Sofía Gaviria

Columnista

Hay algunos nombres de platos famosos que son bonitos y curiosos y cuyo origen me encantaría conocer.  El del Gallo Pinto, un plato que aparece varias veces por semana en la mesa de las familias costarricenses es, sin duda, uno de ellos.  Espero que cuando mis amigos ticos lean esta receta, puedan aclararme el misterio de la procedencia del nombre de esta delicia absolutamente inigualable.

Tuve la suerte de vivir en la ciudad de San José de Costa Rica hace más años de los que estoy dispuesta a confesar.  En aquella época, el Gallo Pinto era uno de esos manjares que se servían en casa con mucha frecuencia y a pesar de que por aquellos tiempos yo no cocinaba, la memoria de los sabores de esta preparación me hizo construir una versión que es la que preparo de vez en cuando.

Mi receta se ha ido transformando con el paso de los años.   No me sorprendería mucho si un tico verdadero no esté muy dispuesto a aceptar que mi versión es auténtica.  Pero a mi me gusta y me sabe a recuerdo. 

El principal cambio que yo le he hecho a la receta, consiste en asar y pelar los pimientos para hacerlos más dulces y quitarles la cáscara que a algunas personas les cae mal.

Ponga un pimiento verde y uno rojo en una lata y llévelos al horno caliente a 200 grados centígrados durante unos cuarenta y cinco minutos o hasta que las cáscaras estén casi negras.  Retírelos del horno y póngalos dentro de una bolsa plástica o en un recipiente con tapa hasta que enfríen lo suficiente como para poderlos manipular.  Pélelos, retíreles las semillas y píquelos.  Pique una cebolla cabezona roja y rehóguela en una o dos cucharadas de aceite de oliva hasta que esté muy tierna.  Añádale a la cebolla los pimientos picados y cocine dos o tres minutos, sazonando con sal y pimienta al gusto.   Añada ahora un buen puñado de cilantro picado y mezcle el guiso bien.

El Gallo Pinto es una versión tica de calentado, así que debe hacerse con arroz cocido del día anterior y con fríjoles negros, también cocidos la víspera.  Agregue entonces unas tres tazas de fríjoles negros, cocidos y bien tiernos, junto con algo del líquido de cocción, al guiso de pimientos y cebolla y deje que el líquido se haya evaporado casi todo antes de añadir dos o tres tazas arroz.  Revuelva todo muy bien y deje al fuego hasta que el arroz y los fríjoles estén muy calientes.

Cuando yo vivía en Costa Rica, el Gallo Pinto acompañaba un buen trozo de carne asada y se servía con una ensalada de tomates frescos y aguacate.  Hoy, que he dejado de comer carne, lo sirvo con la misma ensalada de tomate y aguacate a la que me gusta añadirle unos dados de queso campesino.  Baño todo con unas gotas de jugo de limón y un buen chorro de aceite de oliva. 

sofia.gaviria@gmail.com

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