Exige prevención y responsabilidad

Las autoridades, los organismos de socorro, los sectores productivos y las comunidades deben actuar de manera coordinada. Esperar a que aparezcan las emergencias sería una irresponsabilidad.
La inminencia del fenómeno de El Niño debe encender las alarmas en todo el país. Según las advertencias del Ideam, podría tratarse del episodio más fuerte del que se tenga registro, con consecuencias severas sobre la disponibilidad de agua, las temperaturas, los ecosistemas y la calidad del aire.
No estamos ante una amenaza lejana ni frente a un asunto que pueda aplazarse. La disminución de las lluvias traerá una reducción progresiva de la oferta hídrica, afectará las fuentes abastecedoras y aumentará la presión sobre los acueductos. El agua, que suele darse por segura, puede convertirse en un recurso escaso.
Las altas temperaturas también tendrán efectos sobre la salud, la agricultura y la vida cotidiana. Los períodos prolongados de calor incrementarán el consumo de agua y energía, afectarán los cultivos y pondrán en mayor riesgo a los adultos mayores, los niños y quienes trabajan durante largas jornadas al aire libre.
Uno de los mayores peligros será el aumento de los incendios forestales. La sequedad de los suelos, la pérdida de humedad y las elevadas temperaturas crearán condiciones propicias para que una quema irresponsable, una fogata o una simple chispa se conviertan en una emergencia de grandes proporciones.
Cada incendio destruye bosques, afecta la fauna, deteriora los suelos y compromete las fuentes de agua. Además, el humo y las partículas contaminantes agravan la calidad del aire, con consecuencias especialmente graves para las personas que padecen enfermedades respiratorias y para quienes viven en las zonas más expuestas.
La prevención no puede recaer únicamente sobre las autoridades. Los gobiernos deben activar planes de contingencia, proteger las cuencas, vigilar las zonas de mayor riesgo y fortalecer la capacidad de respuesta. Pero la ciudadanía también tiene obligaciones que empiezan por el uso racional y responsable del agua.
Es indispensable reparar fugas, evitar el desperdicio, reducir consumos innecesarios y adoptar hábitos de ahorro. Igualmente, deben suspenderse las quemas y extremarse las precauciones en áreas rurales y forestales. Una conducta aparentemente insignificante puede provocar daños irreparables y poner vidas en peligro.
Risaralda, por su riqueza ambiental y la importancia de sus cuencas, tiene el deber de prepararse con anticipación. Las autoridades, los organismos de socorro, los sectores productivos y las comunidades deben actuar de manera coordinada. Esperar a que aparezcan las emergencias sería una irresponsabilidad.
El Niño no puede sorprendernos. Las advertencias están hechas y el tiempo para prevenir es ahora. Tomar conciencia, ahorrar agua, cuidar los bosques y atender las recomendaciones oficiales son decisiones que pueden disminuir los impactos. La responsabilidad colectiva será nuestra mejor defensa frente a una amenaza anunciada.

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