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martes, agosto 16, 2022

Miscelánea

James Cifuentes Maldonado

Columnista

Rayaba yo los 18 años, en una época compleja en la que me debatía entre los ímpetus y desórdenes de la juventud, en la búsqueda del sentido de mi existencia. La oficina de información para la incorporación de nuevos patrulleros quedaba en el Comando de la Policía de la carrera 4 entre calles 24 y 25, me dirigí allí por indicación de mi tío Javier que ya para 1989 llevaba varios años de servicio. El lugar donde habrían de atenderme quedaba en el primer piso, al final del pasillo que daba a una especie de patio frente al Parque Gaitán, sin embargo, no alcancé a cruzar el umbral de ese despacho, porque una voz delgada pero potente de mujer me lo impidió, diciéndome que no siguiera, agregando, sin que yo alcanzara a manifestar el motivo de mi presencia, que yo no era apto para ser policía.

No sé cómo hizo la señora, pero estando a unos 10 o 12 metros de distancia alcanzó a notar que yo tenía un defecto en mi cara, que mucho tiempo después vine a enterarme que se llama ptosis palpebral congénita, que consiste en la caída del párpado de mi ojo derecho por falla en el nervio o debilitamiento muscular. El hecho es que por tener un ojo más grande que el otro, sin que me dejaran siquiera preguntar y sin llenar ni un solo papel fui rechazado por la Policía Nacional, institución a la que le quería entregar mis sueños, mis ideales y mi vida, bueno, y de paso resolver mi vida laboral, como lo hizo mi tío Javier.

A mi tío no le fue nada mal, considerando que anduvo por medio país jugándose la vida algunas veces en el monte y otras en los pueblos del sur de Colombia, donde lo mataría una bala de la guerrilla o el inclemente frío de Ipiales donde prestó gran parte de su servicio; por suerte no sucedió ni lo uno ni lo otro y hoy mi tío goza de su recompensa por haberse expuesto como lo hizo en este país intolerante y violento, devengando su modesta pensión que le permite subsistir y hasta tomarse unas buchonas los sábados por la tarde.

Como la vida tiene grandes y pequeñas revanchas, con mi ojo apagado, logré que me rechazaran en el ejército y mi mamá me compró la libreta militar, luego trabajé recogiendo morera, vendiendo cocadas, empanadas de cambray, rifas y en cuanta oportunidad encontré, hasta que finalmente tuve el privilegio de estudiar y me hice abogado, descubriendo mi vocación.

Pero la gran revancha vino mucho después, por allá en 2017, cuando por internet me di cuenta que uno podía ser policía por un día, como parte de un programa que la Policía Nacional ofrece especialmente como degustación a los jóvenes profesionales que quieran desarrollar su carrera en la institución, en mi caso a mis casi 50 años era la forma de cumplir un sueño, de quitarme una frustración.

Y un solo día me bastó, fui policía, me puse el uniforme y estuve en las 4 fuerzas en las que me dieron el adiestramiento exprés que bastó para entender que no es fácil, que se necesita mucho sacrificio y mucha abnegación para trabajar sin límite y sin horario, para asegurar la paz y la tranquilidad de la ciudadanía de noche y de día.

Esta breve y extraña crónica, para rendirle mi homenaje a todos los policías de Colombia y para expresar mi repudio por la forma vil y miserable en que los han venido asesinando. ¡No más!

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