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Jaime Sanz Botero
El voto es la expresión política por antonomasia pero el concepto de democracia va más allá, este implica una cultura de la convivencia y de la coexistencia pacífica, es además un instrumento de participación ciudadana, la expresión soberana para razonar, discutir, elegir, revocar dirigentes, enunciar problemas y plantear soluciones, es participar en sociedades abiertas proclives al cambio y a la transformación permanente, es además un estado redistributivo y justiciero que persiga el bien colectivo, la universalidad en la educación y en la salud, es el fortalecimiento del capital humano y la preservación de las garantías civiles, los derechos humanos y la capacidad de disentir, es la generación de espacios para que el concepto de estado sea construcción de todos y no de unos pocos.
No es solamente un orden político, es igualmente una civilización en la cual todos somos responsables de los que sucede en donde prevalece el convencimiento moral del respeto mutuo, de solidaridad, el bien común y de la bioética. Maquiavelo demostró a Montesquieu, que el instrumento político de la democracia es tan apto como cualquier otro para vehicular el despotismo y mejor aun para legitimarlo.
Las expresiones recurrentes de muchos jefes de gobierno en América Latina y específicamente en Colombia afirmando que estamos ante una democracia y un gobierno del pueblo legitimado a través del voto libre y soberano, refleja claramente un afán de legalizar un estado político de derecho, sin embargo un examen de quienes somos en Colombia, cual es la realidad nuestra, que entramado social y económico nos asiste, que cultura de la legalidad ejercitamos, como censuramos el delito y las conductas punibles, vivimos bajo la impunidad, se respetan y preservan los derechos humanos, existe garantías para las minorías étnicas, hay libertad de expresión, los medios de comunicación operan con autonomía, la institucionalidad del país esta sintonizada con la sociedad en general, las políticas públicas corresponden con los grandes problemas del país y de su población, existe una gobernabilidad más racional y compartida.
Estas reflexiones y muchas más son referentes importantes que denotan con suficiencia y objetividad la inmadurez democrática, la debilidad estructural del sistema político actual, el deterioro y la crisis institucional, la protección del status quo como forma de preservar el poder económico, el proceso irreversible de concentración de la propiedad y de los medios de producción, la exclusión social sistemática, la sorprendente tolerancia a la desigualdad en los segmentos pobres de la sociedad, la gran brecha económica y social actual, la polarización de la riqueza y el manejo constreñido del poder político.
Bolívar nuestro libertador en la carta de Jamaica expresaba: “pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso, sea meramente pasivo, no es un ultraje y una violación de los derechos humanidad”
La participación un derecho que toda democracia debe estimular y proteger.
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