Esta tragedia nos movió el piso

Si algo ha caracterizado la raza que pobló la antigua aldea fundada por el Mariscal Robledo y abandonada por razones aún no esclarecidas plenamente, fue la tenacidad. Aquella que la impulsó a trazar sus primeras calles, a construir acueductos, a levantar por sus propios medios un hospital de caridad, a abrir un campo de aterrizaje, a poner en funcionamiento la segunda planta telefónica automática de Suramérica, a movilizarse para edificar una Villa Olímpica, a aceptar el desafío de realizar unos Juegos Nacionales. En fin… ninguna tarea, por compleja que fuera, le ha quedado grande a Pereira y a los pereiranos.

El pasado 10 de agosto, las fuerzas incontenibles de la naturaleza sacudieron la ciudad y la región desde sus cimientos, dejando tras de sí una larga estela de luto y de destrucción. Las cifras más recientes de este impacto hablan del fallecimiento de 110 personas, 588 heridas, 274 rescatadas de las ruinas y 87 desaparecidas.

Y en la parte física: 69.105 familias afectadas, 11.969 viviendas destruidas, 56.905 viviendas averiadas, 109 edificios colapsados, 5.306 edificios averiados, 403 instituciones educativas afectadas, 44 centros de salud impactados, 144 vías y 29 acueductos con lesiones de alguna consideración.

Una vez hecho el duelo de los familiares, los allegados y los amigos a quienes el terremoto les cortó el ciclo vital, viene una compleja y costosa etapa consistente en el retiro de escombros, la demolición de las edificaciones colapsadas y la reconstrucción de viviendas, edificios, negocios, colegios e instituciones de salud, para recuperar una nueva normalidad en una ciudad que ya no será la misma.

Pero lo que alienta y reconforta es que apenas unas horas después del movimiento sísmico, se presenció la movilización de sentimientos colectivos que muchos creían ya sepultados: el civismo, la solidaridad y la empatía alzaron la mano para abrazar a quienes resultaron directamente golpeados. Las calles, ahora cubiertas parcial o totalmente por escombros, se colmaron de la generosidad de quienes se ofrecieron como voluntarios para rescatar víctimas de entre las ruinas de edificaciones que no resistieron el embate de la naturaleza. Otros, una vez resuelta su propia situación, se dedicaron a repartir alimentos y agua y algunos elementos esenciales a quienes quedaron virtualmente en la calle.

Algunos más respondieron en forma masiva al llamado del Banco de Sangre para donar la suya al Hospital San Jorge a fin de fortalecer su capacidad para atender heridos.

Si bien en Pereira y Dosquebradas, de a poco, se ha venido recuperando una normalidad muy distinta de la que vivíamos antes del 10 de agosto, es evidente que falta mucho por hacer.

Que la tarea apenas comienza. Y que es tiempo de volver a unir esfuerzos y voluntades, como en los convites de años atrás lo hicieron nuestros antepasados, deponiendo diferencias políticas o religiosas, para avanzar hacia una nueva etapa en la vida de este territorio que nunca ha sido escenario de claudicaciones o de rendiciones.

La reconstrucción demanda una cifra aún no cuantificada, se habla de $10 billones o algo más, lo que sobrepasa cualquier expectativa. Por lo pronto, el gobierno del Presidente De la Espriella ha creado el llamado Fondo Milagro, que a la manera como hace 27 años funcionó el Forec, debe tener la capacidad administrativa, técnica y presupuestal para acometer este enorme desafío.

Y alrededor de esa meta, hay que trabajar hombro a hombro, como en el pasado sucedió en las mingas para construir el aeropuerto o la villa olímpica, con el concurso de los gobernantes, la clase política, las personas del común, la empresa privada, los gremios del sector económico, las fundaciones sin ánimo de lucro, las organizaciones de la sociedad civil, los voluntarios… Acá no caben ni egoísmos, ni intereses particulares, ahora más que nunca prima el bienestar común, por encima de cualquier consideración. Estamos en vísperas de un nuevo debate electoral y, esta vez, las metas políticas de quienes tienen todo su derecho a aspirar, no deben prevalecer sobre el interés genuino y válido de ayudarles a sus vecinos y semejantes.

La prioridad ahora es recuperar las viviendas para las más de 69.000 familias que resultaron afectadas, los empleos para miles de personas que hoy deambulan sin esperanza en el horizonte, reabrir las empresas que se vieron obligadas a cerrar sus puertas y que son el sostén del aparato económico regional, reconstruir los colegios para que sus alumnos regresen a clases, reparar las carreteras y los puentes por donde se movilizan los pasajeros y las cosechas de nuestros campos, recuperar los hospitales y centros de salud.

Pero la reconstrucción no se puede hacer manteniendo vivos los errores o las malas prácticas del pasado que nos han dejado una dolorosa lección y que n os pasaron una luctuosa cuenta de cobro. Armenia y buena parte del Quindío son un claro ejemplo de cómo actuar después de un terremoto como el que los golpeó en 1999. Allí, en esta ocasión, las afectaciones no fueron mayores, salvo lo que ocurrió en Quimbaya y en Montenegro.

Por fortuna, esta tragedia que nos movió el piso, permitió revivir el civismo, reactivar la solidaridad y reverdecer la esperanza. Esas son las bases para afirmar, como lo estamos haciendo, que: Risaralda, resurge.

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