La Pascua no es solo un símbolo, es una experiencia viva que debe reflejarse en los actos, en las decisiones, en la manera de habitar la ciudad y cuidar al prójimo.
Este Domingo de Resurrección no es simplemente el cierre litúrgico de la Semana Santa, es, ante todo, la proclamación más poderosa de esperanza en medio del sufrimiento humano. Celebramos que Cristo ha vencido la muerte, que el sepulcro quedó vacío y que la vida ha triunfado sobre el pecado y el dolor. Es la gran noticia que da sentido a la fe, Cristo vive, y con Él todo puede renacer.
La resurrección de Cristo, acontecimiento central del cristianismo, es también una invitación a creer que la vida puede más que la muerte, que la luz prevalece sobre la oscuridad y que el amor es más fuerte que el odio. Cristo no resucitó para que sigamos iguales. Su victoria sobre la muerte llama a levantarnos también de las propias muertes, la indiferencia, la corrupción, la violencia que aún hiere tantos rincones de Colombia.
En el país, donde tantas veces la injusticia parece tener la última palabra, este día recuerda que todo no está perdido. Que la vida digna por la que claman millones de colombianos no es un imposible, sino una causa que vale la pena abrazar. Que la paz, tantas veces postergada, no puede ser descartada como un anhelo ingenuo, sino defendida como un imperativo.
En Pereira, ciudad de profunda tradición cristiana, la Semana Santa no pasa inadvertida. Las procesiones que recorren las calles del centro, los viacrucis en los barrios y veredas, la participación fervorosa en las distintas parroquias; son todos signos visibles de una fe que aún palpita en medio de la cotidianidad. Pero esta Pascua exige más que devoción, pide un cambio real de vida.
¿Cuántos hogares en la región necesitan hoy la esperanza del Resucitado? ¿Cuántos jóvenes pereiranos buscan sentido en medio de la incertidumbre, atrapados en dinámicas que no conducen a la vida? La Pascua no es solo un símbolo, es una experiencia viva que debe reflejarse en los actos, en las decisiones, en la manera de habitar la ciudad y cuidar al prójimo.
El Cristo, que ha vencido la muerte, camina hoy por las calles, se asoma en las comunas, en los cafetales, en los hospitales, en los colegios, en los barrios altos y bajos. Llama a ser testigos de su luz. No desde la comodidad, sino desde el compromiso. No desde la queja, sino desde la acción. Pereira necesita cristianos que resuciten con Cristo y lleven su alegría, su paz y su justicia a todos los rincones.
Que este Domingo de Resurrección no pase desapercibido. Que empuje a ser comunidad viva, Iglesia en salida, como lo recuerda el Papa León XIV. Que mueva a renovar el compromiso con una Pereira más humana, más fraterna, más cristiana. Que la fe no sea solo memoria, sino misión. Porque si Cristo vive, también la ciudad puede renacer.