El día que Nueva York se cubrió de polvo

Flavio Rojo

El 11 de septiembre de 2001, Nueva York cambió para siempre. El colombiano Flavio Rojo estaba allí, como periodista, cuando el humo comenzó a cubrir Manhattan y el mundo

Estaba en Nueva York aquel 11 de septiembre de 2001. Era reportero de Frecuencia Latina 100.3 FM, una emisora filial de Caracol, en Queens, sector de Astoria, muy cerca de Manhattan. Nunca imaginé que aquella mañana iba a vivir uno de los acontecimientos que marcarían para siempre la historia del mundo y, mucho menos, que me tocaría contarlo.
Nuestro horario de trabajo comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba alrededor de las 5 de la tarde. Pero ese día llegué tarde. ese retraso hizo que mi llegada a la emisora coincidiera con los primeros minutos de una tragedia que todavía nadie alcanzaba a comprender.
Eran poco más de las 8 de la mañana cuando recibí una llamada del operador del máster. Me dijo que había ocurrido un accidente: aparentemente, un avión se había estrellado contra un edificio en Manhattan.
Estaba a pocas cuadras de la emisora. Miré hacia Manhattan y vi una enorme columna de humo que salía de un edificio. No alcanzaba a entender qué estaba pasando.
Me subí a una parte alta para tratar de observar mejor y confirmé que se trataba de un edificio muy alto cubierto por una enorme humareda.
Entonces hice lo que, como periodista, sentía que tenía que hacer: tomé mi carro y me fui hacia Manhattan.
Crucé el Queensboro Bridge, el puente que comunica Queens con Manhattan. Al llegar, empecé a encontrarme con algo que hacía cada vez más difícil entender lo que estaba sucediendo: calles llenas de personas, tráfico, sirenas y gente que se desplazaba rápidamente.
Tomé la Tercera Avenida buscando la manera de acercarme al World Trade Center.
El operador volvió a comunicarse conmigo. Me dijo que había ocurrido otro accidente. Otro avión se había estrellado.
Ahí fue cuando algo cambió
Dos aviones estrellados en Manhattan no podían ser simplemente un accidente. El operador me dijo que aquello parecía muy extraño y que posiblemente se trataba de un atentado.Aceleré. Quería llegar lo más cerca posible.
Atravesé la ciudad desde el oriente hacia el occidente, buscando acercarme a las Torres Gemelas. Conducía una camioneta Hyundai Station Wagon, una camionetica roja que tenía en ese momento. La tensión aumentaba a cada cuadra.
Había ambulancias, bomberos, policías y una cantidad impresionante de personas en las calles.
Cuando llegué aproximadamente a la zona de la calle 34 con Octava Avenida, el tráfico era prácticamente imposible. Muchas calles estaban cerradas y las autoridades habían comenzado a acordonar diferentes sectores.
No tuve otra opción: dejé mi carro y continué caminando.
Ya no se podía llegar directamente hasta las Torres. La zona estaba completamente controlada por la Policía. Pero yo seguí avanzando.
Llegué hasta las inmediaciones de la Sexta Avenida, cerca de la calle 25. Para entonces, una de las torres ya había colapsado.
Y allí viví una de las escenas más difíciles de mi vida. Había polvo por todas partes.
Un polvo espeso que lo cubría todo. El aire olía a cemento, a materiales quemados, a algo que no puedo describir fácilmente. Los ojos comenzaron a arderme. Respirar era cada vez más difícil.
Y entonces empecé a ver a la gente que escapaba.
Personas cubiertas completamente de blanco por el polvo. Personas ensangrentadas. Personas llorando. Personas corriendo sin saber hacia dónde.
Era una escena de desesperación absoluta.
Intentaba comunicarme con la emisora a través de mi teléfono celular, pero ya no había señal. Estábamos completamente incomunicados.
Así que hice lo único que podía hacer como periodista: saqué mi grabadora.
Comencé a acercarme a las personas que parecían estar un poco más tranquilas y trataba de preguntarles qué había ocurrido.
Pero nadie sabía realmente qué estaba pasando.
Algunas personas que habían alcanzado a ver los aviones decían que uno había impactado una de las torres. Otros hablaban del segundo avión. Pero nadie tenía una explicación completa.
Yo solamente podía registrar.
Grababa el sonido de las ambulancias.
El ruido de los bomberos.
Los gritos de los policías tratando de sacar a la gente de la zona.
Grababa el ambiente
Recuerdo especialmente el sonido de las sirenas y los gritos. Recuerdo a la gente corriendo. Recuerdo ese polvo que lo cubría todo. Y recuerdo el miedo.


Cuando sentí que ya no podía respirar, decidí salir de aquella zona. Comencé a caminar hacia el norte, tratando de alejarme de las Torres. Llegué nuevamente hasta donde había dejado mi carro y emprendí el regreso hacia Queens.
El problema era que Manhattan ya estaba prácticamente cerrado.


Alcancé a cruzar el puente alrededor de las 10:30 de la mañana. Después, aproximadamente a las 11, el puente quedó cerrado. No había paso por ninguna parte de Manhattan.
Llegué a la emisora cerca del mediodía. Y allí comenzó otra parte de nuestra misión. Nos sentamos a informar.
Mi jefe tenía un teléfono con comunicación directa con Colombia. Gracias a ese teléfono pudimos establecer contacto con Darío Arizmendi, entonces director de Caracol a nivel nacional, y comenzar a transmitir desde Nueva York la información de lo que estaba ocurriendo.
También nos apoyamos en las cadenas de televisión que estaban cubriendo la tragedia: NBC, Telemundo, Univisión y medios locales de Nueva York.
Desde la emisora intentamos reconstruir lo ocurrido y llevar esa información a Colombia y a otros países.
Aquella jornada fue interminable.
Con los años he entendido que aquel 11 de septiembre no solamente fui testigo de una tragedia histórica. También entendí, desde el lugar donde ocurrió, el verdadero significado de ser periodista.
Porque ese día no tenía una explicación.No tenía señal. No tenía comunicación con mi emisora.
No sabía exactamente qué estaba ocurriendo. Solo tenía una pequeña grabadora.
Y con ella traté de guardar los sonidos de una ciudad que, en cuestión de minutos, había cambiado para siempre.

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