Atender la crisis sin resistirse al cambio

Martha Isabel Alzate Hincapié*

Según la IA, en el griego antiguo la palabra Krisis (κρίσις) proviene del verbo krinein, que significa “separar”, “decidir” o “juzgar”. Una krisis es, en realidad, un momento decisivo en el que se debe tomar una elección crucial. El lenguaje siempre nos recuerda que el pensamiento está hecho de palabras, y que es justamente el acto de pensar, reconstruir un mundo posible a partir de vocablos, lo que nos hace humanos.

Por otro lado, la naturaleza por sí misma es indiferente a los planes de los hombres. En la zona que habitamos, el suroccidente colombiano, y en mi caso la ciudad de Pereira, tiembla independientemente de que nosotros seamos conscientes de ello, o no. Y seguirá temblando. Somos nosotros los que debemos adaptarnos a esta condición del territorio.

La gente habla de la falta de control físico, de la responsabilidad de quienes construyen la ciudad, de los políticos, de los alcaldes, etc., pero nadie se mira a sí mismo.

Empero, no podemos ponerle un policía a cada ciudadano. Esta labor debe partir de lo más íntimo de nosotros mismos: el amor por nuestra tierra que, al tiempo, traiga aparejado una consciencia clara de cómo debemos habitar en ella.

Mi hijo Gabriel me hizo caer en cuenta de la necesidad de ampliar esta reflexión, porque en las horas posteriores al sismo me dijo: “yo he crecido oyéndolos a ustedes hablar del sismo del 99, ahora yo voy a hablar del sismo del 26”.

Pero, ¿de qué cosas vamos a hablar?

En primer lugar tenemos que recordar y honrar a nuestros muertos, tener compasión por las personas que perdieron a sus seres queridos; empatía por aquellos cuyo hogar quedó destruido (total o parcialmente), por los que vieron desaparecer su negocio en minuto y medio, o por los que se quedaron sin empleo, por la cantidad de niños sin donde estudiar o de pacientes que no encuentran donde ser atendidos.

La crisis que se nos viene tiene muchos componentes, y la tragedia y la atención a la misma se traslapan con la oportunidad de la reconstrucción.

Yo no estoy tan segura que sean procesos divisibles por etapas determinadas. Son situaciones de diverso orden y de prioridad similar, que deben ser atendidas simultáneamente.

Soluciones de albergue (para los que van a permanecer entre seis meses y dos años mientras se construyen soluciones definitivas), y que deberían ser reunidos, en lo posible, en uno o varios predios grandes dotados de servicios públicos con espacios comunitarios como cocina, baños, y momentos para la recreación, el aprendizaje, la cultura, etc. Diseminar el problema en pequeños albergues (formales o informales) hará la situación más difícil de manejar y puede acarrear problemas de orden público.

Los reforzamientos de estructuras que se pueden salvar pero que deben ser intervenidas. ¿Qué acompañamiento se le va dar a esas familias en sus diálogos con constructoras y aseguradoras?

Por otro lado, las múltiples edificaciones cuya estructura no tuvo compromiso pero que requieren reparaciones. En muchos casos, no se trata solo de revocar y pintar, porque un muro suelto o ya fallado se puede caer en el próximo sismo y matar a una persona.

¿Cómo atender a empresarios, comerciantes (formales e informales), empleados? Contamos con medidas que se utilizaron en otras emergencias: la Ley Quimbaya, la Ley del pago de la nómina, etc. ¿Pero, qué nuevas medidas y qué nuevos horizontes de desarrollo económico podrán surgir?

La reparación de escuelas, colegios, hospitales, centros de salud, el aeropuerto, el Museo de Arte, el Teatro Municipal; recordando la definición que de ellos tiene la norma: edificaciones esenciales. Igualmente, nos toca ocuparnos del ordenamiento territorial. ¿Qué hacer con los lotes despejados después de las demoliciones? ¿Cómo entender e imponer la micro zonificación sísmica? El caso Egoyá, por ejemplo, que es un factor de riesgo claro para cualquiera que tenga memoria suficiente. ¿Cómo habilitar suelo para nuevas urbanizaciones que puedan albergar a los que lo perdieron todo? ¿Qué materiales, qué diseño arquitectónico, se van a seguir usando en adelante, para capitalizar todos los aprendizajes que nos deja la tragedia, elevando su uso o restricción al nivel de norma general?

Es menester que todo esto se haga bajo una mirada integral, que no reconstruya pueblos y ciudades a pedazos, sino que haga surgir de esta tragedia algo distinto: hacer parte a la gente de las soluciones, que éstas sean más compatibles con el medio ambiente, que logremos mayores índices de espacio público, una economía fortalecida y zonas habitables más seguras para todos.

Y, por supuesto, la atención psico social. Lo que he podido comprobar en mis visitas con los ingenieros calculistas a diferentes edificios en Pereira y Dosquebradas, es que la población está traumatizada, se siente sola, no tiene una información clara, no sabe cómo seguir.

El Estado, a través del Fondo Milagro, deberá ocuparse de estos y muchos otros asuntos, en coordinación con las autoridades locales.

De la capacidad de quiénes estén al frente, de su comprensión de la complejidad de las necesidades y la debida interconexión entre las soluciones, de la celeridad en la aplicación de las mismas y de la cantidad de recursos, dependerá que nuestra región pueda sobreponerse a esta, la tragedia más grande de Colombia en el último siglo; o que quede relegada en la incapacidad y el estancamiento, con las consecuencias de dejarla hundir: una crisis social y económica sin precedentes con impacto en todo el país.

* Ex directora de la EDUP y ex secretaria de Planeación, directora del plan de renovación del centro de Pereira.

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