Francisco Javier López Naranjo

Recientemente, cuando visité en el hospital a mi amigo el dramaturgo Leonel de Jesús Ramos Bedoya, quien el año pasado hizo el lanzamiento del libro de sus obras de teatro, y a raíz de los quebrantos de salud de seres muy queridos, me conmocioné al vivenciar de nuevo la fragilidad humana, que tanto inquietaba al gran Gautama, el Buda, a quien conmovían profundamente la enfermedad, la vejez y la muerte.

 

Y se me vino a la memoria la clásica obra de Calderón de la Barca: El gran teatro del mundo, en la que Dios figura como el autor y director de escena, y a cada cual le da un papel en el escenario de la existencia para que lo represente de la mejor forma: “Ama al otro como a ti. / Obra bien que Dios es Dios”, según enseña en este famoso auto sacramental.

 

Los que representen bien el papel, que es muy fugaz, recibirán un premio después de la muerte. Figuran entre algunos de sus personajes: el rey, el pobre, el labrador y el niño. Curiosamente no está en el reparto el enfermo. Aunque, en una obra de Quevedo, El Epicteto y Phocílides, se alude a este personaje, en un fragmento al que se le atribuye la fuente directa del tema del Gran Teatro del Mundo, de Calderón:

 

“No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes / y que todos en él somos farsantes; / acuérdate que Dios, de esta comedia / de argumento tan grande y tan difuso, / es autor que la hizo y la compuso. / Al que dio papel breve, / solo le tocó hacerle como debe; / y al que se le dio largo, / solo el hacerle bien dejó a su cargo. / Si te mandó que hicieses / la persona de un pobre o un esclavo, / de un rey o de un tullido, / haz el papel que Dios te ha repartido; / pues solo está a tu cuenta / hacer con perfección el personaje, / en obras, en acciones, en lenguaje; / que al repartir los dichos y papeles, / la representación o mucha o poca / solo al autor de la comedia toca”.

Pero el drama que más hondo evoca el papel de la enfermedad en el gran teatro del mundo es el de Job. Muchas enfermedades son consecuencia del desequilibrio que por inconciencia hemos causado en nuestro cuerpo. Pero en el caso de Job no es así: Dios, en quien tanto confía, permite que sea despojado y enfermado para poner a prueba su fe y su paciencia. Y Job prorrumpe en exclamaciones de hondo contenido poético: 

 

“Pero yo sé que mi Redentor vive y que al final se levantará sobre el polvo. Y después que hayan deshecho esta mi piel, ¡en mi carne he de ver a Dios, a quien yo mismo he de ver! Lo verán mis ojos y no los de otro. Aunque mi corazón desfallece dentro de mí”. (Job 19:25, 26).

 

Pablo, en Romanos 8:28, dice:  “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden a bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito”. Lo que me recuerda un sueño, en el que era consciente de que estaba soñando. Y le pregunté, angustiado, a Dios el motivo de los quebrantos de salud de mi amada esposa. Y Dios me respondió: “Todo lo que le suceda será para su bien”.

 

Refiriéndome ahora a cosmovisiones diferentes a las creencias judeocristianas, rozaré algunas de ellas. Los que aceptan, por ejemplo, la doctrina de la transmigración de las almas también conciben la existencia como un gran teatro en el que las almas, a través de múltiples existencias, asumen todos los papeles necesarios con el fin de aprender las lecciones para perfeccionarse en el amor. Al final, todas las almas, luego de muchos aprendizajes, algunos muy dolorosos, como la enfermedad, se despojarán de sus máscaras y se fundirán en la felicidad del Absoluto.

 

Mientras más rápido sea este aprendizaje menos será el sufrimiento o karma.  Me inspiré en ello para expresar el sentido del sufrimiento humano en el poema El Absoluto:

“Cuando el cosmos abrace el Absoluto, / el sumo hogar, la verdadera patria; / y de nuevo se fundan los espíritus, / despojados de máscaras, oh amada; / cuando el telón del teatro universal: / el vacío, clausure el regio drama, / que todos somos uno, entenderemos; / “del Infinito mar, gotas de agua”. / Comprenderemos todos que lo creado / es un poema, una epopeya, un drama. / Que todo, o casi todo, fue espejismo. / ¡Y que solo el amor no es una farsa!”

 

Nuevamente el amor aparece como el antídoto para el sufrimiento. Así como el rico, en este aprendizaje en el amor, debería no envanecerse en sus riquezas y cultivar las virtudes de la solidaridad, de la fraternidad, al enfermo le correspondería practicar la fortaleza, la fe, la esperanza, aprender de la enfermedad y hacer todo lo que debe para su sanación. Es muy fácil decirlo; pero de ello hay grandes ejemplos: personas que pese a sus gravísimas enfermedades o limitaciones han aprendido de ellas valiosas lecciones de vida. Se volvieron más sensibles al sufrimiento de los otros, valoraron más la familia y otros aspectos de la existencia, se apropiaron de grandes causas.

 

¿Y si el universo fuera fruto del azar y Dios no existiera? ¿Si el mundo fuera el gran teatro de lo absurdo? Seríamos, entonces, los autores y directores de nuestra obra de teatro personal, nos correspondería con nuestro libre albedrío hacer de ella una comedia o una tragedia. Me parece más acertado, en lugar de quedarnos maldiciendo la oscuridad, a consecuencia de una enfermedad o sufrimiento, tratar de encender la luz del amor en nuestro corazón. Observar en nuestra psique los nubarrones del temor, la impaciencia la angustia, el desánimo, mientras ellos pasan, para no ser sus víctimas.

 

Si tenemos fe en el poder de la oración, recurrir a ella. Así algunos la consideren una forma de sugestión o placebo, lo importante es el resultado. Ser resilientes: luchar por superar los sufrimientos, adversidades y enfermedades hasta donde la existencia lo permita. Quizás el amor sea el mejor protagonista en este gran teatro universal.

 

José Leonel y enfermos del mundo, sin pretender tener una respuesta definitiva al papel de la enfermedad en el drama de la existencia, os participo, sin ninguna duda, de un anhelo que brota de lo más hondo de mi corazón: que el bálsamo del amor os sane o por lo menos haga más llevadera vuestra vida, hay seres que os aman; mientras, raudo, llegue el inevitable momento de despojarnos de nuestras máscaras en el Absoluto o en la Nada, cuando finalice el gran teatro del mundo.

*  Apía, Risaralda, Paisaje Cultural Cafetero, Colombia

1,115 total views, 91 views today