De pie ante la angustia

Hay lágrimas, miedo y silencio; pero también una voluntad inmensa de no rendirse ante la adversidad. También hay, por fortuna, fuerza para comenzar la recuperación.

Hay lágrimas, miedo y silencio; pero también una voluntad inmensa de no rendirse ante la adversidad. También hay, por fortuna, fuerza para comenzar la recuperación.
Las horas posteriores al aterrador terremoto del lunes pasado han dejado una ciudad irreconocible, devastada por la fuerza de la naturaleza y sumida en una angustia que parece no terminar. Cada calle parece contar una historia de dolor, pérdida y desconcierto. Nadie estaba preparado para ver la ciudad así.
Las imágenes son desoladoras, edificaciones que se vinieron abajo, estructuras que permanecen en pie apenas por milagro y otras que amenazan con caer. Por todas partes hay escombros, vidrios, muebles y pertenencias expuestos bajo el cielo, como testimonio de la tragedia. El paso de las horas y la noche exigen rapidez y coordinación.
En medio de ese escenario, miles de personas van y vienen con desesperación. Unos buscan a sus seres queridos, otros intentan rescatar lo poco que la furia de la tierra les dejó. Hay lágrimas, miedo y silencio, pero también una voluntad inmensa de no rendirse ante la adversidad. También hay, por fortuna, fuerza para comenzar la recuperación.
Sobre la ciudad se levanta una nube densa de polvo, producto del trabajo incansable de los rescatistas. Hombres y mujeres que, sin descanso, remueven piedras y concreto, escuchan cualquier señal de vida y se juegan todo por encontrar a quienes aún pueden estar atrapados. Cada minuto cuenta, cada segundo importa.
A ellos y a todos los organismos de socorro, gratitud imperecedera. Bomberos, Defensa Civil, Cruz Roja, Policía, Fuerzas Militares, personal de rescate, médicos y voluntarios han demostrado que, cuando llega la hora más difícil, Pereira sabe responder con valor, disciplina y humanidad. Son ejemplo de entrega y servicio que merecen gratitud inmensa.
También merece reconocimiento la respuesta de las autoridades nacionales y del Alcalde de Pereira. En medio de la confusión, su tarea es coordinar, atender a los damnificados, garantizar la seguridad, recuperar los servicios esenciales y orientar la reconstrucción. No ha habido tiempo para protagonismos, solo para trabajar y servir. Hoy hay coordinación, voluntad y firmeza.
Y está la gente de buen corazón. Quien lleva agua, quien ofrece comida, quien abre las puertas de su casa, quien ayuda a retirar un escombro o simplemente abraza a quien lo necesita. Esa solidaridad, tan propia de esta tierra, será una fuerza decisiva para levantarnos y seguir adelante, e inclusive para volver a empezar.
Hoy la ciudad llora a sus víctimas y contempla con angustia sus heridas. Pero no puede permitir que el dolor sea más fuerte que la esperanza. Pereira volverá a levantarse. Con unidad, trabajo y solidaridad, saldrá adelante. Habrá mucho por reconstruir, pero también una oportunidad para todos. Pereira tiene futuro y entre todos lo construiremos.

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