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domingo, febrero 5, 2023

Con sabor agridulce

Este miércoles la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales acogió la sorpresiva propuesta del presidente Duque y aumentó, prácticamente sin ninguna discusión, el salario mínimo que devengarán cerca de 4.800.000 colombianos a partir del próximo primero de enero, a un millón de pesos más un subsidio de transporte de 117.772 pesos.

Esto equivale, como lo ha destacado el Gobierno, a un aumento del 10.07%, un porcentaje que restada la inflación esperada para este año deja un incremento real del 4.77%, el que, según los voceros del Ejecutivo y de la Comisión de Concertación, no se veía en el país desde hace casi 30 años.

Claro que hay que destacar en primer término que, después de varios años, el salario mínimo haya salido de la mesa de concertación y no de un decreto del gobierno, y segundo que sea una cifra que no siga empobreciendo a los colombianos de menos ingresos, como ha ocurrido con el aumento de cada año; sin embargo, llama la atención que la representación de los trabajadores en la mesa prácticamente le arrebató la propuesta de la mano al gobierno.

Nadie, ni siquiera los ambiciosos voceros de los sindicatos y las centrales obreras, se había imaginado siquiera antes de la propuesta presidencial que el aumento del salario mínimo podría llegar a una cifra de dos dígitos y menos que podían conseguir este aumento sin siquiera sentarse a la mesa.

Lo que sigue ahora es vigilar los efectos de un aumento por fuera de todas las previsiones y que incide directamente en muchos de los procesos productivos y de las actividades económicas. Es seguro que ninguna empresa ni ningún negocio tenía considerado en su presupuesto para el año 2022, que con seguridad ya está listo y aprobado, un aumento en el salario mínimo de 10%.

Lo primero que va a suceder, sin perjuicio de los efectos posteriores, es que las empresas van a trasladar al consumidor el mayor valor real de la remuneración de cinco millones de colombianos. Esto, el que se lo puede cargar al precio del producto, porque el que no puede hacerlo por la inelasticidad del precio, simplemente buscará compensar el mayor costo de producir apretando la nómina con el consecuente aumento del desempleo y nada le haría más daño al regreso a la normalidad que dar un paso atrás en la lenta, pero progresiva recuperación del empleo.

Deja entonces, un sabor agridulce el aumento del salario mínimo. Por un lado la buena noticia para una franja muy importante de colombianos que por fin va a tener un incremento real en su ingreso y por el otro, una notificación  al sector empresarial de que no solo tendrá que seguir haciendo el esfuerzo de mantenerse vivo, sino que ahora tendrá que cargar con los costos sociales que está dejando la pandemia.

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