Hay ausencias que no se miden únicamente por la violencia con la que la tierra sacude sus cimientos, sino por la devastación silenciosa que deja el día después. Para doña Rubiela Gómez de Posada, de 76 años, la tragedia no culminó cuando la tierra dejó de rugir en Pereira el pasado 10 de agosto, sino cuando la soledad, el hacinamiento y la incertidumbre trocaron su espacio vital por la frialdad de una colchoneta.
Durante medio siglo, el apartamento 8 del Bloque 1 en la Unidad 1° de Febrero, popularmente conocida por los pereiranos como Los Bloques, en la carrera 8 con calle 35, fue el santuario de Rubiela. Allí vio transcurrir una vida entera tejida con dignidad y recuerdos. Fue la compañera de vida de Fabio Posada Castaño, destacado servidor público, alcalde de siete municipios, hasta aquel infausto 16 de febrero de 1990 cuando un infarto fulminante apagó su vida en el Aeropuerto Internacional Matecaña mientras se desempeñaba como auditor. De esa unión nacieron sus dos grandes orgullos: Rubel Fabio y Carlos Andrés, quienes hoy rehacen sus vidas desde la lejanía en España y Estados Unidos.
Retomando la vida
Tras la partida de su esposo y el despliegue de sus hijos hacia el exterior, Rubiela compartía la cotidianidad con su hermana Amparo Gómez. Las dos adultas mayores habitaban la calma de su hogar con la rutina apacible de los años, hasta que el sismo convirtió la estructura en un riesgo inminente. Obligadas a evacuar a toda prisa y con las manos vacías, las hermanas fueron reubicadas en el albergue temporal del Coliseo Mayor de Pereira. Pasaron de las paredes seguras de cinco décadas al bullicio constante, la falta de intimidad y el desamparo compartido entre cientos de damnificados.
«Hace ocho días que pude visitarla y llevarle unos pesitos y unas cositas, me dijo que estaba muy estresada, con mucho dolor de cabeza y que iba para un examen», evoca con la voz quebrada su cuñado, Jhon Jairo Posada. La salud de Rubiela comenzó a deteriorarse aceleradamente bajo la presión de la pérdida. El estrés acumulado afectó su ritmo cardíaco, obligándola a someterse a un examen de monitoreo continuo: «Un aparato de esos que le ponen a uno lleno de cables en el pecho y en la espalda para medirle el corazón; ese aparato lo tuvo puesto 24 horas entre jueves y viernes».
Solas y sin soluciones
A la dolencia física se sumó la traba burocrática y la falta de empatía. Un hijo de Rubiela poseía una vivienda en el barrio Centenario que podía servirles de refugio; sin embargo, la arrendataria actual se negaba a desocupar el inmueble argumentando que tampoco tenía a dónde ir y cuidaba de un adulto mayor, a pesar de que el contrato vencía el 1° de septiembre. La posibilidad de recuperar algo de dignidad parecía desvanecerse. Para este lunes 31 de agosto, la familia tenía previsto acudir al predio acompañados de una carta emitida por una abogada, implorando la entrega de la casa para poner a salvo a las dos adultas mayores.
Pero el tiempo se agotó antes de la cita legal. El domingo por la tarde, en su última llamada, Rubiela dejó ver la fragilidad de su alma golpeada. «Le grabó una llamada a mi hermana por última vez, donde decía que se sentía muy deprimida y muy descorazonada… que era muy duro, después de estar 50 años en un apartamento, verse en estas condiciones».

La tristeza la consumió
A las cuatro de la mañana de este lunes 31 de agosto, el teléfono de Jhon Jairo timbró desde el exterior. Era el hijo de Rubiela notificando el amargo desenlace: doña Rubiela acababa de fallecer en el Coliseo Mayor. Su corazón no resistió la pena de haberlo perdido todo.
La otra cara de la tragedia
Su partida deja al descubierto la faceta más dolorosa del terremoto: aquella donde los desastres no solo cobran vidas bajo los escombros, sino también en el desgarro posterior de quienes ven morir sus recuerdos en la penumbra del olvido.


