Neverg Londoño Arias
Columnista

Hemos visto pasar a mujeres, hombres, niñas y niños; maltratados, violentados y marginados en un mundo cruel en el cual la supervivencia se hace difícil para muchos. Son pocos los poseedores y muchos los desposeídos y la estratificación de las personas levanta una pirámide coronada por cruces, media lunas, espadas, leyes y escrituras sagradas, donde se señalan los lugares para cada uno entre la tierra y el cielo, entre la riqueza y la pobreza y entre la pobreza y la miseria.

Pasan mujeres y hombres portando las banderas de sus amos, castigando sus hermanos en nombre de la verdad, el poder y la ley. Pasan los dueños del poder enarbolando las verdades únicas, las ideologías únicas, los derechos únicos, ante la mirada desconcertada de los que tienen una versión diferente de la realidad, de su país, su mundo y su modo de llegar a la felicidad.

Pasan los estudiantes para quienes aprender se torna un conflicto, porque saber y conocer es un peligro para el dominador y la ignorancia es una ventaja que se reditúa en poder y dividendos. Pasan los educadores reclamando los derechos a la dignidad y el respeto para sus estudiantes y sus comunidades.

Pasan los diferentes, a quienes la naturaleza les regala un código distinto, dueños de su presente y las miradas y gestos excluyentes de su más cercana semejanza. Pasan los niños solitarios, cabizbajos, embebidos en sus tabletas, sin encontrar explicación al maltrato y la ausencia de padres, madres y familia. Pulgarcita, los acompaña en el ser y hacer un mundo personal dominado por la depresión y el autocastigo.

Pasan 527 años desde la llegada de los europeos a América y 200 años después de la “Independencia” y aún se duda de la libertad de los pueblos y más aún de su salvación. Pasa la guerra cargada en vilo por los guerreristas, para quienes la paz es una utopía. Pasan los pacifistas para quienes las utopías pueden llegar a ser una realidad, un modo de ser feliz.

Pasa Jesús camino a Jerusalén una vez más, para enfrentar la justicia de sus depredadores. Justicia venal, comprometida, controvertida y disonante. Eterno comienzo de la historia de la realización del ser humano que entrega la vida por el servicio a sus semejantes.

Ante la visión de estas imágenes del mundo la figura de un hombre ajusticiado, enmarcado en el tiempo, parece moverse ante la llama reverberante de las lámparas en el altar de la casa de la abuela.
Es Martes Santo.

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