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José Fredy Aristizábal
Cuando llegó la noticia de la “muerte” de mi padre, mi mamá empezó a llorar, inmediatamente todos los celulares en la casa empezaron a sonar. Llamó la tía Bertha, llamó la abuela Gertrudis, los tíos Juan y Ricardo anunciaron su inmediata llegada.
Mi mamá seguía llorando y balbuceando… ¿y ahora quien podrá ayudarnos?…al escuchar esa frase salida de sus labios inocentemente, yo no sabía que hacer, si olvidar la situación y reír por la escuchado o llorar por lo que sucedía, no, sin pensarlo mi madre había parodiado a aquel famoso personaje mexicano de la televisión ...el Chapulín Colorado …me hubiera gustado verlo aparecer…aunque fuese en la figura del Alcalde, del Gobernador o de cualquiera de tantas autoridades públicas que se decían amigos de mi padre.
Los medios, que tantas veces adularon a mi padre, no paraban de anunciar su “muerte”. Percibí en el aire cierta alegría por la forma en que algunos comunicadores comentaban la noticia. Rato después nuestra casa era un hervidero de gente, tanto de familiares como de funcionarios públicos que aparte de su morbosa curiosidad querían saber quién en adelante los respaldaría. La tía Bertha, quién nunca se casó, fue la primera en desmayarse, alguien pedía alhucema, agua florida o simplemente un vaso con agua para resucitarla, otro pedía aire…después vinieron otros desmayos y con ellos las mismas solicitudes.
Curiosamente nadie preguntaba por el lugar del entierro, aunque estoy seguro que nadie iría a gritar …¡me quiero morir!, ¡entiérrenme con él!…esas frases tan comunes en los velorios y después en los entierros no las iban a pronunciar en este caso. Mi madre seguía balbuceando y a la vez preguntando que de qué viviríamos, quién pagaría las mensualidades del club…, la universidad de mi hijo…ninguno de aquellos funcionarios dijo nada, aunque estoy seguro que para sus adentros pensaban que era cuestión de salvarse quien pudiera.
Como en todo velorio los comentarios sobre su muerte iban y venían, hasta el punto de decir que el verdugo de mi padre se encontraba allí, en nuestra propia sala…ese fue el que escribió el anónimo. En esas estábamos cuando de pronto y sin que nadie se sorprendiera apareció “el muerto”, estaba pálido, un tufillo a licor le acompañaba, tenía la corbata floja y estaba un tanto despeinado. A su esposa le pidió algo de tomar,… mija, dijo sin reparar en nadie… ojalá un whiskisito. Nadie se sorprendió de que el muerto estuviera borracho, de que caminara, mucho menos de que hablara y contestara las preguntas de sus “avalados”. ¿Qué vamos a hacer jefecito?, lo más seguro es que nos van a echar…mire ese H.P que nos juró amor eterno y después que usted lo hace nombrar le paga de esa forma, ¡sólo eso nos faltaba!, eso es prácticamente desaparecer del panorama político. Mi padre a quienes ya algunos se referían como “el muerto” les contestó: .. yo soy como el ave fénix, que resucito de entre las cenizas y voy a dar la pelea… inscribiremos a mi hijo quien desde hoy asumirá las banderas de nuestro partido. Si bien es cierto no sabe hablar en público ya aprenderá, mis amigos de la capital me han asegurado que la darán el aval, de lo demás nos encargaremos nosotros…
Debo reconocer amigo lector que aunque “zombi” mi padre sigue gobernando, situación contraria a la de aquellos inocentes y desplatados que “murieron” por el anónimo que escribieron sus enemigos, por la persecución indolente de algunas entidades de control que deben mostrar “positivos” o simplemente porque el hecho de ser humanos no los libró de cometer errores y lastimosamente esta justicia no prevé estos casos o parece que el fin buscado deja de ser la resocialización del individuo, para convertirse en la venganza retributiva del escarnio público y la condena eterna.
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