María Ligia Acevedo (Amali)

  

Aguas, corrientes o quietas, en lo cotidiano del hogar, en la lúdica o en la angustia que produce la pérdida de seres queridos en trágicos in sucesos. Historias que tienen que ver con el vital elemento.

 

Con el fin de escuchar algunos relatos, que aquí les comparto, viajé a Anserma Caldas, mi pueblo natal. La pretensión ahora es que al leerlos, usted vaya a bucear en los meandros de su memoria y se reencuentre con las experiencias y pasajes vividos, sepultados, tal vez por considerarlos intrascendentes, sin imaginar que forman parte de su historial como humano; revivirlos, para renombrar esos sitios o lugares donde tuvieron ocurrencia es importante no sólo para sí mismo, sino también para otros.

 

2012. Mes de los vientos y las cometas. En la Terminal de transportes de Manizales subí a un taxi en lugar de hacerlo en el bus, como es mi costumbre al viajar al occidente de Caldas. Con ligero equipaje y los implementos necesarios para el oficio <cámara, grabadora, libreta de apuntes y otros elementos>, pasaría en el pueblo una noche. El objetivo era claro y la entrevista que allí tendría se había pactado con anticipación.

 

—En taxi el viaje es más directo y en menor tiempo y esto favorece a todos. —recuerdo que dijo en voz alta el joven  que ocupaba el asiento del lado del conductor; tenía unos treinta años, rostro  semi cuadrado, donde resaltaban unos ojos oscuros y la nariz, como de boxeador.

 

Durante el viaje, las dos personas que van conmigo en la parte de atrás, de edades difíciles de calcular, no sólo por su raza indígena, sino por enfrentarse a una vida expuesta al sol y a las inclemencias del tiempo, me miran directo a los ojos para responder preguntas circunstanciales que les hago, pero responde el más  joven dejando expuesta su dentadura completa y sana. 

 

El paisaje abierto me permite observar en algunos trechos de la montaña arroyos cristalinos bañando las laderas.

 

También, de forma clara y consciente, que la vocación y uso de las tierras cafeteras ha cambiado de manera dramática. Surge así la inquietud de por qué se le ha llamado “Paisaje Cultural Cafetero” a todo esto, cuando del producto cafetero casi nada queda.

 

El lujo y el derroche ha permeado lo rural y no oculta la desigualdad de clases entre quienes por allí habitan, poniéndolo de manifiesto en sitios puntuales de la ruta. 

 

Antes de que el viajero aviste el Río Cauca, le es anunciado por medio de un aviso instalado en reciente señalización del corredor turístico: “El cañón del Cauca”. Frente a los ojos del peregrino aparecen escalofriantes abismos por los que en tiempos pasados se precipitaron vehículos de transporte público y privado, que muchas veces, no dieron oportunidad al rescate de víctimas.

 

El turbulento color achocolatado de este afluente, en épocas no tan lejanas, se vio rojizo, no siempre por razón de accidentes automovilísticos. Recientemente, otros afluentes en regiones de Caldas han vuelto a ser vehículos para transporte a escenarios diferentes de espectáculos horrendos que nos remite a un pasado que parece imposible de superar.

 

Apenas entrar al poblado de Arauca, en ese lado izquierdo de la vía por el cual se ve correr el Río Cauca, la mayoría de las casas existentes parecen a punto de perder equilibrio para ir a sumergirse en esas aguas oscuras y torrentosas. Premonición de hace mucho, se ve, por la inclinación que exhiben las construcciones; en su caída arrastrarán otras más, de ésas que, sin saberse cómo, han sido construidas en la empinada y peligrosa pendiente, conforme se ve por los túneles dejados para el tránsito de moradores. Entrada perpendicular, tenebroso albur.

 

La necesidad tiene cara de perro chandoso, dice una expresión popular; aquí, es poner en manos del azar cada segundo del transcurrir de la existencia.

 

El puente levantado sobre el río Cauca que une los municipios de Arauca y Risaralda Caldas, permite apreciar a la margen derecha de las riberas del río humildes casuchas, habitadas; otro reto o desafío de la miseria a la natural potestad de las corrientes del Cauca.

 

Hacia el otro lado del puente, pequeñas canoas amarradas a estacones en la orilla, parecen luchar por emprender viaje sin rumbo ni guía. No hay pescadores en las riberas, bañistas ni escombros; los he visto en otros de mis desplazamientos por esta ruta, Tampoco veo arrastre de elemento producto de inundaciones, objetos que suelen pasar en un viaje obligado y sin destino definido por las aguas del Río Cauca, ya de suyo, sucias y contaminadas por la minería.

 

Alcanzamos el puente que permite paso sobre la quebrada Las Margaritas, sitio conocido como Tareas. Hoy no hay bañistas que disfruten del charco que se forma casi debajo del puente. Aguas que ahora no son tan abundantes ni cantarinas, pero que invitan, sin embargo, a un chapuzón en calurosos días.

 

Al costado derecho de la vía hay una estación de policía. En uno de mis viajes, años no tan lejos, mi arribo a este punto por poco coincide con una refriega presentada entre la autoridad y algunos insurgentes que frecuentaban la zona. No pasó del cruce de disparos, por fortuna.

 

En Risaralda Caldas, antes de entrar al pueblo, se ha construido un amplio mirador para permitir el deleite de la mirada con un paisaje de montañas y hondonadas; mirador desde donde, si usted cuenta con el acompañamiento oficial o fortuito de un historiador natural, él le sabrá  llevar por un recorrido concreto de cada uno de los lugares que desde allí se avistan. También, y como es apenas lógico, se ha aprovisionado la zona con sitios gastronómicos.

 

La vía arteria vehicular atraviesa el poblado. Casi a la salida de la población se apean del vehículo los tres compañeros de viaje y sube una señora que va a un sitio cercano y un ciudadano con rumbo a Anserma.  Avanzando un poco más se avista La Colina de Robledo.

 

Falta poco para llegar a Anserma, pueblo de leyendas, cuna de escritores, poetas y músicos, algunos ya fallecidos. Allí se creó la Academia Caldense de Historia por parte del escritor, histotiador y poeta doctor Jorge Eliécer Zapata Bonilla y otros escritores lugareños, Academia orgullo de identidad regional por sus investigaciones y difusión.

 

A la bifurcación de la troncal, margen izquierda de la carretera vía a Anserma, corre la quebrada Cauya, la cual desemboca en el Río Risaralda; de las aguas de  Cauya bebieron los habitantes de Anserma y sus alrededores por muchos años, luego llegaron empresas comercializadoras.

 

Esa quebrada fue sitio frecuentado por pescadores, vivanderas, escolares y bañistas; todos aprovechaban sus charcos y meandros para el regocijo.

 

El taxi toma la variante con rumbo a la Terminal de Anserma. Son las 2:24 de la tarde. A mi solicitud, el conductor me acerca a la calle 11, carrera 1ª y el viajero decide bajar también allí, aunque molesto, pues le espera una larga y empinada cuesta que ni siquiera permite ver dónde termina o hacia qué lugar llevan los escalones y descansos, que semejantes a paradas de ascensor, tenemos de frente.

 

El hombre paga su pasaje y emprende la subida de las escalinatas, tal vez recordándome a mi madrecita en voz baja; menos mal no lo escucho. De tanto en tanto vuelve su cabeza y mira atrás para observar cómo asciendo por la misma calle.

 

Un hombre y un niño bajan a mi encuentro. En casa de ellos entrevistaré la persona que narrará las historias que me traen al pueblo.

 

Debo esperar hasta la noche, cuando finalmente llega el señor Gerardo, a quien he estado esperando. Apostados en el comedor de la casa anfitriona, Gerardo comienza por contar de sus paseos y andanzas en su niñez por la quebrada Cauya.

 

Un baño en bola y volado de la escuela 

¡A la quebrada de Cauya! ¡Claro, Claro que sí! Acostumbrábamos volarnos de la escuela para ir a bañarnos allá en pelota y  a pescar con la mano lo que se pudiera y meter los pescados en un frasquito; iba con los hijos de una vecina,  sin pedir permiso y sin decir para dónde, aunque sabía que eso no se debía hacer, porque si le pasa algo a uno, nadie sabrá dónde ir a buscarlo a uno.

 

Era de una gallada, JESUS, mi hermano, que ya murió, cuadraba con otros vagos de la misma edad de él y yo me les pegaba. Ellos se ponían un pañuelo en la cintura para taparse las partes nobles y nosotros, los menores, en bola, pa´no mojar la ropa. Cuando eso yo tenía por ahí siete u ocho años y Jesús, diez y ocho años.

 

A paseos de río hace por ahí diez años que no voy. ¿Qué diferencia encuentro entre ir a un lugar turístico o a un río o una quebrada? ¿Qué prefiero? El que tenga abundancia de pescado, sea sitio enmarañado o no. Y si el lugar no es bueno para la pesca, prefiero el sitio turístico, por el ambiente. Nunca he acampado. He ido muchas veces a La Isla y a Cartago y a muchos sectores del Valle del Cauca, pero nunca he acampado.   

   

Sancocho con Corronchos de El charco del diablo.                                                                                                                                          -–Personalmente organicé una excusión al río Risaralda, que corre por la margen derecha de la troncal de occidente que lleva a La Virginia y a Pereira. Río donde desemboca la quebrada de Cauya –cuenta Gerardo. –Lo organicé para conocer el famoso “Charco Negro” del cual habla la historia de Anserma con la leyenda de que en el famoso “Charco Negro” se encuentran las campanas de oro que por la maldición que un sacerdote impartió como “castigo a un sacrilegio”. Se dice que por  un acto vandálico cometido por alguien, a la maldición del sacerdote las campanas rodaron hasta ese charco y ahí quedaron y que las cuida el demonio en ese lugar. Las personas que han tratado de sacarlas, nadando o por algún otro medio, se han ahogado. 

 

Del paseo, yo solicité un permiso para ir a pescar allá; la finca donde está “Charco Negro” era de mi madrina de bautismo, Celia Muriel. Fui con veinte muchachos en total. Les advertí que no se fueran a bañar ahí, que solamente íbamos a pescar y que el baño sería en otro sector del río. Es que la leyenda refiere a varios ahogados. Para conocer la profundidad del charco, corté una cañabrava por ahí de unas cinco a seis varas y no tocaba el fondo. De esa forma le calcula la profundidad para cuadrar los anzuelos con las plomadas para la pesca. Alcanzamos a sacar una buena cantidad de corronchos de muy buen tamaño y nos los llevamos para una finca cercana de la familia ROJAS, que todavía existe en ese lugar, y allá hicimos un sancocho muy bueno con esos corronchos. La mayoría de los muchachos decía que por haberlos sacado del “Charco del Diablo” nos iban a  hacer daño y no comieron; los que comimos, quedamos muy satisfechos ¡Y sacados del charco del diablo! Que tampoco nos salió, ni tampoco oímos las campanas, porque decían que no suenan sino los días Jueves y Viernes Santo. Pero en esos días sí me da a mí como temor aparecerme por allá.

 

A ese sitio “Se va, descendiendo por el camino antiguo que llega al puente que siempre ha existido en el mismo lugar y que comunica a Anserma con Columbia, se va uno hacia el sur un trayecto de unos quinientos metros más o menos, ahí encuentra el charco, es un lugar bastante escarpado, es de aguas muy oscuras, casi estancadas, donde aparentemente hay un remolino donde se cree que es donde se ahoga la gente y que es donde el diablo está cuidando las campanas, y él las cuida, puesto que nadie las ha podido sacar. Ahora las vías de acceso están más fáciles que cuando fui con los muchachos hace unos treinta años. Ahora llega uno con mayor facilidad.

 

El corroncho es un pescadito que tiene unas escamas muy escarpadas y muy difíciles de desprender cuando uno se las va a quitar con el cuchillo. Crece en forma ovalada y es de una carne muy agradable. Los puede uno coger hasta de libra y son más o menos como un sapito, pueden ser como de este tamaño –muestra con sus manos la forma redonda y un tanto plana– y miden entre un geme a una cuarta.—  A este lugar de leyenda  refiere el historiador Oscar Peláez en su libro Espantos de mi tierra, y dice que el  gran cacique Ocuzca construyó en el fondo de esas aguas bajo una gran piedra, una cueva, para escapar de sus enemigos. A Ocuzca se le consideró un dios por lograr desaparecer en ese lugar sin explicación alguna.

 

Zambullida que arruinó la familia.

“Mi padre, Luis María, cuando estudiaba en el Colegio Manjón, así como se oye, Manjón, con jota, hoy Colegio de Occidente, el profesor director de su grupo programó paseo al río Risaralda, con todos los alumnos; les propuso antes de salir que en la materia relacionada con las ciencias naturales, el primero que llegase al río y se bañase en él, tenía la mejor nota. O sea la mejor calificación. El primero en llegar fue mi padre y de ese puente se tiró al río. Fue el primero que se zambulló y por tanto tenía derecho a la mejor calificación en el área de las ciencias naturales. El paseo se… voy a buscar la palabra –dice, mientras escudriña en su mente el vocabulario apropiado y sus manos se mueven inquietas con sus dedos tamborileando sobre la mesa del comedor. Con una sonrisa que permanece en sus labios, la frente mantiene una expresión adusta. La voz es profunda y en su garganta se evidencia la nuez de Adan. Sus manos muestran trabajos en oficios varios, además de haber sido maestro, con años ya de jubilado.

 

–El paseo transcurrió sin mayores contratiempos, pero a mi padre al llegar al hogar le empezó un temblor en todo el cuerpo y empezó a desvariar, con palabras incoherentes. Mi abuela lo llevó donde el médico de turno y éste le diagnosticó locura. El tratamiento fue intenso y en ese tratamiento mi abuela gastó toda la fortuna, que era caudalosa, y el hombre volvió a la lucidez, pero no en su totalidad, porque todo negocio que hacía, todo negocio que emprendía, lo remataba mal o con mala suerte. Él, por tirarse de primero, se bañó acalorado y de ahí le provino la locura.

 

Todo el tiempo, tarde y noche, en la cocina de la casa el movimiento de personas y el campaneo de ollas y platos, es permanente. A la casa entran y salen: residentes, amigos, vecinos y conocidos de la familia; saludan, se involucran en el relato que hace Gerardo, o se paran a escuchar por un momento, con curiosidad. La vivienda, más que un hogar, parece, por la generosidad de la anfitriona, el “hotel restaurante Albita” o, despensa comunal en momentos de apremio alimenticio.

 

Son las 11:30 de una noche un tanto fría. A lo lejos se escuchan truenos y se observan relámpagos. Me despido para ir al hotel donde me alojo, considerando que esto es apenas un abrebocas de todas las historias que en los meandros de su memoria conserva el entrevistado. 

 

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