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jueves, junio 13, 2024

En El Barranco 1 van ‘palo arriba’ otra vez

Liliana Cardona Marín

Hay un dicho muy popular que dice: “Cuando se toca fondo, no hay de otra que echar pa´rriba” y eso es precisamente lo que están haciendo los 77 sobrevivientes del incendio devastador en el asentamiento Barranco 1 de Santa Rosa de Cabal, que dejó dos víctimas mortales el pasado 28 de enero.

La tenacidad de los colombianos cuando hay que salir de la verraca es imparable. Son apenas siete días desde el siniestro, no se ve a nadie quejándose, al contrario hay más vida que nunca. Desde temprano unos están haciendo zanjas y huecos para sentar las bases de las nuevas casas y a estas sí se les podrá dar ese nombre, no ranchos, porque a pesar de que las escasas medidas de cada lote se respetaron tal cual, hasta los de los difuntos, ya serán muy pocos los pisos en tierra; el bahareque también se verá disminuido y los techos de plástico pasarán a ser de zinc.

Las ayudas no se han hecho esperar, ha llegado comida, guadua, bloques y hasta sanitarios. Un día común y corriente en El Barranco empieza por ir donde la señora Luz Marina Hernandez, ya que su ducha no se quemó al ser de material, entonces los vecinos llegan y ella les dice: “espere le paso la manguera”, pero si de las otras necesidades fisiológicas se trata ya la cosa se complica un poco, el baño está a una cuadra. La Gobernación les envió 27 tanques de almacenamiento de agua y un rollo de manguera industrial, “yo me fui mirando hasta donde no se viera quemada la otra manguera que viene de arriba y ahí mismo hice el empalme, ya todos tenemos agua para lavar los platos”, dice Luz Marina.

El acueducto es propio, allá se pagan $3.000 mensuales por el agua. Mientras tanto la energía es un tema diametralmente diferente. En algunas construcciones que quedaron en pie se observan los medidores derretidos, antes del incendio cuando llegaba “siempre carita”, como cuenta Julio César Valencia, el recibo subía hasta $32.000, por ahora hay que esperar a que terminen de construir para volver a instalar los contadores, mientras tanto en las noches hacen lo que pueden, porque las linternas que les mandaron son recargables.

Las medidas de los lotes no son uniformes obviamente pero la medida más común es de seis metros de frente por siete de fondo, espacio que puede llegar a ser ocupado por dos familias. Alguien ajeno a esta comunidad no entiende fácilmente de dónde sale tanto empuje, cuando las noches son en cambuches de plástico y carpas, sumado a que hay que hacer turnos de celaduría para evitar que los vándalos lleguen.  Hay familias que llevan 23 años en ese lugar, como la de Luz Marina, allí ella y sus cuatro hijos tienen tres lotes, son ya dos generaciones que se han levantado en El Barranco, con ella viven solo cinco de sus 28 nietos y comenta: “ya ni sé cuántas veces nos han dicho que nos van a reubicar y a mí sí me gustaría, porque mi familia y yo no somos de peleas y esto por acá es bastante caliente”.

En la salida de El Barranco, un niño de seis años mira con curiosidad lo que se hacía Q’hubo le preguntó: ¿por qué no estás en la escuela? y respondió: “es que no estoy estudiando, mi mamá y yo vinimos de la finca a apoyar a la abuela, pero mi mamá dijo que el lunes va a ir a ver si me dentran”, ¿Y qué te pasó en la cara? El pequeño contesta con frescura “ahhh un caballo me dio una patada”. Las averiguaciones con los vecinos dieron como resultado que cerca a El Barranco hay dos escuelas públicas, una atravesando el puente San Eugenio y la otra hacia arriba.

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