James Cifuentes M.

Columnista

Apropósito de paz y convivencia ciudadana, estimo oportuno hacer algunas observaciones sobre la aplicación del Código Nacional de Policía, tan alabado como desprestigiado, por estos días de apología de la empanada.

 

Cuando un uniformado elabora un comparendo, señalando como medida correctiva una multa, que están graduadas en tipo 1, 2, 3 y 4, que equivalen a 4, 8, 16 y 32 salarios mínimos legales diarios vigentes, respectivamente, es al Inspector de Policía al que realmente le compete decidir si con su actuar el ciudadano incurrió en una falta, pero es deber del afectado ejercer su derecho de defensa a través de la Objeción, lo cual puede hacer dentro de los 3 días siguientes a la generación del comparendo.

 

Si el ciudadano no está de acuerdo con la multa, ya sea por el monto, porque el comportamiento contrario a la convivencia no existió o esa no era la medida correctiva aplicable, puede solicitar audiencia ante la autoridad de policía competente, inspector o corregidor, lo cual se determina por el lugar de ocurrencia de los hechos, para ser escuchado, y dicha autoridad resolverá si declara, o no, la responsabilidad del ciudadano, mediante la respectiva orden de policía.

 

En el caso del joven que compró la empanada en una calle de Bogotá, propiciando presuntamente el mal uso del espacio público, según el numeral 6 del artículo 140 del Código de Policía, era perfectamente viable que el inspector se abstuviera de multarlo, en aplicación de los principios de Proporcionalidad, Razonabilidad y Necesidad, que la misma norma establece en los numerales 12 y 13 del artículo 8; porque la ley en estos casos no es ciega ni sorda.

 

Se ha querido hacer de todo esto un chiste y poner en entredicho la norma, y tengo que decir que la norma está perfecta, cosa distinta es que tengan que suceder muchas cosas en la sociedad para que su aplicación resulte justa y armónica, como por ejemplo que superemos los índices de informalidad, lo cual no es fácil, porque las ventas callejeras, además de un problema de economía y supervivencia, son un fenómeno cultural del cual no son ajenas ni las urbes más históricas y cosmopolitas, como Roma o Nueva York.

 

De otro lado deberíamos salir de la doble moral que ejercen señoras y señores muy dignos y encopetados, que protestan por la ocupación del espacio público y les fastidian los vendedores, pero no pierden oportunidad de comprar en la chaza y en la carreta, cuando les conviene. Es más, se sabe que hasta el comercio organizado se vale de vendedores ambulantes, para rotar sus inventarios.

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