La reconstrucción del comercio, el gran desafío económico posterremoto

Por Juan Manuel Quintero

A Pereira siempre se le ha reconocido como una ciudad comercial. Lo llevamos casi en el ADN. Compramos, vendemos, atendemos, emprendemos y vivimos alrededor de miles de pequeños negocios que todos los días levantan sus persianas sin aparecer en los grandes titulares de la economía nacional. Por eso, cuando el terremoto del pasado 10 de agosto sacudió nuestra ciudad, no solamente tumbó paredes, agrietó edificios y destruyó mercancías. También golpeó directamente el corazón de nuestra economía.
TERREMOTO ECONÓMICO
Las cifras permiten dimensionar el problema. El censo realizado por la Cámara de Comercio de Pereira consolidó 14.260 registros empresariales después del terremoto. De ellos, 10.884 reportaron afectaciones en infraestructura, inventarios o funcionamiento. Las pérdidas directas fueron estimadas en $354.705 millones y 51.716 empleos quedaron comprometidos. Hay un dato todavía más preocupante: esa estimación ni siquiera incorpora el lucro cesante, es decir, el dinero que miles de negocios han dejado y seguirán dejando de recibir mientras permanecen cerrados o funcionan a media marcha.
El problema es que los terremotos económicos tienen réplicas mucho más lentas que los terremotos geológicos.
El 10 de agosto vimos las paredes caer. En septiembre vimos locales cerrados y calles acordonadas. Pero será durante los próximos meses cuando podremos comenzar a observar otra parte de la tragedia: negocios incapaces de pagar sus arriendos, empresarios agotando sus ahorros, proveedores dejando de recibir pedidos y trabajadores perdiendo sus empleos.
La ecuación es sencilla y dolorosa. Un pequeño comerciante puede resistir algunos días sin vender. Quizás algunas semanas. Pero difícilmente puede pasar meses pagando nómina, seguridad social, servicios, impuestos, créditos y arrendamientos mientras su caja permanece vacía.
Y cuando ese comerciante finalmente cierra, el problema deja de ser exclusivamente suyo.
Pierde el trabajador que se queda sin salario. Pierde el propietario del local que deja de recibir el arrendamiento. Pierde el proveedor que ya no vende. Pierde el restaurante donde almorzaban sus empleados. Pierde el transportador que llevaba la mercancía. Pierde el municipio que deja de recaudar impuestos. Y pierde la ciudad porque cada peso que deja de circular significa menos consumo en algún otro lugar.
Ese efecto multiplicador explica por qué la reconstrucción del comercio debe ser considerada una prioridad económica y social.
Además, sería un error pensar que estamos hablando exclusivamente del centro de Pereira. Es cierto que allí se produjo una concentración dramática de daños y que alrededor de 7.500 establecimientos hacen parte de la actividad económica de ese sector. Pero el terremoto golpeó también otros corredores comerciales fundamentales de nuestra ciudad.
Cuba sufrió duramente el impacto. Allí el comercio tiene además una característica especial: buena parte está compuesto por pequeños establecimientos y vendedores que dependen de la venta diaria para sobrevivir. Los primeros censos departamentales identificaron precisamente al centro y al sector de Cuba, particularmente alrededor del parque Guadalupe Zapata, entre las principales concentraciones de vendedores informales afectados.
Providencia y Corocito también sintieron el golpe. Son sectores donde detrás de una persiana metálica normalmente no existe un gran conglomerado empresarial, sino una familia. Tiendas, talleres, peluquerías, restaurantes, panaderías y pequeños almacenes cuya capacidad para soportar varias semanas sin ingresos es mínima.
Y en el otro extremo de la ciudad está la Circunvalar. Allí el terremoto golpeó una economía diferente, pero igualmente importante: hoteles, restaurantes, gastrobares, comercio y servicios. Pereira Plaza sufrió daños que obligaron al cierre de establecimientos y algunos negocios tuvieron que trasladar temporalmente sus operaciones. Más de un mes después del terremoto, Asobares reportaba que el 46 % de los gastrobares consultados todavía permanecía cerrado y que quienes habían logrado reabrir enfrentaban una reducción importante de sus ventas.
Eso demuestra que abrir nuevamente una puerta no significa necesariamente haber superado la emergencia.
La segunda emergencia: recuperar clientes.
Una ciudad golpeada consume menos. Las familias que perdieron viviendas, vehículos, muebles o empleos aplazan compras. Los ciudadanos evitan sectores que consideran inseguros. Los turistas cancelan viajes. Las empresas reducen gastos. Y así comienza un círculo peligroso: menos compradores producen menores ventas; menores ventas obligan a reducir costos; reducir costos significa menos trabajadores; menos trabajadores significan familias con menos ingresos; y esas familias, inevitablemente, vuelven a consumir menos.
Por eso preocupa especialmente que la inmensa mayoría de los negocios afectados sean pequeños. Una gran empresa puede tener reservas, seguros, acceso al sistema financiero o capacidad para trasladar temporalmente su operación. Una microempresa normalmente tiene la caja del día.
Las ayudas anunciadas son necesarias, pero debemos entender la dimensión del desafío. No basta con entregar un subsidio y declarar reactivado al comerciante. Se necesita crédito verdaderamente accesible, periodos de gracia, alivios tributarios, mecanismos para renegociar obligaciones, apoyo para recuperar inventarios, garantías para acceder a financiación y, sobre todo, estrategias capaces de devolver compradores a las zonas comerciales afectadas.
Porque reconstruir Pereira no consiste únicamente en volver a levantar los edificios que se cayeron.
También significa evitar que desaparezcan los negocios que sobrevivieron dentro de ellos.
En 1999 aprendimos que una ciudad puede reconstruirse después de una tragedia. Veintisiete años después nos corresponde demostrar que también aprendimos que detrás de cada establecimiento existe una familia, detrás de cada empresa existen empleos y detrás de cada empleo existe consumo que mantiene funcionando toda una economía.
El comercio ha sido durante décadas uno de los motores que mantiene latiendo a Pereira. Hoy ese corazón está golpeado, preocupado y arrugado.
Nuestra obligación es evitar que deje de latir.

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