Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Marie Curie no escapa a lo que se conoce como “Efecto Matilda”, término acuñado en 1993 por la historiadora de ciencia Margaret Rossiter e inspirado en el ensayo de su coterránea, la feminista estadounidense Matilda Joslyn Gage (“La mujer como inventora”, 1870). Allí se denunciaba la forma prejuiciosa cómo desde la antigüedad, los aportes femeninos al desarrollo científico han sido olvidados, ignorados, omitidos o usurpados. Casos como el de la paleontóloga inglesa Mary Anning que, con su tesis sobre la extinción de las especies, se anticipó 15 años a los planteamientos evolucionistas de la selección natural de Charles Darwin (1859). 12 años antes Mary muere de cáncer de mama a los 47 años.

 

En el otoño de 1891, una polaca de color rubio cenizo, pobre, mal vestida, tímida y desgarbada, conmocionaba la Sorbona, el ampuloso templo del saber y del machismo francés, institución que intentaba remozar la decadente y arrogante enseñanza monástica y patriarcal impartida hasta 1780 en aquellos claustros de corte calvinista. Por primera vez una mujer irrumpía en la facultad de Ciencias de la Universidad de París. 15 años después, El 13 de mayo de 1906, a sus 39 años, el mismo Consejo, por unanimimidad, le otorgaba, también por primera vez, la cátedra universitaria de Física tras la muerte de su esposo. Tres años antes, el 10 de diciembre de 1903, la Academia de Ciencias de Estocolmo hacía un anuncio.

 

El Premio Nobel de Física se dividiría entre Antoine Henri Becquerel y los esposos Curie, por sus descubrimientos relacionados con la radiactividad. Allí estaba en la historia de las grandes gestas científicas, la polaca Maria Skłodowska, nacida el 7 de noviembre de 1867. Aunque no fue admitida como miembro de la Academia Francesa de Ciencias -perdió la votación por un voto-, Suecia le concedió el Premio Nobel de Química en el año de 1911. Durante más de cinco décadas no hubo nadie que mereciera esta recompensa por segunda vez. Por aquella época, la Sorbona y el Instituto Pasteur fundaban el Instituto Curie de Radio. Marie regaló al insigne centro educativo 1 gramo de radio que ella y su marido habían aislado con sus propias manos y cuyo valor pudo estimarse en un millón de francos oro.

 

Era increíble aquella donación por parte de una mujer quien en pleno invierno parisiense había llegado con tres francos y una alforja cargada de sueños y de hambre. Más pudieron las ecuaciones de sus anhelos que la anemia que le produjo el gazuzo frío y los experimentos radiactivos en la metrópoli. Las sales de uranio del físico francés Antoine Henri Becquerel serían el principal insumo para el descubrimiento más importante de la ciencia moderna. Luego vendría el hallazgo de los rayos emitentes del torio; después, la dicotómica separación de la plecbenda que dio origen en agosto de 1898 al polonio y en diciembre del mismo año, al radio (“No hay nada que temer, se trata sólo de comprender”).

Más tarde acaecería el feliz e ingrato registro de su peso atómico que no se lograría sin aquella tonelada de residuos tóxicos facilitados por el gobierno austríaco. Con ese riesgoso y mortífero material comenzaron a trabajar los esposos Curie en una caseta abandonada, cercana al cuartucho de la calle Glaciere en donde Marie había realizado sus primeros experimentos y donde comenzó desde 1894 una historia de amor y de ciencia fascinante al lado de su noble y solícito marido. Allí, las estanterías con los tratados de física cubrían la desnudez de las paredes y la sombría estancia, iluminada por una lámpara de petróleo, sin suelo, con unas desvencijadas mesas de cocina, un pizarrón y una cocinilla de hierro viejo.

 

“A pesar de todo, en aquella miserable barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo”. Al lado de Pierre, vestida con su vieja bata, llena de polvo y de las salpicaduras peligrosas de los ácidos y en medio de vapores que le atormentaban por igual los ojos y la garganta, trabajaba Marie. Los científicos franceses, xenófobos y misóginos, no podían creer cómo aquel polvo blanco, llamado por “la polaca”, “radio”, similar a la insulsa sal de cocina, tenía una intensidad en sus radiaciones 2 millones de veces mayor que el uranio (“Sus rayos atravesaban las sustancias más duras y opacas y sólo una gruesa plancha de plomo era capaz de resistir su penetración destructora”).

 

No pudieron avizorar cómo “tan simple y vano descubrimiento” se convertiría en remedio contra el cáncer y cómo nacería la industria del radio y, más tarde, la energía nuclear. No podían vislumbrar cómo la obtención de 1 decigramo de radio puro en 1902 iba a desencadenar pasiones tan mezquinas y repugnantes que comenzarían con la ingenua divulgación de sus trabajos científicos a unos ingenieros gringos y se evidenciarían luego en el magro y cruento holocausto de Hiroshima y Nagasaki en 1945. posteriormente, se extenderían al impune genocidio de Chernobyl, en la olvidada Ucrania de 1986, continuarían con la cruel mentira iraquí para desembocar en las piromanías geopolíticas de Irán y Corea.

 

Con rabiosa ingenuidad, los esposos Curie consideraron que era deshonesto y contrario al espíritu científico lucrarse con sus descubrimientos y patentar, con este fin, la técnica del tratamiento de la plecbenda. 15 minutos después de divulgar de manera gratuita sus caros descubrimientos, Pierre y Marie rodaban sobre sus bicicletas hacia ese bosque que resguardó sus sueños y afectos. Acababan de escoger y para siempre, entre los voluptuosos coqueteos de la insidiosa fortuna, su prístina y amorosa pobreza. Cuenta Eve, su entrañable hija y su tierna biógrafa que, al caer la tarde, regresaban exhaustos y amorosos, con los brazos cargados de sueños, de hojas y flores silvestres,

 

Marie siempre desdeñó las precauciones y los exámenes de sangre que ella misma exigía a propios y extraños en el Instituto. Comenzaron los trastornos sanguíneos al igual que las permanentes y dolorosas quemaduras de sus manos: treinta y cinco años vivió respirando ese efluvio radiactivo con sus consecuenciales emanaciones tóxicas y letales. Durante los años de la guerra se había expuesto frecuentemente a las radiaciones, todavía más peligrosas, de los aparatos de rayos Roentgen. El peligroso elemento químico nunca le perdonó a Marie que hubiese revelado sus más profundos secretos (“Sólo saber que la ciencia fundamenta el progreso aligera las cargas de la vida y disminuye el sufrimiento”).

 

Un ardiente mediodía del viernes 6 de julio de 1934, sin discursos políticos ni desfiles públicos, Madame Curie fue enterrada en el cementerio de Sceaux, en una tumba inmediata a la de su amado Pierre. Ha muerto la dama de Varsovia, la tímida mujer que alguna vez profanó el recinto intemporal del átomo. Sólo algunos parientes, amigos y compañeros de trabajo asistieron al sepelio… Uno de sus amigos, al depositar silenciosamente una flor sobre su féretro, recordó una de sus más sentidas proclamas: “Es preciso creer que uno sirve para algo determinado y que ha de conseguirse cueste lo que cueste. El principio fundamental de la vida es no dejarse abatir ni por los hombres ni por las circunstancias”.

 

Una de sus frases es considerada digna de encabezar cualquier proclama feminista: “Nunca he creído que por el hecho de ser mujer debería tener un trato especial. De creerlo así, estaría reconociendo que soy inferior a los hombres y, de ninguna manera, acepto semejante consideración”.

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