Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista

En 2009 Tim Harfod publicó un libro cuyo titulo fue traducido al español como “El economista camuflado”. En este describía situaciones reales de un modo muy gracioso. Uno de los mejores capítulos es el de la dictadura de las minorías, donde explica cómo grupos minúsculos bien organizados logran grandes ventajas frente a las mayorías mediante un procedimiento simple; el grupo pequeño solicita con gran aspaviento y presión gabelas para cada uno de sus miembros, las cuales no significan un gran costo en la escala de la economía general. De modo que al Estado le resulta mas costosa la discusión que el premio y termina cediendo. Así se consiguen los subsidios en todas partes del mundo, trátese de los cultivadores de arroz en Japón, los maestros o el poder judicial, en Colombia siempre consiguen algo que no tienen los demás. El problema es que cuando hay muchas minorías, la suma de sus ventajas si representa un costo importante para la economía, y una vez obtenido el privilegio resulta imposible reducirlo. Casos como esos condujeron a la desaparición de Telecom, Colpuertos, y la red de ferrocarriles, porque el Estado no pudo sostener su voracidad. Y es lo que está pasando con los indígenas del Cauca; una minoría entre las minorías, cuya pretensión es que nosotros reparemos los daños sufridos por ellos durante la conquista hace quinientos años. Por ahora solo piden unas pocas hectáreas por familia para dejarlas en eriales o sembrarlas de coca, pero sumadas son una cantidad tan enorme de tierra que, como lo han dicho algunos, obligaría a crear un segundo piso en el Cauca. Y eso lo pagamos todos los demás.

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