ArtÃculo leido 444 veces.
Vladimir Flórez
En ninguna de las nueve acepciones que trae el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua de la palabra arte se define esta como la capacidad o virtud de hacerle daño a un ser vivo con el fin de entretener a una multitud.
No tiene nada de arte que un hombre quiera lucirse al someter a un animal a toda clase de vejámenes y sufrimiento, en una mal entendida forma de diversión.
Resulta decepcionante que ilustres personajes a quienes uno tiene por cultos e ilustrados, además de inteligentes, pretendan zanjar la discusión sobre la naturaleza de las corridas de toros diciendo tajantemente que eso es arte.
Con sus creaciones, ya sea tocando un instrumento, tallando una piedra, embadurnando un lienzo o rayoneando cuartillas, los artistas suelen dejar un testimonio de su paso por el mundo; sin lastimar a nadie. Claro, también está el arte que confronta, que protesta, que incomoda.
Y es probable que un artista replantee conceptos de otro, cosa que hace con las mismas armas de la creación puestas al servicio de la inteligencia. Pero en unos y otros casos el artista, en vez de destruir, construye.
Y si la justificación artística no convence, es menos creíble la pueril explicación de quienes alegan que el toro de lidia llega a su realización individual en el momento en que muere a manos de un torero, después de haber sufrido indecibles humillaciones. Eso es un insulto a la inteligencia.
El ganado vacuno es tranquilo y manso por naturaleza, de lo cual pueden dar fe los miles y miles de vaqueros que arrían a diario manadas de reses en sabanas y potreros, prácticamente sin contratiempos. Pocos animales tienen más cara de ‘buena persona’ que una vaca o un toro.
Igualmente absurdo es argumentar que el fin de las corridas implicaría la extinción del toro de lidia como especie. Si quienes viven de los toros dicen querer tanto a dichos animales, lo lógico sería que siguieran criando las reses de lidia, pero dejándolas pastar hasta que mueran de viejas. Y que tampoco nos digan ahora que los antitaurinos deberíamos volvernos vegetarianos, aduciendo el padecimiento al que son sometidos los toros en un matadero.
No hay un ápice de comparación entre la muerte casi instantánea de los toros debidamente sacrificados con el castigo que se les inflige antes, durante y después de una corrida.
Por todo lo anterior produjo frustración que la Corte Constitucional, so pretexto de respetar las tradiciones culturales, hubiera adoptado una posición tan blandengue sobre la legalidad de las corridas, el coleo, el rejoneo y las peleas de gallos. Con esa decisión, matizada de contradicciones, los honorables magistrados quisieron satisfacer a todo el mundo, sin dejar contento a nadie.
Por esa misma vía se podría legalizar también el homicidio, el incesto, la poligamia, la piratería o la corrupción, conductas con mucho más arraigo cultural entre la ciudadanía que la tauromaquia.
havladdorias.blogspot.com
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