Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Varios acontecimientos han volcado nuestra atención sobre el escritor japonés Kenzaburo Oé. En 1994 era el segundo novelista nipón en recibir el premio Nobel de Literatura (el primero había sido Yasunari Kawabata en 1968). En 1998, un tribunal fallaba a favor de nuestro personaje ante las denuncias hechas sobre los suicidios en masa promovidos por los militares japoneses “como única solución” ante la derrota sufrida en la sangrienta batalla de Okinawa (210 mil muertos) y la rendición imperial luego del genocidio de Hiroshima y Nagasaki (más de 250.000 muertos) en 1945. Este episodio vergonzoso, por petición de Kenzaburo y a pesar del alto mando militar, siguió registrándose como parte de ese memorial doloroso e inolvidable, en los manuales escolares de historia del Japón.

 

En agosto de 2005, sesenta años después del desastre provocado por las dos bombas atómicas, el pacifista evocó su encuentro con el dolor, la vergüenza, el olvido y la muerte en sus siete “Cuadernos de Hiroshima”. Recordó cómo en 1963, 18 años después de la hecatombe, llegó a la ciudad aún devastada y escondida ante los ojos del mundo, para hacer un reportaje sobre la Novena Conferencia Mundial Contra las Armas Nucleares. Sus crónicas siguieron recogiendo durante dos años más, los dolorosos testimonios de los “hibakusha” (“sobrevivientes del bombardeo”) y las experiencias de Fumio Shigêto y sus 250 médicos que seguían atendiendo más de 100 mil personas que aun sufrían los efectos de la radiación (“La tragedia humana provocada por las armas nucleares”).

 

En una célebre entrevista de Xavi Ayén (“La vuelta al mundo en 80 autores”), Kenzaburó contó al mundo su experiencia de vida y muerte: “Fue el viaje más extenuante y depresivo de mi vida. Pero, al cabo de una semana de estar allí, encontré la llave para salir del profundo pozo neurótico y decadente en el que había caído: la profunda humanidad de sus gentes. Quedé impresionado por su coraje, su manera de vivir y de pensar. Aunque parezca raro, fui yo el que salí de allí animado por ellos y no al revés. Vinculé mi dolor personal al de aquellos hombres y mujeres, decidí resistir y luchar como ellos. Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día, miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima”.

 

En 2015, al cumplir 80 años, Kenzaburo alertó al mundo sobre el resurgimiento de la ideología nacionalista que terminó sumiendo a su patria en los fervores belicistas y geopolíticos de las Guerras del Pacífico y de la segunda contienda mundial. Son famosas las diatribas de este pacifista irredento contra los movimientos promotores del armamentismo nuclear (“Siento que Japón ha llegado a un punto de inflexión”).  El autor de “El grito silencioso” (1967), es cofundador en 2004, con el filósofo Shunsuke Tsurumi de una ONG que defiende febrilmente el mantenimiento del artículo noveno de la constitución japonesa aprobada tras el final de la guerra y que defiende el carácter pacifista de dicha nación. Allí se expresa taxativamente que dicha nación no podrá tener fuerzas armadas.

 

Desde las trincheras de su organización Sayounara genpatsu” (“Adiós plantas nucleares”), Kenzaburo lidera con su gente un movimiento socio – ambiental que ha trascendido las fronteras de su país y que exige el abandono gubernamental del uso de la energía nuclear tras el accidente en la central de Fukushima, que se produjo como consecuencia del terremoto y el tsunami que azotaron al país el 11 de marzo de 2011 y que ocasionaron la muerte a más de 3.264 personas. “No debe inaugurarse una planta atómica más en todo el mundo”, enfatizó al denunciar cómo miles de evacuados por el desastre tadioactivo, “han sido abandonados por las autoridades y muchos han muerto sin volver a sus casas” y la forma cómo el gobierno está considerando la reactivación de las 48 plantas nucleares apagadas.

 

Kenzaburo Oé nace en 1935 (isla de Shikoku). Nunca escondió su parentesco samurai y así quedó registrado en su novela “La presa” (1954), premio nacional de literatura Akutagawa en 1958. Allí se narra la historia del samurái negro. A pesar de creer en las tradiciones míticas de su pueblo impregnadas de realismo mágico, sus narraciones nos recuerdan los relatos profundos y emocionales de William Faulkner y las andanzas en China de Pearl S. Buck (“La estirpe del dragón”, 1942). Su prosa libertaria y de corte sartriana, creó la posibilidad de desmitificar la historia fascinante de los ronin (samuráis sin señor), legendarios guerreros enfrentados a los daymios (señores feudales), devotos de un código de honor (bushido), un ideal marcial y una ética artificiosa y romántica que nunca existieron.   

 

Los samuráis no fueron más que un grupo de villanos, matarifes y holgazanes, un numeroso ejército de hombres que llegó a la escandalosa sumatoria de 1 millón y medio de burócratas y oficiantes de protocolo y etiqueta y cuya gran mayoría no llegó a pisar un campo de batalla, ofrendar su vida por alguna cuestión de honor a través del harakiri o seppuku y, mucho menos, a empuñar una katana y un wakizashi (el daisho o pareja de espadas), tan solo una caña de bambú o, en el mejor de los casos, un dojo de kendo. Su desaparición como grupo social se produjo a finales del siglo XIX, cuando el emperador Meiji abolió el viejo sistema social y político japonés suprimiendo la figura política rocambolesca y extravagante del samurái la cual se convirtió en una alcanforizada pieza de museo.

 

Ese combustible ideológico, reliquia nostálgica que encarnaba los valores (totalmente adulterados) del antiguo Japón, fue también fundamento ideológico del ultranacionalismo imperialista que obnubilaba la conciencia colectiva del país en tiempos de la Guerra Chino-Japonesa (1894-1895) y que trascendería acontecimientos tales como la derrota de Okinawa, la rendición del Japón firmada a bordo del USS Missouri, la emisión del discurso del emperador Hirohito leyendo el rescripto imperial sobre la terminación de la guerra:, tras el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre el suelo nipón y la Declaración de Postdam. Kenzaburo advirtió al mundo a través de una declaración, sobre los peligros del resurgimiento del nacionalismo en el devastado imperio del sol naciente y en el mundo.

 

Un acontecimiento determinante en la vida de Kenzaburo fue el nacimiento de su hijo Hikari (1963), quien nació con hidrocefalia severa lo que trajo consigo discapacidad intelectual, ceguera parcial, epilepsia y autismo. Hikari será el verdadero protagonista de la única novela que conocemos en español y que lo catapultó a la fama: “Una cuestión personal”. El impactó que ocasionó en él la situación de su hijo fue contada de forma tan magistral, dolorosa y descarnada que ha llevado a los críticos a considerarla la más bella historia de amor filial. Kenzaburo desnudó su alma a través de una narrativa que fue comparada con “La Náusea” de Jean Paul Sartre o “Crimen y Castigo” de Fiódor Dostoyevski. Su viaje a Hiroshima y su encuentro con el dolor marcarían el inicio de todo.

 

Hikari aprendió a conocer el mundo a través del canto de los pájaros y las terapias musicales y amorosas paternales. Fue un rascón, el ave que lo trajo de vuelta al mundo para convertirlo en un connotado pianista y compositor de música clásica reconocido por Rostropróvich. Aunque tierno y amoroso, el lenguaje agresivo y sus imágenes ásperas colman su complejo mundo simbólico plagado de dilemas morales, un tinglado donde los seres enfrentan en un combate inusual, expiaciones y culpas, angustias y desarraigos, dudas e incertidumbres. Pero, a diferencia de Franz Kafka, esa lucha no los conduce al absurdo, la locura y el suicidio, sino a un estado nirvánico donde habita la cordura, la esperanza y la vida, principios y valores que triunfarán por más que se considere efímero y desesperanzador este empeño.

 

Fuimos adentrándonos en su prosa y en su vida. A partir de allí, muchas cosas para nosotros cambiaron de sentido y perspectiva. Sus palabras, muchas de ellas insurgentes e iconoclastas, también fueron en su debido momento, mágicas y ensoñadoras: retuvieron la bella y profunda brevedad de los haikus, atraparon el esplendor primaveral de los sakuras (cerezos) en flor durante el festival del Hanami y lograron traducir el inefable dialecto filosófico y estético del “Mono no ware” (“La gentil tristeza de las cosas”), una dulce “morriña” que nos habla de belleza y finitud y nos lleva a comprender con Milán Kundera “la insoportable levedad del ser” y, con sus antecesores Yasunary Kawabata, Ynishiro Tanizaki y Yukio Mishima, la agridulce y claroscura transitoriedad de las cosas.

 

A través de sus frases sencillas y finas como el cordel por el cual cruza un saltimbanqui, aprendimos a descifrar el valioso sentido de aquellos momentums pletóricos de disolución, impermanencia, volubilidad e incertidumbre reflejados en la caída inminente de las flores del cerezo y la evanescencia de su belleza una semana después de haber brotado, transmutadas luego en tristeza ante el presagio de la nívea tormenta que congelará el vuelo de abejas y mariposas y petrificará con un rictus de invierno y orfandad, la inocente sonrisa de niños y ancianos. Con Kenzaburo somos compañeros de viaje en esa expedición que emprendemos hacia el mundo del dolor. “Entre la pena y la nada, elijo la pena”, afirmó Oé, cierta vez, citando a Faulkner. “Yo, en todo caso, opto por el infierno de la vida cotidiana”.

 

Kenzaburo Oé sintetiza en sus frases una estoica postura ante el dramático y turbulento entorno cultural y socioambiental que rodea a todos los que observan cómo la esperanza se diluye en un horizonte carente de sentido y pletórico de trágicas obviedades: “La importante lección del drama de Hiroshima es la dignidad… Para dominar el miedo, tienes que aislarlo y para ello tienes que definir su objeto con precisión… Cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro, impreciso y sutilmente sombrío… Hay una dualidad que nos habita: lo bueno y lo malo, lo brillante y lo sombrío, lo grandioso y miserable… Debes ser suave como la cara de una tortuga y fuerte como sus brazos…  Más es menos”.