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jueves, junio 20, 2024

Lo que sigue en adelante

Ya se sabe que el Gobierno ha desestimado la importancia de la subsistencia de la economía, para inclinar la balanza en favor de la salud, lo que pone al sector empresarial a defenderse como pueda.

Hasta el pasado fin de semana se podría decir que los colombianos estaban como en unas vacaciones obligatorias, producto, por supuesto, de la grave amenaza de contagio del virus que se extendió sin ninguna clase de miramientos por el mundo, y que ha comprometido la salud y la vida de cientos de miles de personas.

La inmensa mayoría de las personas aceptó el aislamiento obligatorio como una medida necesaria y una contribución a evitar que el contagio del coronavirus hiciera más estragos en la población especialmente adulta y muy joven; pero siempre lo entendió como algo pasajero que terminaría el pasado domingo 12 de abril.

Igual sucedió con los empresarios y dueños de medianos y pequeños negocios que hicieron el sacrificio de cerrar total o parcialmente sus empresas, conservando los puestos de trabajo de cientos de miles de colombianos; pero pensaron siempre que después de aprovechar los días “para coger un nuevo aire”, esta semana estarían reactivando sus labores habituales y empezando a producir para conseguir con que mantener a flote sus negocios.

Sin embargo, nada de esto ha sido así y lo que todos pensaron que era una pausa de veinte días, se ha convertido, por causa de la indisciplina de los colombianos, pero también de la falta de liderazgo del Gobierno y, sobre todo, de su incapacidad para controlar y hacer cumplir las normas de emergencia, en un preocupante cierre de 35 o más días y, lo más inquietante, que puede extenderse por muchos días más.

Una cosa son 50 millones de colombianos confinados en sus casas y miles de empresas en receso por dos semanas, pero con unos pocos casos de contagio y la gran mayoría de trabajadores recibiendo su salario habitual, y otra bien distinta un país parado mes y medio o nadie sabe cuanto tiempo, con cientos de pequeñas empresas cerradas y sin con qué atender sus obligaciones, con miles de trabajadores necesariamente despedidos y para rematar con una curva de contagio desbocada y más de medio centenar de muertos por causa de la enfermedad.

Ya se sabe que el Gobierno ha desestimado la importancia de la subsistencia de la economía, para inclinar la balanza en favor de la salud, aunque en esto tampoco ha sido diligente, a juzgar por los bandazos que ha dado en la respuesta a la falta de hospitales, de centros médicos, de camas, de medicamentos, de pruebas oportunas para detectar el contagio y de control severo al aislamiento obligatorio; lo que obliga al sector empresarial a defenderse como pueda.

Decirle, por ejemplo, a un empresario que se adelantó a levantar la mano cuando apenas empezaba la crisis, a apoyar el gobierno y a decir que cumpliría el aislamiento manteniéndole el puesto y el salario a sus miles de trabajadores, que no hay nada que escoger entre pagar los impuestos y mantener el empleo, porque los tributos corresponden al año pasado y las empresa tienen la obligación de tener el pago presupuestado, es darle una bofetada a un sector que hace un esfuerzo inmenso por conservar el empleo, por no dejar perder la confianza en el Gobierno y por preservar la dinámica empresarial del país.

Duele, pues, saber que el sector empresarial, ese que sostiene la economía, que genera el empleo y que sostiene el Estado, tendrá que defenderse por sus propios medios, sin ninguna ayuda oficial y antes por el contrario con la guillotina del Ministerio de Trabajo, de la Dian, de los parafiscales y de todo el sector financiero, sobre el cuello.

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