Santa Rosa de Cabal siente el golpe económico de Pereira

Aunque Santa Rosa de Cabal sufrió una afectación física menor que Pereira durante el terremoto del 10 de agosto, su economía está estrechamente ligada a las ciudades vecinas. Miles de hogares dependen de empleos, empresas y clientes ubicados fuera del municipio.

En Santa Rosa de Cabal muchas viviendas siguen en pie, buena parte del comercio ha logrado reabrir y la ciudad intenta recuperar rápidamente su actividad turística. Sin embargo, hay una consecuencia del terremoto que no necesariamente se observa recorriendo sus calles: el golpe al ingreso de las familias que viven en Santa Rosa, pero dependen económicamente de Pereira y Dosquebradas.

La situación deja al descubierto una característica histórica del mercado laboral santarrosano. El municipio posee una economía activa, especialmente alrededor del turismo, la gastronomía, el comercio y las pequeñas unidades productivas, pero cuenta con una capacidad relativamente limitada para generar empleo formal frente a la que concentran sus vecinos.

Los datos recopilados por Confecámaras después del terremoto ayudan a dimensionarlo. Santa Rosa de Cabal aparece con 3.066 empresas y aproximadamente 6.221 empleos formales, frente a 152.785 empleos formales en Pereira y 33.796 en Dosquebradas.

La diferencia también se observa al relacionar el empleo formal registrado con la población. Con los datos de Confecámaras, Santa Rosa tiene aproximadamente 7,4 empleos formales registrados por cada 100 habitantes; Dosquebradas ronda los 13,7 y Pereira los 22,6. La comparación no significa que todas las personas deban trabajar en el municipio donde residen, pero sí permite entender por qué Pereira y Dosquebradas funcionan como grandes centros laborales para residentes de Santa Rosa.

Vivir en Santa Rosa, trabajar en Pereira

No se trata de un fenómeno reciente. Estudios sobre movilidad regional ya habían identificado desplazamientos de personas que residen en Santa Rosa de Cabal y trabajan en Pereira o Dosquebradas. Incluso investigaciones de movilidad sobre el corredor Pereira-Dosquebradas describen el flujo de trabajadores que regresan diariamente hacia Santa Rosa.

Por eso el terremoto rompió una aparente frontera económica.

Una familia santarrosana pudo haber terminado el 10 de agosto con su vivienda prácticamente intacta, pero eso no significa que haya salido económicamente ilesa. Su principal proveedor puede trabajar en un establecimiento del centro de Pereira que cerró, en una empresa de Dosquebradas que redujo operaciones, en un comercio que perdió inventario o en una actividad cuya demanda todavía no regresa.

El lugar donde se duerme no necesariamente es el lugar donde se produce el ingreso.

Y ahí está uno de los efectos menos visibles de la emergencia.

Un mercado laboral compuesto por empresas muy pequeñas

La estructura empresarial de Santa Rosa ayuda a explicar esa dependencia. Según el estudio socioeconómico de la Cámara de Comercio, en 2023 el 90,6 % de las empresas registradas empleaba apenas entre una y cuatro personas. Además, las microempresas representaban el 95,6 % del tejido empresarial del municipio.

Esto no significa que las pequeñas empresas sean un problema; por el contrario, constituyen buena parte del sustento económico municipal. El asunto es que una economía conformada principalmente por negocios pequeños tiene una capacidad diferente para absorber grandes cantidades de trabajadores.

Un restaurante puede contratar cinco personas; un alojamiento, cuatro; una tienda, dos; una cafetería, tres. Para generar cientos o miles de puestos adicionales se necesitaría la expansión simultánea de muchas de estas empresas o la llegada de compañías con mayor capacidad de contratación.

En contraste, Pereira concentra hospitales, universidades, comercio de gran escala, entidades financieras, empresas de servicios, instituciones públicas y otros empleadores que amplían considerablemente el mercado laboral regional.

Por eso, para muchos santarrosanos, buscar trabajo implica mirar hacia el sur.

¿Empleo precario?

Aquí es importante hacer una distinción. Calificar de manera general el empleo de Santa Rosa como “explotador” sería una afirmación que necesitaría denuncias, investigaciones laborales o estadísticas específicas que la respalden.

Sin embargo, sí existen elementos para hablar de fragilidad laboral y reducidas alternativas de empleo formal.

La limitada cantidad de grandes empleadores puede disminuir las posibilidades que tiene un trabajador para cambiar de empresa sin cambiar también de municipio. Y cuando las opciones son pocas, fenómenos como bajos salarios, informalidad, jornadas extensas o contratos inestables pueden adquirir mayor importancia para los hogares.

Incluso documentos regionales anteriores ya señalaban dificultades laborales y mencionaban que parte de la población buscaba mejores ingresos en Pereira y Dosquebradas.

Una investigación periodística más profunda tendría que recoger ahora testimonios de trabajadores, empresarios, sindicatos, Ministerio del Trabajo y agencias de empleo para establecer cuáles de esas condiciones persisten después del terremoto.

El terremoto también llegó por la nómina

El impacto adquiere otra dimensión después del 10 de agosto.

Pereira fue uno de los centros económicos más golpeados por el terremoto. Según información regional publicada tras la emergencia, cerca del 70 % de los comerciantes del centro de Pereira resultó afectado, una circunstancia especialmente sensible porque allí se concentra una parte importante de la actividad comercial y del empleo.

Un negocio cerrado en Pereira no afecta exclusivamente al empresario pereirano.

Puede significar también que una mesera de Santa Rosa recibe menos turnos; que un vendedor deja de cobrar comisiones; que un trabajador de bodega es enviado temporalmente a casa; que un contratista pierde un cliente o que alguien que viajaba todos los días ya no encuentra empleo al cual regresar.

El desastre económico, entonces, se mueve por carretera.

Santa Rosa está abierta, pero necesita visitantes

Al mismo tiempo, el municipio tiene una ventaja considerable: buena parte de su aparato económico pudo retomar operaciones con mayor rapidez.

Durante una visita reciente de Confecámaras, autoridades y empresarios locales señalaron que aproximadamente el 98 % del comercio estaba nuevamente activo e hicieron un llamado a regresar al municipio.

Ese dato convierte a Santa Rosa en algo más que un municipio que necesita recuperarse: puede convertirse en uno de los motores que ayuden a sostener la economía regional mientras Pereira y Dosquebradas avanzan en su reconstrucción.

Y el turismo es fundamental.

La Cámara de Comercio había identificado antes del terremoto 3.044 establecimientos y 7.429 empleos en el tejido empresarial analizado; dentro de ellos, el turismo representaba 857 negocios y más de 2.100 puestos de trabajo.

De ahí que actualmente se promueva la campaña “Santa Rosa vuelve a latir”, orientada a recuperar visitantes, consumo y actividad comercial después del sismo.

Una reconstrucción que debe mirar más allá de Pereira

El terremoto dejó una enseñanza económica para Risaralda: las fronteras municipales existen administrativamente, pero mucho menos cuando se habla de empleo.

Pereira, Dosquebradas y Santa Rosa forman un sistema económico interdependiente. Se vive en una ciudad, se trabaja en otra, se compra en una tercera y el salario termina distribuido entre todas.

Por eso, la reconstrucción no debería calcularse únicamente contando edificios destruidos.

También debería preguntarse dónde viven los trabajadores de las empresas afectadas, cuántos puestos siguen suspendidos, cuántos hogares perdieron parcialmente sus ingresos y qué municipios tienen capacidad para absorber temporalmente esa fuerza laboral.

Santa Rosa puede tener menos edificios en ruinas que Pereira y, aun así, tener familias fuertemente golpeadas por el terremoto.

Porque para una persona cuya casa permanece intacta, pero cuyo empleo desapareció a 15 o 20 kilómetros de distancia, la emergencia también entró por la puerta de su hogar: solo que lo hizo en forma de una nómina que dejó de llegar.

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