Pbro. Behitman A. Céspedes De los Ríos*
Otra vez ocurrió, la naturaleza se estremeció y volvió a recordarnos, de una manera trágica, muy fuerte y dolorosa, que somos seres contingentes, que nuestras seguridades son frágiles y que estamos abocados al dolor, al sufrimiento y a la muerte. Durante más de un minuto crujieron las casas, los edificios, las calles y los árboles… Paradójicamente el movimiento brusco de todo nos inmovilizó por unos instantes de angustia y terror: pero tembló nuestro corazón, con todo lo que significa este término, sede de nuestros sentimientos, emociones y decisiones. Entonces, el miedo, las preguntas, las incertidumbres. Nuestro piso, con todas nuestras seguridades, ha sido movido.
Después del sobresalto, ya con cabeza fría, contemplamos la dimensión de la tragedia. Nuestras ciudades y pueblos, con sus grandes construcciones, tuvieron que ceder su belleza e imponencia a la presencia de escombros materiales por doquier, sepultando sueños e ilusiones, aprisionando y apagando la vida de tantísimas personas.
Ya había pasado en 1999, también habíamos vivido el rigor de la pandemia; y de nuevo ahí estamos, impotentes ante algo que nos supera. Pero ayer, como ahora, buscamos caminos para emprender la reconstrucción.
La solidaridad como un gran signo de fraternidad, no se ha hecho esperar; ha sido evidente el derroche de humanismo aliviando el dolor y alimentando la esperanza de volver a surgir.
Tenemos que levantarnos, es necesario hacerlo; el ser humano no es una creatura destinada a la suerte de las desdichas. Sin embargo, lo que estamos viviendo con el terremoto se constituye en una alerta que nos invita a reconocer también muchas grietas, menos visibles y quizá más profundas de nuestra humanidad en crisis. Porque otra vez pasó… y corremos el riesgo de seguir siendo los mismos con las mismas.
Vamos a levantarnos; no estamos solos. En los momentos difíciles y trágicos descubrimos que la solidaridad es una fuerza capaz de sostenernos ante la caída y la mano de muchos que se la juegan toda por sostener la vida de todos, sin importar quién sea. También experimentamos la presencia de Dios: no como una explicación fácil del sufrimiento sino como fortaleza para atravesarlo, pues “Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza […] aunque tiemble la tierra” (Salmo 46,2-3). Pero no basta con ser hermanos durante la emergencia y volver a ser extraños cuando todo pase. No podemos abrazarnos mientras tiembla la tierra y días después regresar a la indiferencia, al egoísmo. Si algo debe resurgir en Pereira, en Risaralda y en todos los lugares afectados por el terremoto, no son solamente las estructuras de cemento, sino, ante todo, nuestra conciencia de que la vida es compartida y de que el destino de cada persona está unido al de las demás.
En la encíclica Magnifica Humanitas, León XIV propone dos imágenes bíblicas que pueden iluminar el momento que estamos viviendo: Babel y Jerusalén.
Babel representa la pretensión de construir desde el poder, la autosuficiencia y el deseo de grandeza, sacrificando la dignidad de las personas. Jerusalén, en cambio, renace cuando Nehemías ora, escucha, convoca y entrega a cada familia una parte de la muralla para reconstruirla. La ciudad vuelve a levantarse porque todos participan y porque se reconstruyen las relaciones antes que las piedras. Ese es nuestro dilema: podemos volver a levantar nuestras ciudades, quizá más modernas e imponentes, pero con la misma indiferencia de quienes las habitamos; o podemos reconstruirnos como hermanos. Es de suma importancia que junto al interés por reparar lo material nos preocupemos por preguntarnos qué clase de sociedad surgirá de estos escombros.
Reconstruir exige preguntarnos qué debemos cambiar en la sociedad, en nuestras familias, en nuestras instituciones, en nosotros mismos y emprender el camino hacia ese cambio. Que no sea necesario esperar una nueva tragedia para reconocer el valor de la vida y su dignidad, el valor de la familia, la alegría de contar con un vecino, la bendición de la salud, la fortuna del trabajo, la riqueza del encuentro con los demás. De poco servirían edificios con todas las normas sismo resistentes si por dentro habitamos una sociedad quebrada, si no resistimos al hermano, si no somos capaces de convivir en paz en medio de las diferencias. Quienes somos creyentes, debemos entender que nuestra tarea es poner a Dios en el horizonte, a la persona en el centro y el conocimiento al servicio de la vida. Ahí tenemos una tarea bien seria y necesaria, la reconstrucción dentro de nosotros porque las cosas no pueden seguir igual León XIV nos recuerda que aceptar nuestra fragilidad no significa resignarnos. Ser vulnerables no disminuye nuestra dignidad; nos permite reconocernos necesitados unos de otros. Nadie puede afrontar solo los grandes desafíos, pero tampoco hay alguien tan pequeño que no pueda aportar.
Risaralda resurge, nuestros pueblos resurgen, nos levantaremos. Ya lo hemos hecho antes y volveremos a hacerlo. La vida, aun con su fragilidad continúa siendo una aventura maravillosa que merece ser vivida, cuidada y compartida. Dios nos fortalece para emprender de nuevo esta aventura. Levantemos los muros que deban levantarse, pero levantemos también el espíritu.
Reconstruyamos las viviendas, pero reconstruyamos igualmente la confianza. Reparemos los caminos, pero abramos con amor los caminos que nos conduzcan al encuentro de los otros.
Otra vez pasó. Dios quiera que esta experiencia nos sirva y nos cambie para bien.
* Rector Universidad Católica de Pereira


