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lunes, agosto 8, 2022

Colombia, un país de madres solas y valientes

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Liliana Cardona Marín

Levantarse muy temprano, hacer comida para todo el día, recoger el desorden, arreglarse, levantar los hijos, darles desayuno y salir a trabajar, son las actividades que antes de las 8:00 a.m. ya han realizado la mayoría de las mujeres que deben criar solas a sus hijos y todavía les queda la jornada entera por delante.

Ana se le midió a todo

Con apenas 8 años, la vida la enfrentó a la vida. Ana a esa corta edad sabía que solo con trabajo honrado es que se logran los propósitos y fue así como empezó en la vida laboral, le tocaba cuidar de dos niños de 4 y 2 años, nunca se le aporrearon o sufrieron algún percance.

Cuando tenía 15 años se dio cuenta que estaba embarazada e inmediatamente en lo único que pensó fue en un niño. Corría 1986 y allá en Cartago, el lugar donde se cortaba el material para hacer escobas quedaba muy retirado. Fue hasta el sitio recogió para hacer la escoba, llegó a la casa en la que trabajaba, encabó y barrió un inmenso patio en tierra.

El bebé nació al día siguiente, era domingo. Trabajó tanto durante el embarazo que las labores de parto no le tomaron tiempo, le dieron salida el lunes a las 6:00 p.m. y el martes en la mañana ya estaba lavando cobijas y dedicada al trabajo doméstico.

La vida también la llevó a Palmira, siempre con su niño que no dejaba al cuidado de nadie, el que la quería contratar con esta condición muy bien, de lo contrario buscaba otro empleo. El hijo fue creciendo y ya sabía el camino a casa. Ana ya le había enseñado a hacer arroz y como no tenían nevera le decía que de pasada del colegio comprara el pedacito de carne.

Durante todo el año compraba el Niño Dios y lo encaletaba, así Sebastián podía destapar tremenda cajota en diciembre. Al hijo de Ana, nunca le faltó un tarro de leche, ni nada de lo necesario. Hizo de su bebé un buen hombre, que ahora es servidor público y según Ana la clave es la autoridad.

La historia de Blanca

“Llegó un momento de mi vida en que me cayó la plaga”, así comienza su relato esta madre que a pulso logró superar tantas adversidades juntas. Llevaba dos años conviviendo con su pareja cuando quedó embarazada y aunque no era adolescente y tenía empleo, su mundo empezó a caerse, porque el padre de su hija la abandonó, la dejó a su suerte en la pieza que pagaban juntos. Además, la despidieron del supermercado en el que trabajaba en el barrio El Dorado de Cuba, por un problema con una compañera.

Cuando la niña cumplió dos meses, el hombre se acercó a ellas y conoció a la bebé pero volvió a desaparecer. Blanca trabajó en casas de familia y lavó ropa ajena, nunca se dio por vencida. Volvió a contactar al padre de su hija y le dijo que lo iba a demandar, él le contestó que hiciera lo que quisiera y la amenazó. Esa fue la última vez que supo de él.

Después de mucho ir y venir en varios empleos, Blanca fue autodidacta y aprendió a coser a máquina, le fue tan bien que ahora es su propia jefe, hace maquila para grandes empresas y la niña, hoy en día es una mujer de 28 años. Pero la historia de Blanca, tiene un matiz que opaca los logros. Su hermana también fue madre soltera de dos niños y a ella el amor la hizo decir sí, cuando debió decir no. Los sobrinos de Blanca están perdidos en la drogadicción en las calles de Pereira.

Diana y Luisa 

Una no sería sin la otra y viceversa. Hoy Diana Jakeline a sus 37 años ve en retrospectiva su vida y no se imagina siendo mamá a esta edad. Luisa ya tiene 21 y siente orgullo con felicidad de saber que educó a una niña buena, que a pesar de ser mayor de edad todavía le pide permiso para salir y que como ella lo dice: “No somos amigas, porque la autoridad no se puede perder, pero nos tenemos confianza de contarnos todo”.

Cuando quedó embarazada en plena adolescencia y cursaba décimo grado, prefirió escapar de casa con su novio hacia Medellín, pero cuando se bajó en la terminal ya su tío materno la esperaba y le dijo al novio que lo sentía, pero que Diana se iba con él, porque era una menor de edad. A los días regresó a Pereira, terminó décimo y el primer día de once nació Luisa. Los profesores le dieron espacio para recuperar, se graduó e hizo un técnico en sistemas, después empezó a trabajar como secretaria.

Cuando Luisa tenía 4 años se fueron a Venezuela, porque Diana trabajaría con el hermano vendiendo productos para el hogar puerta a puerta, pero la aventura solo duró un año, porque a raíz de un disparo que le hicieron a su hermano por robarlo retornó.

El día que fue a registrar a la niña, le dijo al papá que si quería allá lo esperaba para que le diera el apellido y que si no quería ir, pues no había problema. Efectivamente el hombre no apareció por allá, eso nunca puso una barrera para seguir adelante a pesar de tener a su expareja hasta el día de hoy en el mismo barrio. Cuando la niña cumplió 8 años le dijo que quería conocer al papá y así fue. Aunque hicieron amistad, Diana lo define como un torero, aparece un mes y se va por dos años.

Diana jamás tuvo en su cabeza la idea de abortar, aún hoy está en desacuerdo. Le agradece a su mamá que le hizo la segunda para ella trabajar, porque de todos los gastos de Luisa, ella fue la única responsable. Nunca se rindió, ni con el horario de 8:00 a.m. hasta altas horas de la noche en el empleo al que llegó cuando la niña tenía 5 años y que aún conserva.

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