Hay un crujido seco, subterráneo, que los habitantes de esta vertiente andina conocemos sin haberlo aprendido jamás en los libros. Es una vibración que entra por los talones, asciende a toda velocidad por la espina dorsal y paraliza el aliento antes de que el cerebro alcance a formular una sola palabra.
La corteza terrestre, en esta franja donde la cordillera se dobla sobre sí misma, guarda una vigilia perpetua. Como psiquiatra, pero sobre todo como un testigo más que habita esta geografía de laderas verdes y abismos hondos, he observado cómo el dolor no solo se arraiga en las paredes que se agrietan o en las tejas que caen como lluvia amarga; el verdadero cataclismo ocurre en el tejido invisible que sostiene el alma de una comunidad. La memoria de esta tierra no se mide en años, sino en remezones.
El 23 de noviembre de 1979, cuando el sol apenas comenzaba a perfilar las altas cumbres, un remezón feroz que venía desde las profundidades del Pacífico estremeció los cimientos de Pereira y los municipios vecinos. Aquella mañana, la muerte y la ruina irrumpieron con la brusquedad de un rayo en la vida cotidiana de miles de familias. Décadas más tarde, el 19 de febrero de 1995, la falla de Romeral volvió a cobrar su cuota de zozobra, recordándonos con una frialdad matemática que el suelo sobre el que construimos nuestras alegrías y nuestras casas es una masa viva, voluble e impredecible. Pero nada nos preparó para el mediodía del 25 de enero de 1999. A la una y diecinueve minutos de la tarde, la tierra se abrió y bramó como un animal herido. En sesenta segundos eternos de 6.2 grados de magnitud, la historia de Risaralda se dividió en dos para siempre. El aire se volvió un polvo denso, asfixiante, gris, hecho del barro cocido de las fachadas colapsadas y de las memorias de generaciones enteras echadas a perder. En el centro de Pereira, en las laderas de Dosquebradas y en los rincones más lejanos del departamento, las calles se llenaron de un silencio espantoso que antecedió al llanto colectivo. Aquella tarde no solo cayeron edificios; cayó la ilusión de invulnerabilidad.
Desde la ciencia que estudia las heridas de la mente, llamamos trauma colectivo a ese impacto devastador de un evento catastrófico que no se limita a fracturar la psique individual de quienes lo sufren de primera mano, sino que golpea el corazón mismo de la estructura social. Cuando un desastre de esta magnitud arrasa con el mapa cotidiano de una ciudad, se produce un fenómeno de despersonalización comunitaria. La noción de hogar, el refugio donde el ser humano deposita su seguridad básica, se desvanece de un plumazo. El cerebro humano entra en un estado prolongado de alerta fisiológica, una hipervigilancia casi instintiva donde cualquier sonido grave, el paso de un camión pesado o el crujido involuntario de un marco de madera dispara de nuevo la descarga desmedida de adrenalina y cortisol, haciendo que la herida vuelva a sangrar como el primer día.
Surgió entonces lo que los clínicos denominamos la “comunidad de sobrevivientes”, un espacio mental donde el sufrimiento del vecino se vuelve propio y la acción compartida actúa como el más potente de los ansiolíticos. Hombres y mujeres con las manos ensangrentadas rascando las ruinas para extraer a un desconocido; ollas comunitarias improvisadas en las esquinas donde el poco pan se multiplicaba para consolar la intemperie; abrazos apretados entre extraños que lloraban juntos a mitad de una calle cubierta de escombros. En esa respuesta inmediata no había cálculos ni teorías: era el instinto primario de conservación comunitaria abriéndose paso a través del espanto. El pueblo risaraldense no sobrevivió únicamente por la llegada de la ayuda institucional o por los grandes planes de reconstrucción física que vinieron después. Sobrevivió porque poseía una reserva moral previa, un sustrato psíquico alimentado por la cultura del esfuerzo, la solidaridad paisa y el apego entrañable a la tierra. Ese impulso, esa tozudez heroica que rehúsa resignarse ante la fatalidad, permitió transformar el estrés agudo en un proceso de crecimiento postraumático sin precedentes. Volver a levantar una pared, volver a sembrar una ladera, mirar al cielo sin miedo a que el techo caiga, no son solo actos de ingeniería o arquitectura; son afirmaciones profundamente terapéuticas, gestos cotidianos de resistencia que le declaran a la muerte que la vida no se ha rendido. Hoy, al caminar por estas calles vibrantes que han sepultado el barro bajo el asfalto y el progreso, resulta imperativo no borrar las cicatrices de nuestra memoria.
La psiquiatría nos enseña que el trauma que se niega o se silencia está condenado a repetirse en forma de síntoma o de angustia soterrada. Risaralda es una tierra fuerte no porque jamás haya temblado o porque sus habitantes no hayan sentido el abismo bajo los pies, sino porque aprendió a abrazar su propia vulnerabilidad. En cada columna reforzada, en cada mirada que guarda la memoria de los que se fueron y en la mano extendida que siempre está dispuesta a sostener al otro ante la tormenta, la resiliencia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en el pulso vivo y latente de un pueblo que sabe levantarse, siempre, desde sus propias cenizas.
www.urielescobar.com.co * Médico – psiquiatra


