Jaime Cortés Díaz

Columnista

Cuando un amigo toma rumbo al Oriente Eterno, como dicen los francmasones, se llegan en el periplo circunstancias y anécdotas vividas. Entonces viene la exclamación del tango: “¡qué tiempos aquellos!”. Hernán Mejía Campuzano, fallecido el pasado 6 de marzo,  tuvo un largo trasegar, dejando huella de esfuerzo, creencia en lo que hacía, amor por su terruño, gusto y elegancia en su presentación, cívico y trabajador de causas propias y de identificación comunitaria, que lo hicieron sobresalir en todos los emprendimientos que ejerció con singular personalidad. ¡Qué paradoja! vivió tantos años que las últimas generaciones no tienen idea de su transcurrir en la continuidad de emblemas de ciudad como el Deportivo Pereira, institución y símbolo de identificación de nuestra urbe (a pesar del descalabro actual). Y es que traspasar tantos “pisos”, en el retiro, se corre el riesgo del olvido en vida. Los supérstites tenemos no solo por gracia de la devoción sino de la pereiranidad, el deber de exaltar el papel de entrega que jugó Hernán en la existencia de nuestra insignia, el Deportivo Pereira.

Desde que era joven conocí a este personaje pintoresco, dueño de una sagacidad increíble que la  amoldaba con humor negro para soportar vicisitudes originadas en el funcionamiento del equipo. Lo vi también en la gerencia de la Administración Postal. Cuando terminé mis estudios de derecho regresé a la ciudad y entre mi hermano Guillermo, que a la sazón era el presidente del Club, y Hernán, que era el eterno secretario, me designaron ad honoren asesor de asuntos legales, lo que me hizo ver en vivo y en directo las angustias para calmar los ánimos caldeados de los jugadores por falta oportuna de quincenas. Los embargos de proveedores y bancos eran sopa de todos los días. Y las cosas así, Hernán no perdía  su humor recalcitrante cuando al darle parte de la situación al presidente y al tesorero Fabio García Salazar, manifestaba en las repetitivas situaciones como buena noticia, que de los embargos se había salvado la “sala de trofeos” (inexistente por cuanto el Deportivo Pereira en su historia a la fecha de la segunda década de 1960 no tenía el más mínimo cobre entablado que le reconociera algún triunfo final).

A Mejía le gustaba verse rodeado de amigos y ello lo llevó a convocarlos en un bar que montó en unión de otro gran dirigente del fútbol, Hernando López,  situado metros antes de la carrera 7ª con calle 18 “La Taberna”, lugar de los encuentros previos y de remate de los partidos. Salíamos con expectativas optimistas al “Mora Mora” y regresábamos sedientos a brindar o a entristecernos, de acuerdo con los resultados. Hernán pontificaba allí dando explicaciones en uno u otro sentido.

Por su misma idiosincrasia, en inmediaciones del parque Olaya Herrera, Mejía Campuzano abrió para los seguidores del tango, que eran los mismos del plantel futbolero, un sitio donde se presentaban cantores argentinos y colombianos,  llamado “El Caño 14” en connotación del existente en Buenos Aires. Después lo trasladó a la calle 39 con Avenida 30 de Agosto, tornándose en atracción turística y de gran fama en todo el país.

En la federación de fútbol estuve en su primera Comisión Arbitral y en la Dimayor fui miembro de la Comisión de Apelaciones durante 16 años, por vinculación de Alfonso Senior  y León Londoño, posiciones en las que interactué con Hernán,  pudiendo reafirmar el aprecio y el respeto que por él guardaba la dirigencia nacional y suramericana. Escribió bien el periodista Hugo Ocampo Villegas al identificarlo como “zorro viejo y astuto para manejar los hilos del poder del fútbol colombiano… el dirigente más representativo de Pereira en el ámbito del fútbol en el cual escaló las más altas dignidades”.

Su amor por la ciudad fue todo un credo. Su cooperación en los X juegos Deportivos Nacionales de 1974, que tuve el honor de dirigir, fue impecable. Actuó como un anfitrión espléndido ante la dirigencia del país y del exterior. No olvidaré tanto apoyo e imagen de ciudad que efectuó. Al recordarlo nos sonreímos por su forma de ser y asimismo  nos inclinamos con gran respeto ante su tumba.

¡Honor a su memoria!

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