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lunes, agosto 15, 2022

Desconcierto e incredulidad

Qué actos de barbarie tiene que cometer un delincuente para que un juez de la República considere que puede ser un peligro para la sociedad y por tanto no debe estar libre en la calle compartiendo los espacios de todos, las actividades cotidianas de las ciudades y los bienes que son de todos. 

Decimos esto, porque se conoció la decisión de un juez de garantías de poner en libertad a los capturados por los organismos de seguridad del Estado por los destrozos cometidos durante las marchas y bloqueos realizados durante el mes de junio y que dejaron la ciudad prácticamente en ruinas; a pesar de los señalamientos y evidencias que recolectó y entregó la Fiscalía General de la Nación.

Si unos bandidos que acabaron con la Ciudad, que destruyeron las estaciones del transporte público, que quemaron los buses, que tumbaron la red de semáforos, que saquearon los supermercados, que vandalizaron los CAI, que atracaron los cajeros automáticos, que impidieron el paso de las ambulancias, que atacaron las edificaciones públicas, que agredieron salvajemente a la Policía, que bloquearon las vías y que dejaron perder toneladas de alimentos en las carreteras, no son un peligro para quienes hacen parte de una sociedad, entonces ¿quiénes lo son?

No es fácil entender que todas estas acciones del peor vandalismo y más puro terrorismo sean simples devaneos de juventud, como lo sostiene el juez. Un joven que cometa cualquier acto de estos ni siquiera puede considerarse un desadaptado social o una persona con conflictos internos, sino un engendro social de la peor calaña y un peligro para el resto de la comunidad.

Basta conversar solo con los vecinos de la avenida La Independencia donde una docena de estos delincuentes resolvieron adueñarse del lugar, no dejar circular los vehículos, exigir el pago de una extorsión para poder pasar, atacar a todo el que no atienda sus exigencias; para saber el grado de miedo en que viven, en que abren sus negocios y en que transitan por allí rumbo a sus viviendas.

O simplemente recorrer las principales calles para encontrar una ciudad que pareciera que estuviera en guerra, con todas las vitrinas cubiertas cuando no es todavía con los vidrios vueltos añicos, y con los edificios acordonados con vallas metálicas. Acaso todo eso es solo para prevenir los brotes artísticos y culturales de unos muchachos deseosos de una matrícula cero en la universidad o de una oportunidad de trabajo.

Produce, pues, la decisión del juez de garantías de dejar libres a los 19 sindicados de destruir la ciudad y arrinconar a la sociedad, de un lado desconcierto e incredulidad por la justicia y del otro, temor y angustia por lo que puedan hacer nuevamente estos vándalos y terroristas. Con razón hoy no se puede salir a la calle sin correr el riesgo de ser robado, o atracado o matado por cualquier celular. 

Para estar informado

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