Urge una decisión contundente de planeación para la zona de influencia del colector Egoyá, cuyo suelo – el de una antigua quebrada- ha fallado en todos los terremotos anteriores.
Alejandra Marín Buitrago
Esta semana, los pereiranos le hicimos el duelo al lugar: recordamos todas las experiencias que quedaron guardadas en él y nos enfrentamos a la idea de que ya no volveríamos a verlo; luego repetimos el ejercicio con cada esquina, cada edificio y cada calle que el terremoto arrasó. Así llegamos a la conclusión de que los sitios en los que construimos nuestra identidad no son más que una pila de escombros.
Las memorias de nuestro tránsito por el mundo han perdido sus raíces y su escenario. El apego al lugar y la identidad de lugar son conceptos reales y sentimientos necesarios; nuestros lugares nos construyen y nosotros a ellos. Ser pereirana es tan esencial en mi personalidad como ser mujer, hija o hermana. Pero la pereiranidad no es sólo un símbolo: ocupa un lugar físico e implica la relación afectiva con ese lugar, hoy hecho trizas.
Así, mientras las imágenes del desastre muestran una calle llena de escombros entre la Plaza de Bolívar y la peatonal de la 18, a los pereiranos nos vienen miles de recuerdos de la “Calle del tubo”, punto de encuentro por el que pasábamos para encontrarnos fortuitamente con algún conocido para tomar café; pareciera un atajo, pero todo lo contrario, esa calle era casi un test de popularidad, donde pasabas varios minutos saludando a conocidos. Más que direcciones, lo que aparece en la mente de quienes vemos el desastre a través de las redes son las cartografías afectivas de la ciudad que ha sido coautora de cada una de nuestras biografías.
El duelo del lugar es un shock real, aunque usualmente ignorado o innombrado; la falta de nombre no impide que el duelo del lugar nos embargue, porque la ciudad destruida, con aspecto de campo de guerra, también destruye nuestra sensación de seguridad y de hogar. La ciudad de la que somos es el ancla de nuestra brújula interior; incluso cuando nuestro norte está en otra parte, Pereira es adonde siempre volvemos para tomarnos un respiro y sentirnos en casa, mientras vivimos la vida del afán y las ambiciones en otra ciudad o en un país extranjero. En una ciudad de migrantes, conocemos bien el lenguaje de la nostalgia: extrañar los lugares de Pereira donde creamos recuerdos con nuestra gente y conocimos los sabores que el paladar no olvida. Pero la nostalgia, por dura que sea, viene con la certeza de que la ciudad estará ahí cuando volvamos.
El duelo de lugar nos arrebata esa certeza. Es un amasijo de confusión, desolación y orfandad; es la nostalgia sin el consuelo del regreso a lo conocido; es sentir que la ciudad a la que volveremos ya no existe como en nuestras memorias. Esa es la emoción que nos invade a todos y que escondemos bajo la afirmación de que «estamos bien», porque decir otra cosa nos haría sentir desagradecidos.
Entonces, lo que viene no es sólo la reconstrucción física, sino un proceso de sanación territorial que oriente ese duelo colectivo mediante una política pública bien planeada. Esto implica varias medidas relacionales: la recuperación de la confianza de los damnificados —y de los pereiranos en general— en el Estado, así como la recuperación de los lugares simbólicos mediante convites que nos hagan sentir a todos parte del milagro. La prioridad debe ser devolverles a los damnificados la sensación de seguridad, autonomía y privacidad mediante soluciones de vivienda mejor planeadas que las de los albergues actuales. Sanar a las familias que se encuentran en «modo de supervivencia» empieza por gestionarles un lugar donde puedan restaurar sus rutinas cotidianas y se sientan protegidas frente a nuevas tragedias. La exposición a desastres, sin embargo, sigue ocurriendo debido a la desatención estatal: familias que pasan noches bajo la lluvia en albergues sin techo y con antiguos habitantes de viviendas informales que ya recaudan fondos para levantar otra construcción informal en barrios como Tokio y Las Brisas. Mientras tanto, quienes cargamos con el duelo de la ciudad entera también necesitamos señales de que hay un futuro colectivo por construir: convites, obras hechas con transparencia, gestos que nos devuelvan la esperanza y mantengan encendida la solidaridad que reavivamos en los últimos días.
Responsabilidades
La recuperación de la confianza en el Estado, tanto para quienes la vemos desde lejos como para quienes quieren invertir en la reconstrucción, también implica identificar responsabilidades. Si bien podemos entender la pérdida de edificios antiguos, la mayoría estamos perplejos al ver los escombros de edificios nuevos, algunos de ellos construidos con recursos públicos después de la NTC 2010.
Antes de emprender una reconstrucción masiva, el gobierno local tiene la oportunidad de blindar la confianza de los pereiranos, explicándonos cómo se garantizará que los diseños estructurales licenciados se ejecuten sin rebajas de calidad ni atajos. Asimismo, urge una decisión contundente de planeación para la zona de influencia del Colector Egoyá, cuyo suelo —el de una antigua quebrada— ha fallado en todos los terremotos anteriores. En 1999 fue la zona más afectada y hoy, pese al reforzamiento de los edificios, el Egoyá ampliado vuelve a ser el epicentro del desastre.
La sanación territorial requiere, además, orientar la reconstrucción hacia la generación de más espacio público, una deuda que la planeación de la ciudad ha venido acumulando con sus habitantes. El espacio público combina ambas metas: la exclusión de la urbanización en áreas de riesgo sísmico y la reconstrucción de lugares simbólicos donde volvamos a congregarnos para llenar el espacio de memorias. Reconstruir a Pereira y sanar su duelo implica más que edificar de nuevo lo que cayó; implica también asegurarnos de que no se repitan los estragos de este desastre, y no desperdiciar la inercia de los voluntarios que esta semana han movido la ciudad más rápido que cualquier institución. Hace falta un liderazgo bien planeado que oriente ese espíritu de convite antes de que se disuelva en el cansancio o en los desaires institucionales. Como pereiranos, merecemos que esa sinergia entre instituciones y comunidad nos devuelva una ciudad en la que volvamos a crear recuerdos colectivos.
* Doctora en planificación y política urbana por la Universidad de Illinois en Chicago. En su investigación explora la política de vivienda social en ciudades posconflicto: desplazamiento, desarraigo y los procesos de sanación territorial. Es pereirana, abogada unilibrista y ha trabajado en la formulación de varios POT en ciudades del Eje Cafetero.



