Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Víctimas del prejuicio, el tabú y la inmediatez, creemos que el problema a combatir es el suicidio. El flagelo real que estamos padeciendo es nuestra inseguridad emocional cuyos síntomas son: irascibilidad, miedo, angustia, soledad, subestimación y depresión. Estos disturbios emocionales y afectivos han sido los detonantes de las problemáticas socioculturales que estamos viviendo y que, sin duda alguna, han desencadenado una de las mayores epidemias del siglo XXI: el suicidio. Según la OMS, 1 millón de personas muere a causa del suicidio cada año, lo que significa que un ser humano se quita la vida cada 40 segundos. Por cada 20 personas que intentan suicidarse, una de ellas lo consigue. Los problemas socioeconómicos y un sinnúmero de traumas emocionales han hecho que los suicidas superen en cifras a las víctimas de homicidios y guerras.

En el año 2020, la depresión será la primera causa de baja laboral en los países desarrollados y la segunda psicopatología más frecuente en el mundo. Las enfermedades mentales –desde la depresión aguda, la esquizofrenia hasta la epilepsia- serán la causa más común de fallecimiento e incapacidad. En los próximos años las enfermedades mentales y neurológicas que son sufridas actualmente por 500 millones de personas en el mundo, se incrementarán. La depresión ocupará los primeros lugares en el ranking de dichos padecimientos y las razones serán, entre otras, estrés, violencia y pobreza. La mayor longevidad expresada en esperanza de vida y que llegará a superar los 100 años, incidirá en el incremento del mal de alzheimer y otras patologías mentales. Estas superarán los índices de mortalidad cancerígenos y cardiovasculares.

Queda claro que los enemigos letales de la estabilidad mental y emocional son, entre otros, la angustia y la depresión. Actualmente más de 5 millones de colombianos sufren algún trastorno mental o emocional (1 de cada 5 los padece). En los últimos años, 20 de cada 100 coterráneos han incurrido en conductas alteradas desencadenantes de violencias autoinfligidas caracterizadas por pensamientos y comportamientos que dejan entrever intentos deliberados de suicidio (“parasuicidio”) y automaltrato (expresiones, lesiones y hasta mutilaciones). Lo más inquietante de todo ello, es la alta incidencia de estas perturbaciones en los jóvenes y el aumento de tendencias suicidas en la población mayor de 15 años y menor de 25. Hace varios lustros esta franja mórbida correspondía a edades entre 30 y 44 años, es decir, se contrajo más de media generación (15 años).

Depresión (“depressio”) significa hundimiento y vaciedad. Su acepción más usual es efecto producido por presión (“hundimiento o reducción de lo que se oprime o prensa”). Es un estado emocional que se traduce en angustia, vacío, hastío, anomia y falta de autoestima. La psicóloga australiana Dorothy Rowe afirma que la depresión es una prisión emocional en la que somos reclusos y, a la vez, carceleros. Esa angustia enfermiza expresa el choque entre supuestos y restricciones, es decir, imaginarios forjados y realidades obstructivas. Su máxima expresión se traduce en congoja, desarraigo, desafecto y desesperanza. La depresión es una señal de alerta que anuncia un incierto camino colmado de abrojos que debemos aceptar y recorrer. ¿Cómo huir de algo que llevas dentro y que te seguirá a donde vayas? ¡Afróntalo! ¡Acéptalo! ¡Trasciéndelo! ¡Sé tú!

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