Una pelea que no debió darse

La elección terminó. Ahora corresponde cerrar la disputa, superar los agravios y recuperar la confianza. El Presidente y el Centro Democrático tienen la obligación de entender que necesitan trabajar juntos.

La elección del presidente del Senado dejó una primera y preocupante señal sobre la relación entre el próximo Gobierno y el Congreso. La disputa entre el presidente electo y el Centro Democrático, que terminó con la victoria de este último, apoyado nada menos que por el Pacto Histórico, su principal enemigo político, no era necesaria y pudo evitarse.
Era lógico que el presidente electo pretendiera señalar al próximo presidente del Senado. Así ha sido tradicionalmente y no resulta extraño que el jefe del Estado busque contar con un aliado en la dirección de las cámaras legislativas. Pero también era legítimo que el Centro Democrático reclamara esa dignidad, como la fuerza mayoritaria del Congreso, después del partido de oposición.
La costumbre política y la representación parlamentaria indicaban que el Centro Democrático tenía razones para aspirar a la presidencia del Senado. Lo que nunca debió ocurrir fue que una diferencia de esta naturaleza llegara al escenario público y se convirtiera en una disputa que terminó enfrentando a quienes, hasta hace poco, compartían el mismo propósito político.
No hay duda de que el Gobierno entrante se equivocó en el manejo del problema. Una diferencia que debió resolverse mediante el diálogo, la prudencia y la búsqueda de un acuerdo, terminó convertida en una innecesaria confrontación. La política exige firmeza, pero también capacidad para entender que no todos los aliados deben pensar igual ni obedecer sin discusión.
El Centro Democrático, por su parte, deja la sensación de que la presidencia del Senado era más importante que el compromiso adquirido en campaña de ayudar al nuevo Gobierno a sacar al país del atolladero. El triunfo es legítimo, pero el respaldo del Pacto Histórico introduce una contradicción política difícil de ignorar.
Resulta paradójico que la principal fuerza de oposición al Gobierno que termina haya sido la que terminó facilitando la elección del presidente del Senado del partido que apoyó al presidente electo. La política tiene estas paradojas, pero también deja claro que las alianzas de ocasión pueden tener un costo político y generar desconfianza entre quienes deben trabajar juntos.
El nuevo Gobierno necesita al Centro Democrático. Su respaldo será fundamental para aprobar sus iniciativas en el Congreso y para construir las mayorías que permitan convertir las promesas de campaña en decisiones concretas. No parece sensato, entonces, comenzar el camino con una herida abierta y una relación deteriorada.
El episodio deja una lección para el Gobierno que comienza. Debe aprender a manejar con mayor tino sus relaciones políticas y a entender que el Congreso no es una oficina del Ejecutivo. Pero también deja un llamado al Centro Democrático, la victoria en una elección no debe hacer olvidar el compromiso superior con Colombia.
La elección terminó. Ahora corresponde cerrar la disputa, superar los agravios y recuperar la confianza. El presidente electo y el Centro Democrático tienen la obligación de entender que necesitan trabajar juntos. Colombia no puede darse el lujo de que una pelea por un cargo termine comprometiendo la gobernabilidad del país.

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