Sin casa, sin trabajo y con lo que alcanzó a sacar: empezar otra vez después del terremoto

Hay pereiranos que después del terremoto no tienen casa a dónde regresar ni trabajo al cual volver. Para ellos, la reconstrucción comienza desde lo más básico.

Hay personas en Pereira que hoy podrían guardar prácticamente toda su vida dentro de unas cuantas bolsas.

Un par de mudas de ropa. Los documentos. Los medicamentos. El computador que alcanzaron a sacar. Algunas fotografías. Tal vez unos zapatos, una cobija, el cargador del celular y poco más.

Detrás quedó una vivienda a la que posiblemente no pueden volver.

Y, para algunos, también quedó el trabajo.

El terremoto del 10 de agosto no solamente derrumbó paredes. En algunos hogares destruyó simultáneamente las dos columnas sobre las que se sostiene buena parte de la estabilidad económica de una familia: la casa y el ingreso.

Perder una de las dos ya puede cambiar una vida.

Perder ambas casi al mismo tiempo obliga a comenzar otra vez.

Ya no es pensar cuánto tengo, sino cuánto tiempo puedo resistir

Para quien perdió su empleo después del terremoto, la economía deja rápidamente de medirse en salario mensual.

Ahora se mide en días.

¿Cuántos días puedo pagar un alojamiento?

¿Cuántas semanas puedo comprar mercado?

¿Cuánto me queda de los ahorros?

¿Cuánto tiempo puedo mantener los medicamentos de mis padres?

¿Quién cuidará a mis hijos mientras busco empleo?

¿Hasta cuándo puedo pagar transporte?

¿Debo irme de Pereira?

Son preguntas económicas, pero también profundamente humanas.

Una persona puede haber sido organizada durante años, haber pagado puntualmente sus obligaciones, tener algunos ahorros e incluso haber terminado recientemente de pagar su vivienda.

Nada de eso garantiza que estuviera preparada para perder simultáneamente casa, trabajo y pertenencias.

Porque prácticamente ningún presupuesto familiar contempla una casilla llamada: “perderlo todo en un terremoto”.

El dinero que debía durar años ahora debe alcanzar para sobrevivir

El ahorro cambia completamente de significado después de una tragedia.

Los $5 millones, $10 millones o $20 millones que una persona pudo acumular durante años para su vejez, para estudiar, comprar un vehículo o mejorar su vivienda dejan de ser un proyecto futuro.

Se convierten en arriendo, alimentación, transporte, medicamentos y supervivencia.

Ese es uno de los golpes económicos menos visibles del terremoto.

Una familia puede no aparecer inmediatamente como pobre en una estadística, pero estar consumiendo rápidamente el patrimonio que construyó durante décadas.

El ahorro de diez años puede desaparecer en algunos meses.

La liquidación de un trabajo puede terminar pagando alojamiento.

Las cesantías que estaban destinadas a vivienda pueden convertirse en mercado.

Y aquello que debía proteger el futuro empieza a utilizarse para poder llegar al próximo mes.

Tener casa era sentir que al menos algo estaba asegurado

Para muchas familias, una vivienda no representa únicamente su valor comercial.

Es la certeza de que, pase lo que pase, habrá dónde dormir.

Hay personas que dedicaron 15, 20 o 30 años a pagar una casa. Dejaron de viajar, aplazaron compras, pagaron intereses y organizaron su vida alrededor de una cuota mensual.

Algunos acababan de terminar de pagarla.

Y entonces tembló.

Una construcción puede tardar segundos en colapsar, pero detrás de esos segundos puede haber décadas de trabajo.

Ese es el verdadero tamaño económico de perder una vivienda.

No desaparecen solamente paredes, ventanas y muebles.

Puede desaparecer el principal patrimonio de una familia.

En Pereira, la Alcaldía informó que más de 35.000 viviendas resultaron afectadas, equivalentes al 15,4 % del parque habitacional de la ciudad, mientras alrededor de 120.000 personas aparecían como damnificadas en el balance de las primeras semanas.

Detrás de esas cifras existen miles de historias económicas diferentes: propietarios, arrendatarios, pensionados, familias endeudadas, trabajadores independientes y personas que habían invertido prácticamente todos sus ahorros en el lugar donde vivían.

Y después llegó la llamada del trabajo

Hay otro golpe.

La empresa tampoco pudo continuar.

El local quedó afectado. El edificio fue evacuado. Las ventas se desplomaron. El negocio perdió mercancía. El empleador intenta sobrevivir y ya no puede garantizar la misma nómina.

Entonces llega una llamada, un mensaje o una conversación que nadie quería tener:

“Por ahora no podemos continuar”.

De un momento a otro, la persona que necesita reconstruir su vida pierde precisamente aquello que necesitaba para hacerlo: el salario.

Ahí comienza una de las situaciones económicas más difíciles que puede enfrentar un hogar.

Porque perder la vivienda es perder patrimonio.

Perder el trabajo es perder flujo de ingresos.

Perder ambos significa no tener la casa que construyó durante años ni el salario con el que podría comenzar a recuperarla.

Para estas familias, gastar no es irresponsabilidad

En medio de los llamados a reactivar la economía de Pereira hay que hacer una distinción importante.

Quien conserva su ingreso y puede apoyar un comercio local, salir a un restaurante, comprar a un emprendedor o mantener sus consumos habituales contribuye a que la economía siga moviéndose.

Pero no se le puede pedir lo mismo a quien acaba de perderlo todo.

Para esa persona, guardar el poco dinero disponible no es falta de solidaridad con la ciudad.

Es supervivencia.

Si apenas quedan unos ahorros y no existe certeza sobre el próximo salario, cada peso adquiere otro valor.

El objetivo inmediato ya no es consumir.

Es ganar tiempo.

Tiempo para conseguir empleo.

Tiempo para recibir una ayuda.

Tiempo para definir qué ocurrirá con la vivienda.

Tiempo para saber si habrá indemnización.

Tiempo para volver a tener un ingreso.

El golpe también está en las pequeñas cosas

Perder una casa también significa tener que volver a comprar aquello que normalmente pasa inadvertido.

Una cama.

Una olla.

Sábanas.

Toallas.

Uniformes.

Zapatos.

Platos.

Una nevera.

Una estufa.

Un colchón.

Productos de aseo.

Medicamentos.

Herramientas de trabajo.

Un escritorio.

Los útiles de los niños.

Nadie compra todo eso en un solo mes cuando construye una vida normalmente. Se acumula durante años.

Después de una emergencia, en cambio, una familia puede necesitar muchas de esas cosas al mismo tiempo.

Por eso decir que alguien “solo perdió cosas materiales” puede minimizar enormemente lo sucedido.

Las cosas materiales cuestan dinero.

Y para recuperarlas hay que trabajar horas, meses y años.

Hasta recibir ayuda cuesta

Incluso ser damnificado tiene gastos.

Moverse hasta una oficina.

Imprimir documentos.

Sacar certificados.

Hacer llamadas.

Conseguir dónde dormir mientras llega una respuesta.

Transportar las pertenencias rescatadas.

Pagar bodegaje.

Comprar comida fuera de casa porque ya no existe una cocina.

Mover a los niños.

Cuidar a una persona mayor.

Ir a una entrevista laboral.

Todo eso ocurre mientras los ingresos pueden estar reducidos o haber desaparecido completamente.

El Gobierno anunció auxilios de arrendamiento por $1.050.000 mensuales durante tres meses, con posibilidad de prórroga, para familias previamente censadas e incluidas en el Registro Único de Damnificados, además de programas de mejoramiento de vivienda.

Son recursos necesarios.

Pero ninguna ayuda temporal reemplaza el ingreso permanente que perdió una familia ni reconstruye automáticamente el patrimonio acumulado durante décadas.

Hay que tener cuidado con una segunda tragedia: endeudarse para sobrevivir

Después del terremoto puede aparecer otra amenaza silenciosa.

La deuda.

Cuando alguien necesita dinero urgentemente resulta fácil pensar que cualquier préstamo es una solución.

Pero financiar alimentación, arriendo y gastos diarios con créditos costosos puede trasladar la emergencia algunos meses hacia adelante y convertirla después en una crisis financiera.

Una familia sin ingresos estables puede comenzar utilizando una tarjeta de crédito, después otro préstamo y finalmente terminar destinando buena parte del nuevo salario —cuando consiga empleo— a pagar las deudas adquiridas durante la emergencia.

Por eso la recuperación no solamente necesita ayudas.

Necesita empleo.

Conseguir trabajo se vuelve una emergencia

Para quien quedó sin casa y sin ingreso, encontrar trabajo puede ser tan urgente como conseguir dónde dormir.

La reconstrucción de Pereira comienza precisamente a generar demanda en actividades relacionadas con construcción, reparaciones, electricidad, soldadura, transporte, mantenimiento y logística.

Una revisión de la Agencia Pública de Empleo del SENA realizada este 5 de septiembre mostraba en Pereira vacantes para oficiales y ayudantes de construcción, obra blanca, soldadores, trabajadores eléctricos, conductores y otros perfiles relacionados con estas actividades. También existen rutas gratuitas de intermediación laboral a través del SENA, Comfamiliar Risaralda y la Secretaría de Desarrollo Económico de Pereira.

No significa que habrá empleo inmediato para todos.

Tampoco que la reconstrucción resolverá por sí sola el desempleo provocado por el desastre.

Pero recuperar un ingreso será probablemente una de las herramientas más poderosas para que una familia vuelva a ponerse de pie.

Porque una ayuda permite respirar.

Un trabajo permite volver a planear.

El duelo de quedarse sin nada

Hay una parte de esta crisis que ninguna tabla de Excel alcanza a explicar.

Abrir una bolsa y descubrir que eso es prácticamente todo lo que queda de la vida anterior.

No encontrar la camisa que siempre utilizaba.

Recordar que las fotografías quedaron adentro.

Preguntarse dónde dormir la próxima semana.

Pasar frente al lugar donde trabajaba y encontrarlo cerrado.

Decirles a los hijos que por ahora están viviendo “temporalmente” en otra parte sin saber cuánto significa realmente ese “por ahora”.

Sentir culpa porque alguien está ayudando.

Sentir miedo de gastar.

Sentir miedo de no gastar.

Sentir vergüenza de pedir.

Sentir angustia cada vez que llega una notificación del banco.

Y despertarse al día siguiente sabiendo que hay que resolver asuntos de vivienda, seguros, trabajo, ayudas, documentos y dinero mientras todavía se está intentando entender lo que pasó.

La economía y el duelo terminan mezclándose.

Empezar de cero tampoco es exactamente empezar de cero

Hay una frase que suele utilizarse después de estas tragedias:

“Hay que empezar de cero”.

Pero algunas familias ni siquiera empiezan desde cero.

Empiezan con deudas.

Con ahorros reducidos.

Con hijos que mantener.

Con padres mayores.

Con una vivienda destruida.

Con pertenencias perdidas.

Con incertidumbre laboral.

Con trámites pendientes.

Y con un miedo que antes no existía.

Por eso reconstruir Pereira no puede limitarse a levantar edificios.

Habrá que reconstruir ingresos.

Habrá que proteger empleos.

Habrá que ayudar a que los negocios vuelvan a vender.

Habrá que encontrar trabajo para quienes lo perdieron.

Habrá que lograr que las familias puedan volver a ahorrar.

Y habrá que evitar que quienes tenían una vida económicamente estable antes del 10 de agosto terminen empobrecidos como consecuencia permanente del terremoto.

Porque para algunas personas el sismo terminó hace semanas.

Pero su emergencia económica apenas está comenzando.

Hoy quizá duermen en una casa prestada.

Su ropa cabe en una maleta.

No saben cuándo recibirán nuevamente un salario.

Y cuando alguien les pregunta qué pudieron salvar de su vivienda, la respuesta puede ser dolorosamente sencilla:

“Lo que alcanzamos a sacar”.

A partir de ahí comienza la verdadera reconstrucción.

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