando al pueblo con un gesto profundamente cultural y democrático. Y estaban facilitando un nuevo esquema para percibir y expresar otros ángulos de la realidad que habían sido descuidados. De hecho, Cervantes estaba fundando un nuevo y popular género, la novela moderna, que aún no ha dejado de cosechar frutos, mientras que Lutero ponía la primera piedra de una nueva religión y desencadenaba una nueva formulación de la iglesia cristiana y de sus poderes.

 

Pero no solo desde la configuración de una lengua y de un género literario, sino desde cualquier forma nueva de entender y expresar la realidad, desde cualquier corriente ajena a la canónica o a la tradicional, se pueden abrir nuevos caminos para el pensamiento, nuevas vías de sensibilidad, que traen consigo nuevas herramientas y formas para encajar y desarrollar ideas que van quedando por fuera de los enfoques convencionales; esas herramientas o estrategias configuradas desde concepciones del mundo distintas nos permiten captar ocultos matices del mundo.

 

Al igual que cada lengua ofrece giros y expresiones propias, singularidades para aprehender referentes que otras no, cada esquema o sistema de expresión nuevo abre renovadas posibilidades de articulación del pensamiento. El conocimiento es como una ciudad. Cada edificio corresponde a una tradición diferente y cada piso a un momento distinto. Un arquitecto aprende de esa historia diseminada por la ciudad y asimila los estilos y las épocas desde sus propias claves y bajo sus propios planos para proyectar la forma y el estilo de su propia edificación. Un jefe de obra y una plantilla de obreros lo siguen y elevan el diseño hasta el último piso, allí donde alguien por fin pueda ver la ciudad con ojos nuevos.

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