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viernes, octubre 7, 2022

Una verguenza

Las salidas irregulares del señor Carlos Mattos de la cárcel La Picota donde permanece en espera de la decisión de la Justicia colombiana luego de que fue extraditado de España  en la investigación que se le sigue por el presunto delito de soborno a una juez para que lo favoreciera con sus decisiones; son una muestra más de la corrupción que se ha apoderado del sistema carcelario del país.

Solamente con la ayuda de un funcionario como el director del INPEC, o el director de La Picota, o los guardianes que lo acompañaron en sus salidas, o el conductor de vehículo que lo transportaba, es posible que una persona, en escasos 50 días que lleva detenida, pueda salir siete veces de la cárcel a citas médicas, y en una o en varias de ellas ir hasta sus oficinas a reunirse por largas horas con sus empleados y sus abogados.

Igual se puede decir de lo que pasa todos los días en las distintos penales y cárceles del país. Cómo hace un determinado detenido para tener no uno sino varios celulares en su celda, recibir visitas fuera de los horarios y días permitidos, mantener droga y licor en su cubículo e ingresar mujeres cada que se le antoje, sino es con la colaboración y ayuda del personal de guardia y el visto bueno de las autoridades penitenciarias.

Quien va a creer, por ejemplo, que la senadora Merlano burló la vigilancia de los guardias del Inpec y se escapó descolgándose de un tercer piso mientras cumplía una cita odontológica, y que en esta ingeniosa operación no participó ningún miembro del INPEC ni hay personal de la institución involucrado.

Hoy las cárceles son una verdadera verguenza y un foco de corrupción al que nadie le pone mano. Todo el mundo sabe que lo que hacía el señor Mattos, tiene un alto costo en La Picota y en cualquier cárcel del país, y que quien quiera tener estos privilegios, o quiera salir cuando se le antoje, o pasar el fin de semana con sus amigos, o ingresar licor y mujeres a su celda, o tener comunicación permanente, vía celulares, con el exterior; solo tiene que pagar unas tarifas que ya están establecidas y que, por cierto, no son bajitas.

En las cárceles tiene precio, lo conoce todo el mundo, empezando por las propias autoridades, y lo ratifica cualquiera que haya pasado unos días en un centro de reclusión como estos, desde ir al baño, pasando por la garantía de no ser atacado, hasta disfrutar de los privilegios que tenía el señor Mattos.

El INPEC y las cárceles son unos de los peores nidos de corrupción que tiene el país y lo más doloroso es que todo el mundo lo dice, el gobierno lo sabe y nadie hace algo por corregirlo. Lo único que falta es que el dinero maldito, haga realidad lo que es un secreto a voces y el único que lo niega es su abogado, y es la fuga de alias Otoniel.

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