Por Andrés García, secretario de Cultura de Risaralda
Desde el 10 de agosto de 2026 las cosas cambiaron. No he dejado de pensar un solo minuto en la obra literaria del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer, Premio Alfaguara 2011.
Aquel lunes me encontraba en la Secretaría Departamental de Cultura, iniciando el comité que coordino como facilitador de esta importante cartera departamental.
Cuando me disponía a hablar y di la palabra a mi equipo de trabajo para coordinar las tareas propias del ejercicio semanal, un ligero movimiento en zigzag interrumpió mis palabras. Nos miramos y alguien dijo: “Está temblando”. Procedí a decirles que conserváramos la calma, que pronto el movimiento concluiría.
No fue así. El movimiento arreció. Primero en zigzag y luego de arriba hacia abajo. Y ahí comenzó el sonido de la tragedia. Se escuchaban cosas caer. Y no solamente eran los objetos de la Secretaría los que caían al piso. Era Pereira.
Varios compañeros y compañeras procedieron a abandonar, como correspondía, el antiguo edificio de Rentas, sede de la Secretaría Departamental de Cultura. Evacuamos el edificio.Nunca olvidaré la sensación de parecer una ficha de ajedrez.

El tablero se movía y nos tiraba de arriba a abajo sin compasión. El punto de encuentro: la plaza cívica Ciudad Victoria. Al llegar allí, seguían cayendo las cosas, seguía cayendo Pereira.
Y el desespero, el caos, el miedo y la tierra que no paraba de temblar y crujir eran el ambiente predominante. Observaba cómo se caían paredes, cómo los carros en la carrera 10 y en la calle 17 procuraban esquivar los torpedos de las edificaciones.
Todo era una hecatombe. Era dolor, era desesperanza, era miedo. Sentí que era el fin. Una vez concluyó el movimiento, nos abrazamos y, por supuesto, lloramos porque damos gracias de estar vivos frente a la fatalidad acontecida.
Inmediatamente procedí a dirigir mi mirada hacia el tradicional edificio Invico, que se observaba ampliamente desde muchos puntos de la capital. Algo había cambiado drásticamente su estructura.
Mi familia durante 20 años habitó este bien inmueble, patrimonio de la ciudad. Muchas familias queridas, diría yo que una sola familia habita en Invico, ya que son personas con tradición, con historia y, sobre todo, que han aportado en la construcción de esta ciudad y este departamento. Gente buena, gente honorable, gente trabajadora.
El piso 13 ya no estaba. Y no estaba porque sus paredes se habían desplomado. El piso 12 había colapsado. Y los pisos 13, 14 y 15 cayeron de manera respectiva en aquella losa que ya no existía.
Lo primero que se me ocurrió fue pensar: “Dios mío, mi padre está en el piso 13.
Tiene 86 años y vive solo.
La señora que lo cuida aún no ha llegado”.
Como un loco salí corriendo a resca
tar a mi padre. Dos compañeros de trabajo, David y Paula, al verme tan desesperado, me dijeron: “Vamos contigo”.
Recuerdo que David, que es más alto que yo —yo mido 1,80, David mide 1,84—, me protegía de los carros porque yo me lanzaba a la vía en procura de llegar pronto a mi destino: salvar a mi padre. Y él, con su mano, detenía los carros.
Mi propósito, era llegar pronto a Invico a rescatar a mi padre y a la mascota de mi hermana que se encontraba con él.
Cuando llegué corriendo hasta Invico, uno de los porteros me dijo:
“Don Andrés, no suba, el edificio va a colapsar”. Yo no entendí de razones.
Observé con tristeza y asombro cómo los ascensores, dos que se habían modernizado hacía poco, se encontraban fuera de sus espacios. Eran dos cajones que ya estaban en el corredor principal, a la entrada del edificio; se habían descolgado por completo.
Intenté subir por las escaleras y bajaban varias personas heridas. Eran los vecinos de los primeros pisos.Familiares y vecinos auxiliaban a los adultos que iban bajando por las escaleras. Y yo procedí a avanzar.
El olor a gas, el agua que caía y el complejo estado en el que se encontraban las escaleras, con desperdicios, con vacíos, con rotos en las paredes, parecían confirmar el presagio del portero.
Aun así, en momentos de dificultad, Dios le provee a uno la fuerza y la valentía, sumado a una dosis de adrenalina para poder avanzar en su propósito.
Yo tenía clara mi meta: rescatar a mi padre.
Subí varios pisos en medio de la fuga, como el soldado que camina por el medio del campo de batalla que ha explotado y observa a su alrededor la desgracia. El olor a gas era una constante y el agua que se filtraba por las escaleras y caía la acompañaba.
Logré avanzar, piso tras piso, testigo de la tragedia, de lo que quedaba por dentro: apartamentos inhabitables.
Era increíble observar que tantas veces me propuse, haciendo ejercicio, subir y bajar los 13 pisos hasta el apartamento de mis padres y ahora constatar que de eso ya nada quedaba.
Cuando sentí que ya estaba logrando mi propósito, me encontré con la triste realidad.
Una placa de cemento cubría el acceso al piso 12. Solamente pude llegar hasta el piso 11. Placas de cemento, ladrillo, obstáculos, desperdicios, paredes por completo desplomadas obstaculizaron el paso.
Sentí que los pisos de arriba habían colapsado y que allí estarían probablemente no con vida algunas de las familias y vecinos, incluido mi padre.
Procedí a evacuar el edificio ante la imposibilidad de seguir subiendo. No había forma de entrar.
Al bajar me senté en el andén como un niño a llorar impotente.
En ese momento entró la llamada al celular de mi hija de 17 años. Venía del colegio. Me dijo que estaba bien, pero que estaba muy preocupada.
Ella se encontraba en clases y el terremoto le había tocado a ella y a sus compañeros en el aula. Yo le dije que tranquila, que nos veríamos en casa.
Procedí a avanzar unas cuadras para constatar en qué estado se encontraba el apartamento donde vivía con mi hija y mi hermana.
Por fortuna, el edificio estaba con afectaciones en mampostería. Con el pánico y el terror propios de la situación, procedí a subir los siete pisos y encontré que todo en mi casa había caído, pero que el inmueble permanecía de pie. Gracias a Dios.
En medio de los escombros busqué a mi mamá, temeroso de haberla perdido, y la encontré en el cuarto de mi hija, asustada, bajo la cama.
Procedí a rescatar a mi perro y a evacuar el edificio rumbo a Invico a intentar rescatar a mi padre.
Fueron minutos, horas, aciagas de miedo, de temor, pero también de fe, de confianza en que Dios me daría la tranquilidad y la serenidad mental para poder identificar la ruta a seguir.
Siempre tuve dos ángeles conmigo, Paula y David.
Dos grandes amigos que nunca me desampararon y que fueron momentos de refugio y de calma a la hora de meditar y de tomar decisiones.
Pedí al Altísimo que me diera serenidad, que pudiera pensar lento para actuar rápido.
Me llegó una llamada de Estados Unidos. Era Margarita Rosa de Francisco, mi gran amiga de siempre y confidente.
Angustiada, me preguntaba cómo me encontraba y si estaba bien. Al detallarle la situación en la que se encontraba mi padre, procedió a decirme:
“Yo te voy a ayudar. Vamos a conseguir un helicóptero, una grúa, lo que sea, pero a tu padre y a estas familias las vamos a rescatar”.
De hecho, publicó en redes sociales la dirección del edificio Invico. Desde Miami lo hizo y varias personas comenzaron a llamarme para ver de qué forma podían auxiliarlos.
En tanto, el administrador del edificio Invico, Eduardo Valencia, a quien le reconozco su capacidad de gestión y su labor administrativa, incluso en medio de la crisis, avanzaba con la consecución de equipos de rescate en Pereira.
No era fácil lograrlo.
La ciudad había caído. Y ese ruido de las cosas al caer que todavía recuerdo, que todavía zumba en mis oídos incluso en las noches y en las madrugadas, era el más palpable registro de que en verdad Pereira agonizaba y con ella mi familia.
De pronto, una voz me dijo:
“Acaba de llegar una grúa en Invico”.
El lugar estaba cercado por razones obvias, la seguridad primaba. Había que cuidar a los transeúntes y a los conductores. Había un eventual desplome de la estructura.
En ese momento procedí a flanquear todas las líneas de seguridad y las cintas y me acerqué al cuerpo de seguridad y de bomberos, a quienes siempre les voy a reconocer su importante trabajo. No solamente en Invico, sino en todo Pereira, Dosquebradas y en el departamento.
Uno de ellos me dijo: “Usted no puede estar acá”.
Yo le dije: “Sí, yo sí puedo y debo”.
Porque esa gente que está atrapada allá es mi familia.
Y yo conozco la infraestructura interna de los apartamentos y puedo ayudarles a ustedes a indicarles por dónde es el acceso. Es más, me ofrezco para subir en esa canastilla y ayudar a rescatar a mi padre y a las demás personas.
Por razones de protocolo, de seguridad, ellos me lo impidieron, pero me permitieron estar en un lugar seguro al lado de ellos para apoyar con mis aportes y sobre la base del conocimiento de la estructura que era mi casa.
Milagrosamente pude contactarme con mi padre.
Ya habían pasado aproximadamente cuatro horas sin saber de él. No sabía si estaba vivo o no.
Me dijo que estaba vivo, que todo se había caído y que él, como había podido, había subido hasta el piso 14, donde unas vecinas se encontraban con él.
Estaban todos allí reunidos, temerosos, temiendo por su vida, pero vivos.
No sabía a ciencia cierta qué había sucedido, no lograba entender la dimensión de la tragedia. Solamente me dijo que no pudo bajar las escaleras porque todo se había caído.
El ruido de las cosas al caer también lo había tocado.
Fueron horas de dolor, fueron horas de afogía. Observaba cómo la maquinaria intentaba aproximarse a la edificación, evitando que el peso de la misma intercediera en la vibración que condujese a que se cayera el edificio.
Fue una maniobra perfecta, la de aquel equipo de grúas, que llegó a contar tres en su momento, y la acción de la Diger, de la Policía, de la Alcaldía y de la Gobernación, que estaban atendiendo la calamidad.
Vecinos se unieron en cadena de oración a nosotros.
De pronto, uno de los bomberos me preguntó:
“¿Por dónde cree que puede ser el acceso más seguro?”.
Y yo le dije: “Por el que era nuestro apartamento, el 1301. Ya no hay paredes”. Y procedí a indicarle con mi celular cuál podría ser ese acceso más seguro.
En efecto, ellos, después de estudiar muy bien la maniobra y de tomar decisiones en el marco del protocolo de seguridad y de preservación de la vida, subieron con la canastilla y procedieron a ingresar por aquel que era nuestro hogar, el apartamento 1301, que ya no tenía paredes.
Hacia las 4 de la tarde, una figura bondadosa se asomó por ese espacio que quedaba.
Era mi padre. Un hombre de 86 años con movilidad reducida.
Asustado, temeroso y con una mirada de tristeza y atónito frente a las circunstancias.
La canasta lo recibió con el apoyo del rescatista.
La grúa procedió a extraerlo por el aire con su caminador para finalmente surcar el cielo y descender a la tierra en medio de los aplausos de familiares, vecinos y amigos que aguardábamos a nuestros seres queridos.
Uno a uno fueron rescatados.
En total, nueve personas, incluidas dos vecinas que habían sido seriamente lastimadas por ocasión de la caída de un muro sobre sus piernas y sus cuerpos.
La tragedia comenzó a transformarse en esperanza, el dolor en sonrisas, la ausencia en abrazos, la pérdida en encuentro y comencé a entender cómo en los momentos de dificultad es cuando la solidaridad aflora, el hombre se hace fuerte y la humanidad se sostiene a sí misma.
Alguien preguntó: “¿Dónde está Dios, por Dios, dónde está Dios en este momento?”.
Y yo dije: “Dios es ese brazo, es ese brazo, es esa grúa que hoy está bajando con vida a varias de las familias que quedaban atrapadas en los últimos tres pisos de Invico”. Rescatamos varias mascotas.
No pudimos rescatar la mascota de mi hermana.
Ese fue un angelito que quedó en la historia trágica de Invico. Pero sabemos que hoy juega en unos jardines más bellos que los que alguna vez pudimos imaginar.
La historia de Invico es la historia de un edificio que se construyó en la década del 70, que se convirtió en el perfil y en el ícono del urbanismo de una ciudad pujante como nuestra Pereira.
Pero también, muy seguramente, en adelante será una leyenda.

