¿Dónde está el gobernador mientras familias enteras buscan dónde dormir, comerciantes intentan salvar sus negocios, trabajadores pierden su empleo y la región hace esfuerzos para levantarse?
En medio de la tragedia que ha golpeado a Pereira y a Risaralda, hay una pregunta que ya no admite silencios ni evasivas: ¿dónde está el gobernador? Mientras decenas murieron bajo los escombros, cientos quedaron sin techo, miles enfrentan pérdidas y los parques y plazas están atestadas de cargas y cambuches, su ausencia resulta incomprensible por decir lo menos.
Cada día desde el terremoto se han reunido las autoridades de todos los niveles y las instituciones que tienen algo que aportar a la emergencia. Se evalúan daños, se coordinan ayudas, se ordena la ciudad y se empieza a pensar en la reconstrucción. Allí han estado el Alcalde, los gremios, las universidades y los organismos de socorro.
Ayer no más, en el Parque del Café, se realizó durante más de cinco horas una de esas vitales reuniones. Estuvieron el alcalde Mauricio Salazar y todo su gabinete, absolutamente todos los gremios, las entidades cívicas, el Obispo, el comandante de la Policía Metropolitana, los rectores de las universidades, los exalcaldes, los exgobernadores y los empresarios de la región.
Fue una representación valiosa de Pereira y Risaralda, reunida para mirar de frente una emergencia que exige unidad, liderazgo, presencia y compromiso con la región. Sin embargo, allí no estaba el gobernador Patiño Ochoa. Una actitud que parece ser la línea de conducta en las demás reuniones que se han hecho para enfrentar la emergencia. ¿Qué explicación puede justificar semejante ausencia?
¿Dónde está el gobernador mientras familias enteras buscan dónde dormir, comerciantes intentan salvar sus negocios, trabajadores pierden su empleo y la región hace esfuerzos para levantarse? ¿Dónde está cuando se decide qué edificios deben demolerse, cómo se distribuye la ayuda y cómo se construirá el futuro de una región golpeada?
La ausencia, en estas circunstancias, deja de ser un asunto personal o administrativo y se convierte en una obligación política. Un gobernador tiene el deber de acompañar a su gente, escucharla, coordinar esfuerzos y asumir el liderazgo que corresponde a quien ocupa la primera autoridad del departamento.
Una cosa es que el gobernador permanezca por fuera del Departamento, según un informe presentado en la Asamblea Departamental hace unos días durante una sesión de control político, y otra muy distinta que no aparezca cuando su departamento vive la mayor tragedia de las últimas décadas. Aquí no se le pide que se tome una fotografía detrás del Presidente, se le exige presencia y responsabilidad.
Por eso resulta legítimo preguntar si existe alguna razón que explique esta inexplicable indiferencia. Risaralda necesita hoy un gobernador presente, no un mandatario insensible. La tragedia reclama sensibilidad, autoridad y compromiso. Brillar por la ausencia, cuando todo duele, no es ocupación, es una dolorosa falta de responsabilidad.