Una decisión inaplazable

En todos los órdenes, bien sean de carácter económico, social, político o cultural, en el mundo será necesario hablar de un antes y un después.

La pandemia del Coronavirus, desatada hace 16 meses, implicó un revolcón sin antecedentes en el planeta, no solo por la incalculable cantidad de contagios y de víctimas que ya acumula sino por el cambio radical de todos los comportamientos colectivos.

Nadie, en verdad, estaba preparado para lo que se venía encima. Ni siquiera los sistemas de salud o la red de hospitales, el personal médico o los métodos de prevención de la enfermedad. No existían vacunas y, por tanto, fue necesario inventarlas y poner a prueba toda la capacidad de producción para alcanzar en el mundo la llamada inmunidad de rebaño, de la cual estamos aún muy lejos.

Y, consecuentemente, el sector productivo, a la par con el educativo, eran quizás los menos preparados. Los primeros meses de la propagación del virus, la inmensa mayoría de los países determinaron confinamientos extremos para evitar la disparada de los contagios. Las empresas se vieron obligadas a cerrar sus instalaciones, los comercios igual, a excepción de aquellos que debían quedar abiertos para proveer de alimentos o de medicamentos a los habitantes de la tierra.

Si bien desde tiempo atrás se venía hablando de temas como inteligencia artifical, mercados globalizados, transformación digital, almacenamiento de archivos en la nube, análisis de datos y toda suerte de situaciones que para algunos sonaban fantasiosas y para otros pocos ya eran una realidad, nadie esperaba que de golpe y sin remedio todos nos debíamos meter en ese nuevo escenario. El precio de no hacerlo era la supervivencia misma de las empresas y de los empleos generados por éstas.

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Esa demanda de modernidad o de modernización, tocó a todos por igual. Las grandes, las medianas y las pequeñas empresas y, aún más, las micros y las fami-empresas. El desafío era uno solo: reinventarse o desaparecer.

Y en ese ejercicio comenzaron a aflorar esas nuevas formas de ejercicio laboral y de relaciones comerciales que creíamos cosa del futuro, tales como el teletrabajo, el trabajo en casa o el trabajo remoto, que implicó una ruptura sustancial en las dinámicas obrero-patronales, el surgimiento exponencial de plataformas para encontrarse en la virtualidad evadiendo la presencialidad por su potencial de contagios, el uso de instrumentos de esta naturaleza para mantener vigente la educación a distancia mientras las aulas permanecían vacías, el empleo de redes sociales como canales comerciales para atender peticiones a domicilios, pagos con dinero virtual que pusieron en derrota los billetes para mover desde pequeñas hasta millonarias transacciones, el ejercicio de la medicina en la virtualidad y sin el contacto directo entre paciente y médico, en fin… toda suerte de cambios tan radicales como sorpresivos, aunque no tan inesperados por quienes ya soñaban un mundo distinto, con o sin pandemia.

Así que la transformación digital, a partir del llamado inaplazable de la reinvención, dejó de ser un sueño o un proyecto a futuro y se volvió un dramático presente, un desafío a la supervivencia, pero también en una oportunidad que, bien aprovechada, significará niveles de prosperidad innimaginados. Pero esa transformación, que para el sector productivo se convirtió en un conteo regresivo sin vuelta atrás, debe tocar

muchas instancias. Empezando por sector educativo, en donde el dominio de dos o más lenguas, la formación en competencias y las habilidades  blandas para el manejo de instrumentos tecnológicos deben estar presentes desde las etapas básicas hasta el nivel superior y especializado. También deben seguir transformando las empresas y los empleos, tanto desde la perspectivas de unas relaciones laborales que ahora se mueven con propiedad en medios remotos, como desde el empleo de la inteligencia artificial y la aceptación de los desafíos de la cuarta revolución deben estar presentes. Ya no hay vuelta atrás. Pero en este teatro de los acontecimientos, será necesario mirar al ser humano desde la perspectiva de la formación en valores, el fortalecimiento de la familia y las competencias ciudadanas y de convivencia, como factores claves para navegar con éxito en un planeta dominado por la tecnología. De lo contrario, todo esfuerzo por avanzar en medio de tanto sacrificio de vidas humanas habrá sido en vano.

 

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