¡Huy, calmado, no se aleje de la realidad!

Bajo la teoría de una falsa fe, casi que extrema o enfermiza, huyen de sus entornos y se sumergen en una especie de ‘confinamiento espiritual’ que, en última, los aleja de la realidad. Luego intentan vivir como los monjes en otras tierras y edifican sus mundos como si fueran pobladores del Himalaya, retirados de todo y de todos. Debo aclarar que creo en los habitantes del Tíbet y en su forma de ver la espiritualidad. Pero eso no significa que nosotros, teniendo un trabajo, una familia y sueños por cumplir, tengamos que dejar tirado todo eso para convertirnos en ‘seres de luz’.

Tampoco podemos pasarnos la vida calificando de ‘pecado’ a cualquier cosa que no vaya con lo que creemos o pensemos. Mejor dicho: el equilibrio es fundamental en la visión espiritual. Si bien la cultura milenaria ha edificado en los inmensos picos de la cordillera bellísimos templos e incluso se puede entender la fe desde altas cumbres, también hay que poner los pies sobre la tierra y entender que vinimos fue a vivir, no a flotar en un mundo irreal y ajeno a nuestros sueños. La llamada dimensión espiritual constituye una faceta básica de la persona, pero también de la realidad.

Es más, sobre ella precisamente se asientan diferentes ‘formas religiosas’ o religiones. Por eso esta reflexión nos puede acercar a la espiritualidad, como una realidad previa a determinada creencia o fe. Siempre he considerado que se puede meditar, se puede orar, se puede a ir un culto o se puede pertenecer a determinada iglesia sin dejar de ser quienes realmente somos. Siendo consecuentes con nuestras creencias, pero comulgando con nuestras realidades, todo fluirá.

La energía y la buena vibra se pueden dar incluso cuando estemos absortos en el trabajo o cargados de problemas. Dicho de otra forma, el espíritu con el que meditamos es el mismo con el que emprendemos todas las actividades diarias. Yo no puedo hablar de fe, olvidándome de vivir. ¿Por qué será que hay gente que cree que seguir una religión o una doctrina específica implica, de tajo, renunciar totalmente a la vida? Lo que pasa es que, de manera desafortunada, algunos le dan un concepto distinto a la palabra ‘Espiritualidad’.

Para ciertos individuos significa estar alejados de lo material; otros consideran que ser espiritual es leer literatura de ‘autoayuda’; y hay quienes ni siquiera saben exactamente para qué puede servir eso. No faltan los que la ven como un ‘añadido’ o poco significativo. Algunos se refugian en la ‘falsa espiritualidad’ para lograr manipular las mentes de los incautos, quienes se convierten en seres sin alma o autómatas. Lo más grave es que los desvían para beneficiar sus propios intereses económicos.

Como si fuera poco la sociedad actual hace todo lo posible para evitar que seamos auténticos y, con publicidad, iglesias de garaje y un poco más de basura no nos permite que escudriñemos nuestro interior para saber por qué estamos como estamos. La invitación de hoy es a mirarnos al espejo y a entendernos tal cual somos, sin juzgarnos. La idea es descubrir nuestra espiritualidad, entendiendo qué es lo que queremos hacer con nuestras vidas y sin obligar a los demás a que sigan nuestros caminos.

REGÁLESE UN TIEMPECITO PARA REFLEXIONAR

Le planteo un ejercicio sencillo que puede realizar en la comodidad de su casa y que le dará un poder enorme para conseguir muchas cosas, entre ellas, aceptarse y sentirse mejor. ¿En qué consiste? Regálese diez minutos en silencio cada mañana o durante la noche para reflexionar sobre su vida: ¡Piense en las cosas acertadas y también en las desacertadas que ha hecho! Plantéese soluciones diarias a situaciones cotidianas que esté viviendo.

Para que no se pase de ese tiempo y no llegue tarde al trabajo o no ‘le coja la noche’, programe una alarma de tal forma que no se quede levitando. La idea es regalarse unos minutos para pensar en usted. Por supuesto que el ejercicio será efectivo en la medida en que lo practique en repetidas ocasiones y con total concentración. ¡Si se anima a hacerlo, notará buenos resultados!