Por Vladdo- Artículo especial para El Diario del Otún
Hablar de Pereira es hablar de una parte de mi historia personal, de mi niñez, transcurrida a unos cuantos kilómetros de aquí, en la ciudad de Armenia. Desde allá, uno veía siempre a Pereira como un referente de desarrollo, de cultura y de recreación; una especie de hermana mayor a la que se miraba con admiración y, por qué no decirlo, con algo de envidia.

Las cosas que uno no podía solucionar en la capital quindiana siempre encontraban salida en La Perla del Otún. Por eso, venir a Pereira nunca fue un viaje cualquiera, sino casi un acontecimiento familiar que se anunciaba con días de anticipación y que había que aprovechar hasta el último minuto, porque no se repetía todos los meses.
Aquí veníamos a buscar libros y materiales de dibujo que no se conseguían en mi ciudad, a consultar especialistas, a curiosear almacenes y, por supuesto, a visitar un zoológico con merecido reconocimiento nacional. Fue aquí donde vi por primera vez, cara a cara, un elefante; mucho antes de que en el país se hiciera famoso el paquidermo del Proceso 8.000.
Estoy evocando otra época, desde luego. Desde entonces ha transcurrido medio siglo, yo me mudé de Armenia a Bogotá, pero en todo este tiempo nunca he perdido el contacto con Pereira, una ciudad a la que he acompañado no solo en mis visitas personales, sino a través de las páginas de este periódico, que desde 1982 se ha convertido en el notario de la sociedad pereirana y risaraldense.
De hecho, fue en Pereira, en esta casa periodística, donde inicié mi trayectoria como diseñador editorial, cuando a finales de 1988 lanzamos un nuevo diseño del Diario del Otún, que se convirtió en el primer periódico del país diagramado totalmente en Macintosh. Hoy suena a poca cosa, pero en ese momento era casi una herejía, porque significaba mandar al desván buena parte de los oficios con los que se había hecho la prensa colombiana durante décadas.
Ese trabajo fue el fruto de varios meses de permanencia en la redacción de este querido periódico, que le abrió las puertas a un muchacho que vino de Bogotá a ofrecer sus caricaturas políticas y salió con un contrato para rediseñarlo. Nunca he sabido si aquello fue un acto de confianza o un acto de temeridad, pero le debo a esa decisión buena parte de lo que vino después.
Recuerdo con nostalgia y emoción las largas jornadas que compartimos con Javier Ignacio y Luis Carlos Ramírez Múnera, definiendo tipografías, afinando el estilo gráfico, revisando modelos y formatos de otros países, socializando el proyecto con los periodistas y con el departamento comercial y resolviendo los innumerables tropiezos técnicos que surgían en un proceso completamente nuevo para todos. Nos tocó aprender sobre la marcha, equivocarnos a la vista de todo el mundo y volver a empezar más de una vez, con la mezcla de terquedad y entusiasmo que solo se tiene cuando uno no alcanza a medir el tamaño de lo que está haciendo.
En esa etapa que iniciamos con aquel primer rediseño, El Diario del Otún resolvió convertirse no solo en vocero, sino en interlocutor directo de la comunidad, para conocer sus ilusiones, pero también sus preocupaciones, sus afanes y sus sueños.
En otras palabras, el Diario ha jugado el papel de guía y acompañante de los lectores; pero también ha sido consejero y confidente, crítico y cómplice. Nunca ha dejado de estar en las buenas ni en las malas.
Con el correr del tiempo, ese compromiso se ha mantenido inalterable, y es por eso que en estas páginas han quedado registrados los logros, los desafíos, las frustraciones, los deseos, las angustias y las gestas de una ciudad y un departamento que en no pocas ocasiones han tenido que enfrentar duras pruebas, en las cuales han quedado en evidencia, una y otra vez, el empuje, la creatividad y la calidez del pueblo risaraldense.
El pasado 10 de agosto, la naturaleza volvió a sacudir no solo el piso de la comarca, sino la memoria de un pueblo que en un abrir y cerrar de ojos revivió la pesadilla del terremoto de 1999. Bastaron unos segundos para que volvieran el ruido, el polvo y esa sensación de orfandad que muchos creían archivada. Sin embargo, al igual que hace 27 años, ese pueblo volvió a responder con la garra y la solidaridad que lo caracterizan, para demostrar de nuevo que aquí nadie se rinde y que están todos dispuestos a reconstruir sobre lo destruido. Y esta vez, como siempre, el periódico estuvo donde tenía que estar, contando lo que pasó y acompañando a los que lo perdieron todo.
A fin de cuentas, es una sociedad que se ha levantado sobre unos sólidos cimientos de empuje, trabajo y empatía.


