Dichosos los pobres. Ay de ustedes los ricos
ELEGIDOS los doce apóstoles, Jesús bajó con ellos de la montaña y se detuvo en un llano. Había allí una gran cantidad de discípulos y mucha gente del pueblo, proveniente de todo el país de los judíos y de Jerusalén y aun de la costa de Tiro y Sidón.

 

Jesús dirigió la mirada hacia sus discípulos y dijo:
«​Dichosos los pobres porque el Reino de Dios es para ustedes.
Dichosos los que ahora pasan hambre, porque tendrán alimento en abundancia.
Dichosos los que ahora lloran, porque reirán.

 

Dichosos cuando los hombres los odien, ​​los excluyan de su compañía y los insulten,
y aun rechacen su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.
Alégrense ese día y salten de júbilo, porque en el cielo tienen reservado un gran premio.
Así trataron los padres de esa gente a los profetas. «En cambio, ​¡ay de ustedes los ricos,
porque ya tuvieron su felicidad!

 

¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos, porque pasarán hambre​!
​¡Ay de los que ahora ríen, porque tendrán que sufrir y llorar!
​¡Ay, si todo el mundo habla bien de ustedes​!
Así trataron los padres de esa gente a los falsos profetas​!».
Palabra del Señor

REFLEXIÓN
Todas las personas llevamos en lo más profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que nos hallamos ante alguien que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.

 

Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y como encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.

 

Por eso, la escucha sencilla de las bienaventuranzas provoca siempre en la persona un eco especial. Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes produce en nosotros un cierto desconcierto. Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo más hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.
A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.

 

Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.

 

Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar. Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón. Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.

 

Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses.

 

Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados.
Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los débiles. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.

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