La creación de un nuevo festivo tiene implicaciones que van mucho más allá de la conmemoración. Incide en la productividad, en la competitividad y en los costos laborales.
Hoy Colombia incorpora un nuevo día festivo al calendario nacional, el “Día de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá”. Aunque la fecha real es el 9 de julio, por efecto de lo establecido en la llamada Ley Emiliani, el día de su celebración se trasladó para este día.
Por supuesto las razones que llevaron al Congreso de la República a aprobar este año la ley que le dio vida jurídica, a la conmemoración: la celebración de los 440 años del milagro de la renovación de la imagen de la Virgen y su proclamación oficial como Patrona de Colombia desde 1829, merecen respeto y no admiten discusión.
Sin embargo, toda decisión pública también debe evaluarse por sus efectos sobre el conjunto de la sociedad. La creación de un nuevo festivo tiene implicaciones que van mucho más allá de la conmemoración. Incide en la productividad, en la competitividad de las empresas, en la organización del trabajo y en los costos laborales, especialmente para los pequeños y medianos empresarios.
Colombia figura desde hace años entre los países con mayor número de días festivos en el mundo. Si bien estas jornadas dinamizan sectores como el turismo, la hotelería, el comercio y el entretenimiento, también representan interrupciones en los procesos productivos, aplazamientos en la prestación de algunos servicios y mayores sobrecostos para actividades que deben operar de manera continua.
Para miles de empresas, especialmente las más pequeñas, un día festivo implica pagar recargos, reorganizar turnos o suspender actividades. En una economía que enfrenta muchos desafíos en materia de crecimiento, formalización del empleo y recuperación de la inversión, cada nueva carga merece un análisis cuidadoso para evitar efectos no deseados sobre la generación de puestos de trabajo.
También desde la perspectiva laboral surgen retos. Los trabajadores tienen derecho al descanso y a la remuneración correspondiente cuando laboran en días festivos. Pero el equilibrio entre esos derechos y la sostenibilidad financiera de las empresas constituye una condición indispensable para preservar el empleo formal, precisamente el que ofrece mayores garantías sociales.
Las leyes nacidas del sentimiento suelen tener una enorme legitimidad moral. No obstante, el país debe procurar que los homenajes y las conmemoraciones encuentren fórmulas que armonicen con las necesidades de una economía que requiere producir más, atraer inversión y crear oportunidades. Recordar una causa noble no necesariamente exige detener la actividad productiva.
La reflexión, entonces, no es sobre el nuevo día de fiesta ni sobre la importancia de su mensaje, sino sobre la conveniencia de seguir ampliando el calendario de festivos como mecanismo para rendir homenaje a causas valiosas. Colombia necesita fortalecer simultáneamente la memoria, la solidaridad y la productividad. Alcanzar ese equilibrio será siempre una decisión más beneficiosa para toda la sociedad.