Alfredo Cardona Tobón

A  las diez de la mañana del  21  de enero de 2019 se oficiaron las honras fúnebres de Alfredo Gartner Valencia en la catedral de la Virgen de la Pobreza de la ciudad de Pereira.  Un sacerdote  exaltó su memoria, recordó  al hombre festivo enamorado de la vida, al amigo que en cada abrazo, que en cada carcajada trasmitía alegría, optimismo y la fuerza vital  de aquellos que tienen el alma noble y el corazón puro.

 

La catedral estaba llena y con la imagen de la Virgen de la Pobreza en el fondo del templo reposaba la urna con  las cenizas del amigo, cuya existencia, como la de todos los mortales, estaba marcada por  el llamado de la sangre; por eso  Alfredo Gartner había heredado el gusto de  vivir de sus ancestros caucanos, el amor por la tierra de los abuelos paisas y el corazón sin arrugas del alemán que un día lejano, dejó atrás las campiñas europeas para adentrarse en los socavones marmateños  tras el oro y dejar en las entrañas de una criolla la impronta de los Gartner.

 

Le dolía su país, le dolía su tragedia y sufría con los sucesos de Balboa donde todos conocían los victimarios menos las autoridades encargadas de preservar la vida de los ciudadanos. Por eso militó en las huestes de  Luis Carlos Galán, cuando  el intrépido santandareano  hizo frente a la maquinaria perversa que sigue manejando al país; y  Alfredo, sin esperar cargos ni beneficios, llevó la voz  del líder a los rincones pereiranos y trasegó los caminos de Risaralda con los mensajes del Nuevo Liberalismo. Fue una campaña difícil, erizada de peligros; en uno de los recorridos acompañó a Galán hasta el reducto rebelde de la vereda de Batero pese a las amenazas de los seguidores de  César Gaviria, que impidieron al helicóptero descender en la zona urbana de Quinchía. Lo triste fue que esa misma gente se declaró galanista cuando el  aguerrido  capitán estaba a las puertas de la presidencia.

 

Más que cafetero o ganadero,  Alfredo Gartner tenía como oficio ser balboense,  pues su desvelo continuo era trabajar por los intereses de su pueblo natal: fue miembro de la Cooperativa de Caficultores, perteneció a las Juntas veredales de La Aurora y Cocohondo, y con su hermano Germán y el tío Emilio formó  la tripleta de los Gartner que escribió buena parte de la historia contemporánea del municipio y representó los intereses más caros del occidente risaraldense.

 

No fueron fáciles los setenta y cuatro años que Alfredo Gartner estuvo en este mundo: quedó huérfano de padre y madre desde muy tierna edad;  creció en internados de Manizales sin las sonrisas maternas ni el calor protector de su padre, y aprendió con poca ayuda a hacerle frente a los vaivenes del destino, graduándose con honores en la Universidad de la vida. Aunque heredó  alguna fortuna, los malos negocios y sobre todo los desastres de la roya y de la broca que afectaron los cafetales, sumados a los bajos precios internacionales del grano, menguaron su  bienes; pero ello no lo amargó, esos golpes de fortuna no mermaron su carácter festivo, no silenciaron el chiste oportuno ni tampoco las sonoras carcajadas con que celebraba las ocurrencias de sus amigos, que fueron muchos, que fueron un millón, como podría decirse al ver la catedral repleta acompañando sus cenizas.

 

Fue generoso y atento a lo que sucedía  a sus amigos y parientes para tenderles una mano, para acompañarles en los éxitos y fracasos. Estaba al tanto del enfermo, de quien sufría una pena o gozaba una alegría. Allí estaba Alfredo en las buenas y en las malas, en la desgracia y en  la dicha…

 

La muerte lo agarró a mansalva; hace  apenas dos meses estaba haciendo planes y planteando un negocio de clonación de embriones de plátano, pero de repente apareció el enemigo que venía corroyendo su organismo desde años atrás: en sus pulmones  estaba el tabaco agazapado preparando el golpe artero que le cortó la existencia.

 

En los últimos días  Alfredo estuvo acompañado de una legión de amigos, que aunque no podían estar físicamente a su lado oraban por la recuperación del compañero. Qué grato morir como murió Alfredo: sin agonía larga, cerca de María Teresa, la mujer que lo amó desde niña y cerca de su único hijo Andrés Felipe,  calco de su alegría y  heredero de su  don de gente.

 

Por los arcanos del destino Andrés Felipe tuvo un extraño presentimiento que apresuró un viaje a la Argentina; quería darle a su padre un viaje maravilloso, mostrarle el país  que había sentido en los  tangos y milongas, en el futbol y en los paisajes que de niño vio en Peneca y en Billiken, unas revistas llenas de color y belleza donde se paseaba el indio Patoruzú con su Patorucito. Fue un paseo mágico por  la Patagonia, por las Cataratas de Iguazú y  el Gran Buenos Aires con sus teatros y sus museos.

 

En el sur se evidenció el deterioro de la salud  Alfredo Gartner y al llegar a Pereira se agudizaron los síntomas de la enfermedad.  El desenlace fue rápido, a ojos vista se hizo patente la partida del camarada que pidió que los despidieran con sonrisas y  recalcó, como último consejo a sus compañeros, que  huyeran del demonio personificado en el humo del cigarrillo.

 

Partió a la edad de 74 años. No tantos para la familia de raíces longevas. Todavía tenía tiempo para ver los nietos que no alcanzó a acariciar. Se nos fue Alfredo a destiempo, no tendrá placas ni estatuas  porque no fue un prócer ni tampoco un héroe, pero  en vez de  placas y estatuas tuvo el honor  de quedar  enquistado en el corazón de todos los que lo conocimos. Paz en su tumba y en su honor una sonrisa, o mejor una sonora carcajada.

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