Óscar Aguirre Gómez*

“La música del mañana, al proceder por una estructuración inédita,
particular, del espacio y del tiempo,
podría convertirse en una herramienta de transformación del hombre,
al influir sobre su estructura mental”.
Iannis Xenakis

Siempre amé la música. Su mundo fue mi pasión. Nunca concebí mi alrededor sin su esencia. Una vez que la conocí, me transportó. Me hallé en otro sitio. Y ya no pude salir de éste. Cuando aprendí a leer, aprendí la más difícil de las artes. Cuando amé, conocí la fiesta de los sentidos. Cuando quise ubicarme más allá del tiempo en un espacio diferente, conocí que en mi mente radicaba una cuarta dimensión. Pero cuando la música invadió mi ser, desperté. Por eso en lo sucesivo no hallé otra actividad más apropiada a mis anhelos que perderme en el mundo del sonido, viajando al vaivén de un licor suave y constante, que era su complemento. En mi fantasía experimenté, así mismo, la futilidad del calor femenino que embriagaba empero mi espíritu de un perfume cuya esencia permanecía. En muchas ocasiones, la música incitaba a la penumbra y al encuentro del ardor y en un círculo fatal el claroscuro remitía a una melodía nueva, embrujadora.

Sentir la música es visitar otra dimensión no por invisible menos cierta. Y aunque el sueño es espejismo y el amor es ilusión, en algunos momentos, la práctica de ambos nos sume en un desasosiego que permite que nuestra ansia se torne en una constante pena a la que, de ordinario, sucumbimos, como un lenitivo que nos acaba al fin. La música es una mujer: amarla es soñar despiertos.

La euritmia, la música y el amor, constituyeron siempre para mí el objeto de una búsqueda vana. Así las cosas, tal ansia, sin ser mi guía, me ubicó en la posición que ocupaba, es decir, en un nivel variable, que oscilaba entre la seda y el trajín. Iba de un lugar a otro y regresaba siempre al mismo punto de partida. Encontraba cosas novedosas por lo olvidadas. Vivir es olvidar. Recordar es adentrarse en lo infinito. La música aúna y multiplica lo más hondo de nuestro interior y lo proyecta hacia lo desconocido en aras de un conocimiento que intuimos adyacente y que parece reencontrado. Cuando interviene el arte sonoro, nuestra dimensión habitual crece. La música produce sensaciones, quizá inconscientes, propias de épocas lejanas, que lo mismo pueden ser pretéritas o futuras.

Desde hace mucho he sido, pues, un buen aficionado a toda la música, cuando es buena y óptima, no importa su clase y origen. He estado en las principales capitales europeas, en Suramérica y hasta en Australia. He visitado los principales teatros del mundo y sus salas de una acústica ultramoderna. Su ambiente refinado llevó mi ser en innumerables oportunidades al centro mismo de la armonía como no lo imaginé nunca. Desde muy joven admiré el arte que hace soportable la humana existencia. Dos cosas sostienen al hombre en el mundo cuando ya nada le seduce: la música y el arte. Y es que la música deriva en amor y éste en arte cuando es real. Ello nos lleva a una contemplación artística del universo y su forja por un Alto designio. La música es Alegría. Si pudiera definir lo que hay en mí y ha habido siempre, a pesar de los ocultos resortes que mueven mi mundo y trasladan mi fantasía al borde del delirio, contrariando mis ilusiones, es alegría. Una alegría infinita por adentrarme cada vez más en un universo que desconozco, pero que adivino inherente al ser que en mí vibra, que me mueve y que está más allá de mi conciencia misma: mi Yo.

Uno de mis compositores favoritos era Beethoven. Su música me elevaba y a través de ella sentía el mundo, en su devenir incesante. Cuando tuve la suerte de estar presente, como decía, en selectas salas de varios continentes, “conocí” un mundo adjunto al mío, que me deslumbró con genuino encanto. Tuve la dicha de ver y escuchar a los grandes directores de nuestra época, al frente de orquestas más sobresalientes, que eran verdaderos instrumentos en sus manos, en sus versiones de las obras sinfónicas del genio de Bonn, así como a grandes solistas y conjuntos de cámara en su lectura de la música más íntima del maestro. No nombro a los intérpretes, pues no quiero ser infiel a ninguno de ellos: cada uno es único.

No obstante lo anterior, de un tiempo acá todo empezó a cambiar en mí, referente a la música: su percepción por mis sentidos no es la misma. Es más, el arte por excelencia me es casi indiferente. De Beethoven sólo escucho ahora sus últimos cuartetos de cuerda que me han revelado un universo insospechado. Pero…

Ahora siento más placer al distinguir el tintineo de una gota de agua en medio de la lluvia, al percibir el susurro de las hojas de los árboles cuando el viento las acaricia, al escudriñar el titilar de las estrellas o al escuchar el insolente tic tac del reloj que devora el tiempo, sin que nada pueda impedirlo. En otras palabras, algunos fenómenos expresan el máximo de emoción con un mínimo de estruendo musical. O sea que no quiero hablar más de la música como tal. Mi ser se ha abierto a nuevas experiencias que me han hecho variar enormemente mis perspectivas musicales. Desconocidas combinaciones sonoras me seducen, en virtud de prácticas de otro orden. Ahora, pues, me atrae otra música que domina todo mi ser: la insonora. El adentramiento profundo y reiterado de mi mente en el pensamiento de los autores de Oriente me ha apartado de lo que yo creía era la realidad y otra realidad suplantó la cotidiana. Así como “suena”. De un tiempo acá, me he dedicado a “escuchar” música inaudible, más a “tono” con mis especulaciones…
Es algo así como la música del silencio. La música tiende al silencio. Cuando termina un trozo musical, descansamos de las notas. El silencio cunde: su secreto reina y nos hallamos en los recovecos del ultrasonido. La música pasa a ser entonces un armazón superfluo. El silencio, reitero, es el estado natural de la música. Ésta nace del silencio, así como la palabra surge del pensamiento y la luz nace de la oscuridad. Todo es vibración y así ha sido creado cuanto vemos o no vemos: “In principio erat verbum”.

¿Quién ha escuchado la música de las esferas a que alude Pitágoras? Sin embargo su armonía sostiene el universo. ¿Quién ha escuchado el sonido del girar de los astros? Sin embargo se mueven en silencio.

Me dirán que estoy loco. Puede ser. Pero no. No lo estoy. Me he apartado del mundo que me ofrecía la música, para entrar en otro —paralelo— que me lleva a estar atento a otras dimensiones. Entonces tal música será mediadora entre la Mente Universal y el hombre: será un factor creativo, dirigido conscientemente cuando tengamos la capacidad de comprender su esencia. Y así como podemos llegar a dominar el pensamiento, éste podría convertirse en música.

Si alguien me ve absorto sin razón aparente; si alguien me ve gesticulando en silencio y dirigiendo una orquesta invisible, no se sorprenda: la música sin sonido vibra por doquier en una dimensión que sólo yo advierto. Sé que otros, paulatinamente, empezarán a vivir lo que yo vivo, si no es que ya lo hacen. Entonces seremos legión y reinará el silencio. El mundanal ruido desaparecerá y el verbo ondulante adquirirá más consciencia por parte de todos nosotros: habitará realmente en nuestro interior.

A propósito, en estos momentos comienza una gran sinfonía cósmica y no quiero perdérmela: ¡la Sinfonía Insonora! Sus alados intérpretes vuelan por los aires en un concierto celestial. Me llaman con su áurea ejecución. Son autómatas con ojos de vidrio que sólo miran en una dirección. Los dirige un músico indiferente, con los ojos cerrados, como dirigiendo para sí mismo. De sus manos emana una luz imperceptible: ¿La ven?

2015
*Miembro del Parnaso Literario Eje Cafetero. Este relato forma parte de una Antología de Cuentos del autor, próxima a publicarse.

 

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