ArtÃculo leido 350 veces.
Carlos Alberto Ramírez Cardona
Esta es la narración que mi buen amigo Carlos Julio, un querido colega que me hizo, sobre un día suyo que se convirtió en una verdadera pesadilla.
“Nefasto, oscuro aciago, sombrío fue aquel día, de por si brumoso y tristón.
Recuerdo que me levanté renovado, hice mi oración y alabanza matutina a mi Padre creador, lleno de optimismo y dispuesto a hacer el bien, me lancé a la calle.
En un arrebato de amor y bondad hacia el prójimo, decidí comprarle un desayuno a un necesitado. Divisando a lo lejos un pobre hombre, me dirigí hacia él con una sonrisa en mi rostro, mientras empezaba a sacar de mi bolsillo del pantalón un billete de diez mil pesos, el hombre al ver mi actitud, me increpó, y me dijo:..¡ huy cucho colabore!, hasta ahí llegó la intención de buen Samaritano, muerto de la ira, guardé el billete y continué mi marcha, para mí y para mi mamá, nada es más ofensivo que me digan viejo. Ya la chispa se me estaba saltando.
Continuando mi marcha, me dirigí hacia un céntrico edificio de la ciudad a realizar un trámite administrativo, me dispuse a tomar el ascensor, ingresé al mismo solitario, y cuando iba a oprimir el botón del piso respectivo, oí una voz potente y vulgar que me gritó: ¡Pare!, inmediatamente lo hice, ingresando un individuo de raza negra, un verdadero primate dada su corpulencia, acto seguido me ordenó despectivamente:. -al sexto-, humilde y conteniendo mi ira, por sus malos modales y falta de educación, pero principalmente por su enorme envergadura, no lo insulté, pero me hizo elucubrar en cómo hubiera sido la raza blanca hubiese sido la oprimida por la raza negra, y en la inversión del vocablo Bwana , que usaban los africanos cuando se referían al colono inglés.
Después terminar mi gestión, me fui hacia la Clínica Risaralda, a unos metros de la misma una mujer me gritó prácticamente en frente mío: ¡agárrelo, agárrelo! Péguele al gordo, péguele, péguele!, pensando que se refería a mí, salí corriendo asustado, unos metros más adelanté paré, recuperé el aliento, y pensé que yo ya no era gordo, dado que me había hecho una cirugía de manga gástrica y había bajado 28 kilos. Poniendo más atención a los gritos de la mujer, escuché:.- “Si péguele al gordo de la Lotería de la Risaralda”. ¡No me crean tan pendejo!
Ya en mi casa, salí a una zona verde con mi nieta a jugar y lanzar un avioncillo de papel, en esas pasó una dulce anciana, con sonrisa amable y tierna, dirigiéndose a mí, me dijo: -“Así queda uno, cierto? cuidándolos a ellos o a los perrito”, aquello me enardeció, era la segunda vez que me decían viejo en aquel día, aunque de manera más sutil.
En las horas de la tarde me dediqué a preparar con entusiasmo una serenata que le llevaría mi novia, Francy Yulley, una linda jovencita de un sector popular de la ciudad, quien había mostrado un supuesto interés en mí, después de haber batido mis alas cual fenomenal cóndor, regalos, obsequios, y detalles que coparon mi tarjeta de crédito me había hecho dicho “levante”.
Antes de la medianoche, llegué sigiloso hasta su casa con el grupo de regordetes “Mariachis”, empezamos con “Mujeres Tan Divinas”, “Cielito Lindo”, “Sigo Siendo El Rey”, emocionado esperaba se vislumbrara su silueta en la ventana, pero lo que observé atónito y con sorpresa, fue cómo llegaba un auto conducido por un apuesto joven, junto al cual, en actitud mimosa y cariñosa estaba mi novia. ¡No hay Derecho!
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