Alan González Salazar

¿Cómo se conquista la vida… cómo se llega a ser libre para elegir, si toda elección genera angustia y primero está la vida antes que el pensamiento? Este y otros interrogantes dieron origen, en el siglo XIX, a la que se ha dado en nominar “corriente existencialista”. Kierkegaard y Dostoievski llevaron al límite las ideas en torno a Dios, la libertad y la muerte, en una época de significativos cambios ideológicos. Bakunin escribe su teoría anarquista, disputa con Max, huye del cadalso. Nietzsche realiza los primeros estudios del supra-hombre (Ubermensch) y tiene en común responsabilidad con sus contemporáneos el señalar los significados, las metáforas idealizadas de la vida dependiente de la eternidad y de otros valores suprasensibles alejados de la “realidad humana”. Hoy sabemos que Nietzsche pudo leer a Dostoievski con gran simpatía, pues coincidieron, por fortuna, en una misma línea de estudio a la que llegaron por caminos diferentes.

 

     Kirilov, uno de los personajes de la novela Los endemoniados (1872) de Dostoievski, se pregunta: Si Dios no existe, ¿yo soy Dios? Pero pensarse simplemente como Dios no es algo concluyente, “ser Dios exige que uno debe matarse”. Ahora bien, el personaje busca durante años el atributo de su divinidad y lo encuentra en su “independencia”. Terminar con la servidumbre respecto de la inmortalidad implica reemplazarla con su “idea”, esta es, la de matarse y con ello asumir las consecuencias finales de esa independencia: “El hombre simplemente inventó a Dios a fin de no matarse”, afirma Kirilov, “este es el resumen de la historia universal hasta este momento”. Cabe aclarar, en este punto, que Camus distingue, al estudiar en plena mitad del siglo XX a Dostoievski, dos factores que requeriría el suicidio, en primer lugar el “darse cuenta de la absurdidad sin sentido de la vida” y luego, la superación del apego a la vida (“… el cuerpo elude la aniquilación”). Así, el suicidio posee una razón “vital” suficiente para sobreponerse a la autopreservación: la enfermedad, la vergüenza o la desesperación. Pero la diferencia con Kirilov radica en que sus razones no son por carencia o déficit (enfermedad, vergüenza, etcétera), por el contrario, es un suicidio “dispuesto lógicamente”, no motivado por el estado negativo de la depresión o incluso por el miedo a la muerte.

 

     “Esta es la declaración de un suicidio superior”, en palabras de Camus, la persona es únicamente este acto de ser por-sí-mismo, de ahí su terrorífica libertad, aunque otras soluciones para el suicidio son siempre posibles, si no necesariamente preferibles, por ejemplo, es posible vivir en el absurdo.

 

     Al respecto, Sartre añadirá, con extremada lucidez, que morir es dejar de recibir significado adicional, cuando el significado es algo que sólo el futuro puede darle a la vida. Nos enfrentamos aquí a la trascendencia que, según Jaspers, llega indirectamente mediante la meditación sobre el fracaso universal asegurado por nuestra propia imperfección, así el filósofo nos lleva a descubrir la trascendencia, en un presentimiento de ésta que aprendemos a costa de nuestros fracasos, en la derrota y el pesimismo. Ya Heidegger, desterrado a una cabaña en lo profundo de la Selva Negra de Suabia, le responde a Sartre en su carta de 1949, que ni Husserl ni él reconocen la importancia esencial de lo histórico en el ser, ya que el desamparo del ser se atrinchera en la historia de la metafísica, es decir, que solo podemos “ser” de un modo genuino y absoluto para nosotros mismos desde la subjetividad, esto en contraste con la ciencia y su “olvido del ser”, el cual se falsifica en la dinámica de lo útil, en el horizonte científico.

 

Se discute en la actualidad la “cosificación” de las personas y sus conciencias en medio de un sistema clasista de productividad. Marx ya había afirmado que el reinado de la libertad no se inclinará mientras no cese el trabajo impuesto por la necesidad y la finalidad externa…

 

Ahora la ciudad sirve de cárcel, el raciocinio exacerbado que hace del ser humano una estadística anónima sin otros valores que su propia abstracción masiva, condenada a significar algo y no a “ser” invención de sí mismo, una conciencia perpleja ante las cosas del mundo, libre de significados esenciales de la existencia.  Urge entonces una filosofía que explore el “ser” y los motivos que elige para no interrumpir su accionar, urgen “significados” para la vida humana fuera de la exactitud de la máquina, de la puntualidad del reloj, de la Historia que parece rebasar los destinos humanos.   

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