El terremoto político del 7 de agosto, un viraje radical frente al gobierno Petro

Por Juan Manuel Quintero

El verdadero examen no será el discurso de hoy, será si dentro de cuatro años los colombianos sienten que recuperaron la tranquilidad para vivir, la confianza para invertir y la esperanza para trabajar.

Hay fechas que simplemente cambian de gobierno. Otras cambian la historia. Este 7 de agosto parece pertenecer a esta última categoría.
Pocas veces una posesión presidencial había llegado precedida de semejante terremoto político. Durante semanas el país ha visto denuncias de fraude, advertencias sobre un supuesto golpe contra la democracia, amenazas de “resistencia”, demandas para impedir la posesión, la suspensión del empalme institucional, el anuncio de que el presidente saliente no asistirá a entregar el mando y una controversia inédita sobre el lugar mismo donde debía realizarse la transmisión del poder. Al final, la ceremonia terminó convirtiéndose en un símbolo de la fractura política que atraviesa Colombia.
Paradójicamente, esa enorme tensión también representa una oportunidad.
Los terremotos destruyen. Pero también obligan a reconstruir mejor.
Millones de colombianos votaron por un viraje radical frente al gobierno de Gustavo Petro. No únicamente por razones ideológicas. Lo hicieron porque sienten que el país perdió el rumbo en materia de seguridad, que la corrupción sigue siendo un cáncer que cambia de protagonistas pero nunca desaparece, que la economía dejó de generar confianza para invertir, que el empleo formal se volvió un privilegio y que demasiadas instituciones terminaron absorbidas por la confrontación política permanente.
Ese mandato ciudadano no puede confundirse con una licencia para gobernar únicamente para quienes ganaron.
Sería un error histórico.
Tan equivocado fue construir un gobierno que muchas veces gobernó desde la división y la confrontación permanente, como lo sería responder ahora con otro proyecto incapaz de reconocer que existe una Colombia distinta, integrada por millones de ciudadanos que durante décadas han sentido que el Estado nunca llegó a sus territorios, que las oportunidades siempre estuvieron reservadas para otros y que la desigualdad sigue siendo una realidad cotidiana.
Ese sentimiento de abandono no nació hace cuatro años. Lleva décadas incubándose.
Ignorarlo fue precisamente una de las razones que permitió el ascenso de proyectos políticos como el de Gustavo Petro.
Por eso, el nuevo gobierno tiene una responsabilidad que trasciende a sus propios electores.
Necesita recuperar la seguridad sin caer en excesos; devolver confianza a los inversionistas sin olvidar el componente social; combatir la corrupción con resultados y no con discursos; volver eficiente al Estado sin sacrificar la protección de los más vulnerables; impulsar la empresa privada, porque sin inversión no existe empleo, pero entendiendo al mismo tiempo que el crecimiento económico solo adquiere legitimidad cuando también llega a quienes históricamente han permanecido al margen del desarrollo.
No es una tarea sencilla.
Gobernar para la mitad del país es relativamente fácil. Gobernar para una nación profundamente dividida exige una grandeza política mucho menos frecuente.
De forma distinta
El presidente electo ha insistido en que quiere hacer las cosas de manera distinta. Incluso decisiones simbólicas, como modificar el escenario tradicional de la posesión presidencial, han buscado transmitir el mensaje de que comienza una nueva etapa. Los símbolos, sin embargo, duran un día. Los resultados son los que permanecen durante cuatro años.
Colombia ya no necesita más gobiernos dedicados exclusivamente a explicar por qué fracasó el anterior.
Necesita uno capaz de demostrar que sí era posible hacerlo mejor.
Porque el verdadero examen no será el discurso del 7 de agosto, ni la fotografía de la posesión, ni la composición del gabinete. Será si dentro de cuatro años los colombianos sienten que recuperaron la tranquilidad para vivir, la confianza para invertir, la esperanza para trabajar y la certeza de que las instituciones volvieron a estar al servicio de todos y no únicamente de quienes ocupan el poder.
Ese es el verdadero terremoto que comienza.
Gran dimensión
Si el nuevo gobierno entiende la dimensión histórica de la oportunidad que recibió, Colombia puede salir fortalecida de estos años difíciles.
Pero si convierte esa enorme legitimidad electoral en revanchismo, polarización o triunfalismo; si olvida a quienes votaron distinto y también a quienes durante décadas han vivido excluidos del progreso; si desperdicia la oportunidad de reconciliar crecimiento económico con justicia social y autoridad con institucionalidad, entonces el terremoto no servirá para reconstruir el país.
Servirá para sepultar, quizá de manera definitiva, la esperanza de millones de colombianos.

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