¡Levántate Pereira!

El 10 de agosto de 2026, en un instante que parecía no tener fin, la ciudad que habíamos construido entre varias generaciones vio nuevamente el rostro terrible de la devastación.

Carlos Humberto Isaza

Hay ciudades que nacen de una fecha impresa en un acta, por un puñado de hombres que trazan sobre la tierra el sueño de un pueblo. Pero hay otras que incorporan, además, la voluntad, el trabajo, la esperanza y ese extraño milagro que ocurre cuando muchas manos deciden empujar juntas hacia el mismo destino. Pereira nació así.
Nació del civismo, de la palabra cumplida, del comercio madrugador, del hombre que trabajaba sin preguntar cuándo terminaba su jornada y de la mujer que sostenía el hogar con la misma dignidad con la que otros levan taban una empresa. Nació pequeña, pero soñadora; humilde, pero altiva; rodeada de montañas y mirando hacia adelante.
Y fue creciendo en sus calles, en sus plazas, en sus barrios… Crecieron sus empresas, sus universidades, sus hospitales… Creció su vocación de ciudad amable, industriosa, cosmopolita. Pereira fue aprendiendo a quererse a sí misma y a hacerse querer por quienes en ella plantaron sus raíces.
¡Hasta que la tierra habló! El diez de agosto de dos mil veintiséis, en un instante que parecía no tener fin, la ciudad que habíamos construido entre varias generaciones, vio nuevamente el rostro terrible de la devastación.
Cayeron casas. Se quebraron edificios. Se apagaron negocios. Se detuvieron empresas. Se perdieron vidas. Hubo heridos, lágrimas, familias que quedaron sin techo y hombres y mujeres que, al mirar alrededor, descubrieron con espanto que aquello que habían construido en décadas, desaparecía en segundos.
Y entonces llegó el silencio triste de las ciudades heridas. Pero debajo de los escombros quedó algo que ningún terremoto pudo derribar: el alma de Pereira. Porque Pereira no son sus edificios. Pereira es su gente.
Es el abrazo que aprieta cuando todo parece perdido. Es la mano que se extiende desde el polvo. Es el amigo que pregunta por su vecino. Es el comerciante que vuelve a abrir la reja aunque detrás de ella todavía huela a ruina. Es el empresario que decide comenzar de nuevo. Es el joven que mira una ciudad destruida y, en vez de marcharse, pregunta qué puede hacer para reconstruirla. Ahí está nuestra verdadera riqueza.
Por eso no podemos mirar hacia atrás solamente con tristeza. Debemos mirar hacia atrás para recordar la Pereira de nuestros padres y de nuestros abuelos; la Pereira de las tardes lentas, de las conversaciones en las esquinas, de los cafés llenos de voces, de las familias que se reconocían por sus nombres, de los hombres que hicieron empresa trabajando y de las mujeres que formaron hogar haciendo posible que aquellos hombres soñaran.
Recordar a Pereira no para llorarla, sino para honrarla. Porque la nostalgia también puede ser una forma de esperanza y ahora empieza otra historia.
No será fácil. Habrá polvo, cansancio, pérdidas que ninguna reconstrucción podrá devolver, días en los que parecerá demasiado grande la tarea y demasiado pequeño nuestro esfuerzo. Pero precisamente, entonces, tendremos que recordar quiénes somos.
Pereira no se permite las derrotas. Tenemos que volver a levantar sus casas, pero también sus sueños; sus empresas, pero también sus ilusiones; sus edificios, pero también su alegría.
Nos corresponde reconstruir una ciudad más bella, más segura, más moderna, más humana y más orgullosa de su historia. Que cada ladrillo que vuelva a su sitio sea una declaración de esperanza. Que cada negocio que abra sus puertas sea un acto de fe.
Que cada edificio que se levante sea un homenaje a quienes ya no están. Que cada niño que corra por nuestras calles sea la certeza de que la historia continúa.
Y cuando, algún día, quienes nos sucedan contemplen una Pereira luminosa, pujante y hermosa, quizá no sepan cuántas piedras tuvimos que recoger. Pero la historia dirá que, otra vez, la ciudad cayó y que quienes tuvieron la obligación de hacerlo, la levantaron.
La levantaron con lágrimas. La levantaron con trabajo. La levantaron con memoria.
La levantaron con esperanza. La levantaron porque la amaron…
Y acaso, entonces, comprenderán la más hermosa de todas las verdades: que una ciudad no demuestra su grandeza porque nunca cae, sino porque, después de caer, encuentra dentro de sí la fuerza para levantarse más altiva.
Pereira, ciudad de mis afectos, ciudad de mis recuerdos, ciudad de mis amores: hoy te miro entre el polvo y las ruinas, y todavía te veo hermosa. Porque detrás de cada muro caído permanece una historia. Detrás de cada ventana rota permanece un sueño.
Y debajo de cada escombro permanece intacta una voluntad.
Levántate, Pereira. Vuelve a encender tus luces. Vuelve a llenar tus calles de música. Vuelve a abrir tus puertas. Vuelve a soñar.
Que tus montañas vuelvan a verte crecer. Que tus hijos vuelvan a sentirse orgullosos de llamarte suya. Y que Colombia vuelva a mirar hacia el corazón del Eje Cafetero y encuentre aquí, como tantas veces antes, una ciudad que no se resignó ante la adversidad, sino que hizo de ella el principio de una nueva grandeza.
Porque Pereira no termina entre sus ruinas. Pereira comienza otra vez de entre ellas.
Y esta vez, como siempre, la construiremos entre todos.
Ah, y que Dios te bendiga en lo que ahora empiezas.

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