Del terremoto al desplazamiento laboral: pereiranos contemplan empezar de nuevo en otras ciudades

La reconstrucción de Pereira podría tardar hasta cinco años. Mientras miles de empleos están en riesgo y comerciantes enfrentan pérdidas, trabajadores, jóvenes y familias comienzan a hacerse una pregunta que va más allá de los edificios destruidos: ¿cuánto tiempo pueden esperar para cumplir sus metas y cuándo buscar oportunidades en otra ciudad se convierte en una alternativa?

Después de sobrevivir al terremoto del 10 de agosto, para algunos habitantes de Pereira aparece una decisión que ninguna evaluación estructural puede resolver: quedarse y esperar la recuperación de la ciudad o marcharse en busca de oportunidades que les permitan continuar con sus proyectos de vida.

La pregunta adquiere importancia porque la reconstrucción no será inmediata. La Alcaldía estima que recuperar la ciudad podría costar alrededor de 10 billones de pesos y tomar hasta cinco años. Ese horizonte incluye viviendas, colegios, vías, infraestructura pública y otros bienes afectados.

Cinco años pueden medirse en concreto, ladrillos y presupuestos públicos. Pero para una persona también pueden significar cinco años decisivos para graduarse, conseguir su primer empleo, ascender profesionalmente, ahorrar para una vivienda, crear una empresa, formar una familia o alcanzar estabilidad económica.

Es allí donde el desastre deja de ser únicamente urbano y comienza a tocar el proyecto de vida.

Cuando esperar también tiene un costo

Pereira no llegó al terremoto siendo una ciudad sin oportunidades. Todo lo contrario. Antes del desastre, su área metropolitana registraba una tasa de desempleo de 7,2 % durante el segundo trimestre de 2026, una de las más bajas del país. La Cámara de Comercio de Pereira señala, sin embargo, que la reducción coincidía también con una disminución de la población ocupada y que sectores como comercio, industria, alojamiento y servicios de comida ya mostraban pérdidas de ocupación.

El terremoto alteró ese escenario.

Un censo empresarial divulgado el 4 de septiembre estimó pérdidas cercanas a 355.000 millones de pesos entre los comercios afectados y señaló que más de 50.000 empleos estaban en riesgo. La disminución de compradores, particularmente en el centro de Pereira, se convirtió en una segunda amenaza para establecimientos que sobrevivieron físicamente al movimiento sísmico, pero que ahora deben sobrevivir económicamente.

Confecámaras había advertido pocos días después del terremoto que el 93 % de las empresas en los territorios más afectados eran microempresas y que Pereira presentaba una de las mayores exposiciones empresariales relativas entre las zonas golpeadas.

Para un trabajador, esto puede traducirse en algo muy concreto: perder el empleo, ver disminuidos sus ingresos, trabajar menos horas o, en el extremo contrario, asumir una mayor carga laboral porque la empresa funciona con menos personal.

Para un comerciante puede significar algo igualmente complejo: haber tenido un establecimiento formal y terminar vendiendo desde la calle, por internet, desde una vivienda o mediante cualquier alternativa que permita conseguir ingresos mientras recupera su negocio.

No existe hasta ahora una estadística oficial que permita medir cuántas personas han pasado de la formalidad a la informalidad por causa directa del terremoto. Tampoco existe todavía un dato oficial que demuestre una salida masiva de trabajadores de Pereira. Pero las condiciones económicas que pueden incentivar esa movilidad ya están presentes.

¿Esperar cinco años o buscar oportunidades ahora?

Esa es posiblemente una de las decisiones más difíciles que deja la emergencia.

Para una persona de 22 años que acaba de terminar sus estudios, cinco años representan prácticamente el comienzo completo de su carrera profesional. Para alguien de 30 pueden coincidir con el período en el que esperaba consolidar sus ingresos, adquirir una vivienda o emprender. Para un trabajador de mayor edad, varios años de inestabilidad pueden hacer mucho más difícil regresar posteriormente al mercado laboral.

Quedarse tiene un costo potencial si las oportunidades se reducen.

Pero irse también lo tiene: arrendamiento, transporte, separación de la familia, pérdida de redes de apoyo, adaptación a otra ciudad y la incertidumbre de encontrar realmente un empleo mejor.

Por eso, el terremoto puede comenzar a producir una forma de migración económica postdesastre: personas que no necesariamente perdieron su vivienda, pero que consideran desplazarse temporal o definitivamente porque su trabajo, negocio o trayectoria profesional quedaron interrumpidos.

El término debe utilizarse con cuidado. No se puede hablar por ahora de desplazamiento forzado en el sentido jurídico que tiene esa expresión en Colombia, ni existe evidencia oficial de un éxodo masivo desde Pereira. Lo que sí puede empezar a observarse es movilidad laboral motivada por la emergencia económica.

Medellín, Bogotá o Bucaramanga: irse tampoco garantiza empleo

Buscar otra ciudad parece una respuesta lógica, pero los datos muestran que la decisión necesita algo más que hacer una maleta.

En el trimestre mayo-julio de 2026 —un período que todavía no refleja plenamente los efectos del terremoto— las menores tasas de desempleo entre las principales ciudades estuvieron en Medellín, con 7,0 %; Bucaramanga, con 7,2 %; y Pereira, con 7,5 %. Bogotá se ubicaba alrededor del 8 %. Es decir, antes del desastre Pereira tenía indicadores laborales comparables e incluso mejores que los de varias ciudades que podrían parecer destinos naturales para migrar.

Esto introduce una diferencia fundamental: no se trata de abandonar Pereira simplemente porque otra ciudad sea más grande.

La movilidad tiene más sentido cuando existe una oportunidad concreta: una oferta laboral, una universidad, un mercado con mayor demanda para determinada profesión, la posibilidad de trasladarse dentro de una empresa o una red familiar que reduzca los costos de empezar nuevamente.

Un diseñador, ingeniero, vendedor, cocinero, conductor o profesional de tecnología no encontrará necesariamente las mismas posibilidades en cada ciudad. La decisión dependerá más del sector económico y de las oportunidades específicas que de la tasa general de desempleo.

El riesgo de una fuga de talento

Para Pereira existe además otro desafío.

Si durante los próximos meses los profesionales, técnicos, estudiantes, emprendedores y trabajadores más jóvenes encuentran mejores posibilidades fuera de la ciudad, una salida inicialmente temporal podría convertirse en permanente.

La reconstrucción necesita precisamente a esa población.

El Concejo de Pereira reconoció el problema al aprobar la reorientación de 85.166 millones de pesos para la emergencia y plantear que la recuperación física tiene que estar acompañada por una estrategia capaz de recuperar empleos, negocios y oportunidades. En el debate también se pidió involucrar a nuevas generaciones de profesionales en la definición de la Pereira de las próximas décadas.

Existe, entonces, una paradoja: los habitantes necesitan oportunidades para poder quedarse, pero la ciudad necesita que parte de su talento se quede para poder recuperarse.

El proyecto de vida no siempre puede esperar a la reconstrucción

Una ciudad puede permitirse planear obras a cinco años. Una persona no necesariamente puede poner su vida en pausa durante el mismo período.

Quien pierde un semestre universitario puede recuperarlo. Quien permanece meses desempleado empieza a consumir sus ahorros. Quien mantiene un negocio sin ventas acumula obligaciones. Quien conserva el empleo pero recibe menos ingresos puede aplazar la compra de vivienda, estudios de posgrado, independencia económica o cualquier otra meta.

Es allí donde aparece una pregunta incómoda pero legítima:

¿Cuánto debe sacrificar una persona por esperar a que su ciudad se recupere?

No existe una respuesta colectiva.

Para algunos, quedarse será la mejor decisión porque conservan empleo, vivienda, familia y oportunidades. Para otros, marcharse durante seis meses o un año puede permitir trabajar mientras Pereira recupera parte de su actividad. Y para quienes encuentren una oportunidad profesional importante en Medellín, Bogotá, Bucaramanga u otra ciudad, el terremoto puede terminar acelerando una migración que antes no estaba contemplada.

Irse no tiene que significar abandonar Pereira

También existe una tercera posibilidad: la movilidad temporal.

Una persona puede trabajar en otra ciudad sin romper definitivamente su relación con Pereira. Puede enviar recursos a su familia, conservar propiedades, mantener un negocio, trabajar de manera remota o regresar cuando las condiciones económicas mejoren.

Desde esa perspectiva, migrar después del terremoto no tendría que interpretarse como falta de compromiso con la ciudad.

Puede ser una estrategia para proteger ingresos y evitar que la emergencia destruya también los planes personales que tardaron años en construirse.

Incluso podría ocurrir lo contrario: trabajadores que acumulen experiencia, contactos y capital en otras ciudades podrían regresar posteriormente y participar de la reconstrucción económica de Pereira.

Una decisión que no debería tomarse desde el miedo

El terremoto dejó miedo y angustia, pero la decisión de cambiar de ciudad exige separar la emergencia inmediata del futuro profesional.

Antes de marcharse, una persona tendría que preguntarse si realmente perdió sus posibilidades en Pereira, cuánto tiempo puede sostener su situación actual, qué oferta concreta tiene en otra ciudad y cuánto le costará vivir allí.

Porque trasladarse sin empleo, ahorros o una red de apoyo también puede transformar una crisis local en una crisis personal.

Al mismo tiempo, esperar indefinidamente únicamente por la esperanza de que todo vuelva a ser como antes puede terminar retrasando metas que dependen del tiempo.

Por eso, quizá la verdadera pregunta después del terremoto no sea simplemente “¿debo abandonar Pereira?”, sino otra mucho más personal:

“¿Dónde tengo hoy mejores condiciones para construir la vida que quiero dentro de cinco años?”

Para miles de pereiranos, la respuesta podría seguir estando en su ciudad. Para otros, durante algún tiempo, puede encontrarse fuera de ella.

Y ese será otro de los efectos menos visibles del terremoto del 10 de agosto: mientras Pereira intenta reconstruir sus edificios, algunos de sus habitantes tendrán que decidir dónde reconstruir su futuro.

Nota metodológica: las cifras laborales disponibles del DANE para Pereira corresponden fundamentalmente a períodos anteriores al terremoto o que aún no capturan plenamente su impacto. Por eso no permiten afirmar todavía cuánto aumentó el desempleo como consecuencia del sismo. Del mismo modo, a 5 de septiembre no encontré una medición oficial que demuestre un éxodo de pereiranos hacia otras ciudades. La nota presenta esa movilidad como un riesgo y una decisión emergente, no como un fenómeno estadísticamente comprobado.

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